Una función sin gancho

Publicado en 'Literatura' por Owenhart, 14 Ene 2020.





  1. Owenhart

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    UNA FUNCIÓN SIN GANCHO

    A finales de los años ochenta, entre hambruna y asesinatos, el humor se rehusó a sucumbir ante los actos de corrupción de una «estrella» y la nefasta ideología de un obeso barbón.
    «No hay para comer, pero eso no nos impide reír», era la frase con la que los ruinosos payasos hacían su entrada triunfal, a primeras horas de la mañana, por las polvorientas calles del pueblo de San Jacinto.
    Era muy raro ver un circo a mediados de febrero, usualmente llegaban a San Jacinto para fiestas patrias; sin embargo, eso fue lo menos importante para los niños, quienes corrían y saltaban detrás de la caravana circense compuesta por dos hermosas bailarinas con sonrisas fingidas; un faquir, supuestamente, de la India; dos acróbatas que vestían mallas muy gastadas; un forzudo que no tenía la apariencia de Hércules; un mago que como capa llevaba un mantel de cocina; cuatros payasos que se desvivían en pregonar la cantidad de funciones que darían; y los artistas principales del grupo, dos elefantes que, ante los aplausos de los pobladores, levantaban sus trompas en señal de agradecimiento.
    Como era costumbre, alzaron su carpa en el cauce seco del río Solivín para que ese mismo día dieran la primera función —de tres— a las cinco de la tarde. «No habrá gancho, pero sí canchita y manzana dulce. Los esperamos», dijo el último payaso que ingresó a la carpa, ya erguida, mientras las personas seguían contemplando a los elefantes.
    Un millón de intis costaba el ticket para ver la función, un millón que te permitía olvidar, por dos horas de espectáculo, la irremediable situación económica en la que un pueblo se iba ahogando. ¿Valía la pena invertir en diversión? Por una vez sí.
    Los niños rieron con las ocurrencias de los payasos, los padres babeaban al compás de las caderas de las bailarinas, las madres se sonrojaban al darse cuenta de que las mallas de los acróbatas resaltaban sus atributos y de que el mago tenía un gran parecido a Pedro Infantes. Sumado a un buen espectáculo, como cierre de función, el forzudo —luego de la caminata sobre fuego del faquir— apareció dirigiendo a los dos elefantes.
    Los gigantescos y robustos animales levantaban la pata que el forzudo les ordenaba, se cogían de las colas para dar una vuelta sobre el escenario y se levantaban en dos patas mientras barritaban al escuchar el estruendoso aplauso de los asistentes.
    Aquel primer día, obviamente, las tres funciones fueron llenos totales. Firulais y Rin Tin Tin cumplieron con entretener al público y regalar alegría a un pueblo que necesitaba sonreír; por desgracia, sus pomposas actuaciones no eran lo único que la gente de San Jacinto necesitaba.
    Poco a poco, los días posteriores, el circo fue perdiendo público. El segundo día, la carpa solo se llenó a la mitad; el tercer día, el público se volvió escaso; y al llegar a la semana ya casi nadie se acordaba de que unos inteligentes elefantes les habían sorprendido con su llegada.
    El coronel —dueño del circo— se negó a ofrecer la promoción llamada «gancho» —en buen cristiano: dos por el precio de uno—, tanta fue su soberbia que, al final, no le quedó más remedio que desarmar el circo y tomar una difícil decisión.
    Muy furioso el forzudo tuvo que ser detenido por los payasos para que no le desfigurara la cara al coronel, quien se escondía detrás de una de las bailarinas para no ser golpeado. «Escoge a uno porque ya no podemos mantener a los dos», logró decir el coronel antes de escuchar al forzudo decir que él le arrancaría la cabeza.
    Cuando el forzudo se calmó, y no encontró ninguna otra opción, se acercó a los elefantes que por años cuidó. Los amaba como si fuera sus hijos, nunca los golpeó para enseñarles algunos trucos, y por eso no le cabía la idea de deshacerse de uno de ellos.
    «Lo siento», le dijo el Forzudo al elefante que decidió abandonar. Lo abrazo, le dio un beso y se marchó, en plena madrugada, junto al resto de sus compañeros circenses. Sin dejar de llorar, juró que cobraría venganza por tamaña atrocidad que fue obligado a realizar.
    Al día siguiente, para sorpresa de todos, encontraron al elefante paseando por el cauce del río Solivín. La gente nunca aprendió a diferencia a Firulais y a Rin Tin Tin, así que no sabían cuál de los dos había sido abandonado y, mucho menos, por qué lo habían hecho.
    No obstante, fue así como uno de los artistas principales de un circo, que sucumbió a la pobreza, se quedó varado en un río seco, de un pueblo que tenía amables personas que lo alimentaron llevándole alfalfa y panca para que no muriera de hambre.
    Y quizá aquel inteligente y educado elefante se hubiese vuelto la mascota oficial del pueblo de San Jacinto, pero, sorpresivamente, un día después de haber sido abandonado, desapareció, literalmente, sin dejar huellas.

    Muchos creen que el forzudo regresó por él, otros cuentan que un chofer de un camión lo recogió y lo llevó a un zoológico de Piura. Aunque nunca se sepa el paradero de Firulais o Rin Tin Tin, solo espero que haya tenido una extensa y agradable vida.

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    Fuente y autor: ©El obelisco de Hades.
    Fuente de la imagen: Enrique Mejía Alday
     


  2. arturorojas

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    aea
     
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  3. JoyMonsanto

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    Ese río existe en Piura?? esos nombres para un par de elefantes confunde :v
    Y muchos datos quedaron en duda, exijo segunda parte, o una precuela :giggle:
     
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  4. Owenhart

    Owenhart Miembro frecuente

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    También pienso lo mismo, que hagan una segunda parte :V
     
  5. JoyMonsanto

    JoyMonsanto Miembro de oro

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    tu no lo escribiste?
     
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  6. Owenhart

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    No. Lo comparto de una página llamada El obelisco de Hades. Tiene muchas historias y un canal de terror en Youtube