Ramiro

Publicado en 'Literatura' por Marces, 2 Mar 2020.





  1. Marces

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    Hola, escribí este relato, espero les guste. Disculpen las fallas ortográficas y de signos de puntuación, no soy ningún tipo de escritor. Si tienen alguna crítica constructiva, será bien recibida. Gracias! :yeah:

    RAMIRO

    Ramiro dormía plácidamente en su cama de metal, ya añeja y oxidada por el tiempo, como lo había hecho los últimos 85 años; hasta que, de modo intempestivo, tocan una única vez la aldaba de la puerta de madera, aún más antigua y achacosa que su dueño, produciendo un sonido tan agudo, pero tan agudo, que era imposible ser escuchado por ser humano alguno que no esté a cinco centímetros de su epicentro; inexplicablemente, despertó a Ramiro, quien, ataviado con una sábana blanca y una vela a medio quemar, busca sus zapatos de charol y se apresura a bajar por las escaleras para recibir a tan inoportuno visitante.

    Aquel llamado a la puerta no parecía haber enojado ni incomodado de forma alguna a Ramiro, mas al contrario, el pobre infeliz estaba tan emocionado por atender aquel llamado, que, con el brazo derecho, mientras corría, tiró al suelo el portarretratos de Amanda, portarretratos que por 20 años, se había mantenido en el mismo esquinero de aquella misma sala, impoluto y acompañado por las cuentas de un rosario que nunca terminó de contarse. La mujer con quien él había compartido 60 años de su vida, la guardiana de sus pensamientos, yacía allí, eternizada, mientras abrazaba a su amado, una mañana fría y blanca de invierno; ahora, lucía un vidrio fracturado por el impacto con el cemento; tal catástrofe no llamó la atención de Ramiro ni un solo segundo, él continuó su camino, impávido, hasta la puerta de la calle de su hogar.

    Cansado, y muy excitado por lo que esperaba presenciar, por fin llega a la puerta, para darse cuenta qué, en el suelo, descansaba un sobre de color blanco, en cuyo interior, un papel blanco del mismo color que la nieve de su entrada. Este esbozaba una frase, contenida en una sola línea

    En dos días vendré, tienes tiempo para despedirte. Por cierto, me gusta mucho el café.

    Ramiro no contuvo las lágrimas, de la emoción brincaba de un lado a otro, gritaba lo poco que su garganta arrugada y casi muda se lo permitía, bailaba y bailaba, cada respiro era dicha y cada dicha era felicidad. Mesas, sillas, vitrinas, gavetas, acompañaban al son de tan fervoroso y entusiasmado carnaval, mientras vasos, cristalería, portarretratos, platería y el único televisor del lugar entonaban música con sus cuerpos estrellados contra el piso, nada de eso importaba, hasta que, de tanto barullo y chapoteo, se quedó dormido en medio del suelo, frio, abrazando el resquebrajado portarretrato de Amanda.

    Al día siguiente, aproximadamente a las siete de la mañana, un rayo de luz, caprichoso como ninguno, logra escaparse de las cortinas que resguardaban la ventana y se posa con suavidad en el rostro de nuestro durmiente, despertándolo en el acto.

    –Amanda, ¿qué te ha pasado? –exclama Ramiro mientras recoge su retrato y lo devuelve a su lugar.

    –¡Dos días, dos días! ya no queda tiempo –murmura emocionado, mientras, observa todo el alboroto que hizo horas atrás–. ¡Noooo! Arreglar todo esto me demorará al menos un día.

    Poco después, Ramiro se da cuenta que los años no solo le han pasado factura a él, también envejecieron a su lado todas sus cosas, todos sus recuerdos y todos sus sueños. Aunque esto no logra apabullarlo, así que, inmediatamente, recoge sus pasos, regresa a su habitación y se pone la ropa más vieja que encuentra, luego, como si de una exhumación se tratase, con mucho esfuerzo logra sacar el baúl debajo de su cama, empolvado hasta la saciedad, lo abre y se hace con un martillo, un par de alicates, un desarmador, una linterna y un frasco con clavos, muchos clavos.

    –Haber, por dónde comienzo –se pregunta para sí mismo y decide comenzar por el tejado de la casa que hacía aguas por diferentes partes de la casa con cada temporada de lluvia.

    Ramiro sale a la calle, y va por la escalera que, del desuso, se había convertido en el hogar de plantas, enredaderas hormigas y uno que otro pájaro. Con mucho esfuerzo y sin miramientos, coge aquella herramienta secuestrada por la naturaleza y jala con todas sus fuerzas, jala lo más fuerte que le permiten sus huesos, ¡jala! hasta que, una por una, las plantas se van desprendiendo. Las hormigas, luchan por defender su hogar, se suben por los dedos de su nuevo adversario, picotean sin cesar, Ramiro tiene que soltar la escalera para hacer frente a sus nuevos contrincantes, trata de sacudirse de ellos, trata de aplastarlos con su mano, se tira al piso para aliviar el escozor que le producen sus mordidas, da vueltas por el césped de la calle mientras insulta y saluda a todas las madres del mundo. Cuando siente que esta batalla la tiene perdida, logra sacar fuerzas de flaqueza y como alma que lleva el diablo, entra a su casa, se dirige a la ducha, y abre las llaves del agua caliente para deshacerse de los diminutos, pero porfiados bichos que no había podido sacudirse, quedando su ropa empapada, completamente sucia, su piel más rosada que un pollo en navidad y llena de pequeños agujeros que no hacían más que debilitar la poca dignidad del pobre viejo.

    Un par de horas más tarde, ya con nueva ropa, Ramiro se prepara para la revancha, una emboscada planificada con la premura que amerita su nueva visita, armado con una olla de agua hirviendo y una soga amarrada a un gancho, regresa al campo de batalla.

    Manteniendo una distancia prudente, Ramiro, lanza la soga a la escalera, pero el gancho no logra agarrarla, lo intenta una vez más y ¡vualá!, el gancho la coge, Ramiro se apresura a jalar la escalera con todas sus fuerzas, cuando por fin la tiene a sus pies, cual soldado medieval, comienza a tirar el agua hirviendo a las pobres hormigas que una a una van cayendo, retorciéndose y muriendo.

    –¡Desgraciadas, no se esperaban eso verdad! ¡Mueran! ¡Mueran! Jajaja jajajaja –se tambaleaba Ramiro de placer al ver ven cómo se desvanecían rendidas sus pequeñas enemigas, siendo en todo momento observado con nostalgia por una pareja de pájaros, ahora sin hogar.

    Terminado este pequeño incidente, Ramiro sube al tejado, con la paciencia y lentitud que solo alguien de su edad puede ofrecer y comienza las reparaciones de los huecos que moraban en todo el techo. Va arreglándolos uno por uno, con lentitud para su pesar.

    Al terminar, poco tiempo antes que el sol se esconda, el viejo, con rostro de satisfacción guarda sus herramientas y con mucho cuidado baja por la escalera, muy cansado y hambriento, entonces, decide ir a llenar el estómago, al entrar a la cocina, experimenta un sentimiento de melancolía y nostalgia como nunca había tenido antes, da media vuelta y regresa a su habitación, a refugiarse de esa maldita soledad, dentro de sábanas y colchas; esta vez, con el retrato de su esposa entre brazos. No pasa mucho hasta que sus pestañas, cada una, sienten el peso del mundo y caen rendidas, regalando a Ramiro un merecido descanso.




     


  2. Marces

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    Las cinco de la mañana, los músculos que habitan y conforman los intsetinos de Ramiro, comienzan a moverse, se sacuden entre ellos, como luchadores de sumo, entrelazando sus cuerpos, tratan de no separarse mientras forcejean y danzan al compás de la mañana, reclamando una migaja de alimento que pueda apaciguar toda es enardecida huelga cada vez más violenta, mientras el dueño de casa, aún inconsciente, sigue acurrucado en los brazos de Morfeo, y lo que promete ser un pequeño murmullo, se transforma en un grujido que, inmediatamente muta en ruido cual grito de guerra proveniente del estómago de Ramiro, termina despertando a su amo.

    Ramiro ya vuelto en sí y con el estómago punzándole como clavos ardientes, decide prepararse bocado. Nuevamente al entrar a la cocina le invade esa sensación de nostalgia y soledad que no había sentido desde la muerte de Amanda y por primera vez en mucho tiempo, decide comer fuera de casa, va por su auto para viajar al otro lado de la ciudad a visitar a una antigua amiga.

    El anciano, sale al jardín, se acerca a un mantón de lona larga empolvada que cubría un coche tan antiguo como su dueño, era un Chevolete Belair del 57 de color verde, con el tanque aún lleno de combustible; lo intenta encender y, para su sorpresa, arranca al primer intento, el Bealair hacía lo suyo con suma presteza; el tiempo no había hecho meya en él. El que sí parecía haberse oxidado era Ramiro, pues, no recordó en un inicio cuál de las tres palancas eran el freno, embrague y acelerador. Con todo eso y el hambre que lo motivaba, decidió aventurarse a conducir.

    Torpe como un niño que aprende a dar sus primeros pasos, logra salir del jardín y comienza a avanzar por la carretera, al inicio, nuestro protagonista, iba a paso lento, intentando recordar sus días cómo conductor de taxi, tarea que no le fue tan complicada, pronto empezó a agarrar confianza y a aumentar la velocidad. Pero, como siempre ocurría cada vez que algo empezaba a salirle bien, el exceso de confianza en sus recién rescatadas habilidades de manejo, casi le cuestan la vida a una pareja de jovenzuelos, únicos inquilinos del parque que en ese momento, románticamente habitaban.

    Ramiro, por la velocidad a la que iba, empezó a sentirse nervioso y pisó el acelerador en vez que presionar el freno, por lo que el coche comenzó a abalanzarse directamente hacía la pareja que, distraídos, se profesaban amor incondicional y eterno. Ramiro logró frenar las llantas del auto que chirriaron con tal sonora violencia que hubiera sido imposible que no lo escuchasen a 5 cuadras a la redonda, pero, justo a tiempo y a tan solo 3 metros de ellos. Cómo es lógico, Ramiro esperaba que un gran alboroto se armara por tan negligente maniobra de nuestro conductor ya a punto de un ataque cardíaco, pero, simplemente no sucedió nada. Aquella pareja seguía absorta en su mundo de amor y cursi fraseología.

    Ramiro, al recuperar el aire, decidió aprovechar su buena fortuna y pasar desapercibido, manejando lentamente, por el costado de los amantes, incluso pudo escuchar, no muy claramente, parte de la conversación que los mantenía tan desconectados del mundo.

    –Amaya, amor mío, me has dado la felicidad del mundo entero, ¡seré padre! –gritaba él, completamente lleno de júbilo y algarabía, mientras la abrazaba con fuerza, pero delicadeza a la vez, intentando no lastimarla.

    Inmediatamente el anciano se aleja de aquel sitio y de los primerizos padres, quienes nunca supieron lo cerca que estuvieron de dejar este mundo. Nuestro desventurado hombre, prefirió olvidar la tremenda experiencia que le había tocado vivir y pronto llegó a su destino, aún algo agitado.

    –¿Ramiro? ¿De verdad, eres Ramiro? –pregunta una mujer ya acabada en años–. No puede ser cierto, por favor pasa que está haciendo frío.

    Aquella dama canosa, era Clara, amiga la infancia de Amanda, quién, el día su funeral, tomó la palabra para hablar de ella, frente a cientos de asistentes, ese día también murió una parte de los corazones de todos quienes la conocieron.

    –¡Qué viejo estás, más que pasarte los años, parece que te han atropellado! –comenta clara, en tono burlón, pero sorprendida gratamente por verlo después tanto tiempo.

    –Veo que aún sigues tan cómica como siempre –responde Ramiro, mientras acomoda una vieja banca de madera para posarse en ella–. Ya no recuerdo cuándo fue la última vez que pasé por aquí.

    –Si Amanda estuviera aquí, ya te habría pisado el pie, por desatento –replica Clara, con tono incómodo mientras propina un coscorrón en la cabeza a Ramiro–. ¿Qué no recuerdas acaso, que aquí le rogaste perdón para que regrese contigo?

    –¡Ah! Es cierto, casi lo había olvidado, me soltaste a Pícaro, qué perro sarnoso, me correteó todas las cuadras hasta mi casa, y se mantuvo ladrando toda la noche, esperando a que salga.

    –Te lo tenías bien merecido –interrumpe Ramiro–. Afortunadamente se cansó de esperar, y se regresó, o no hubiera salido nunca de mi casa.

    –No se cansó, lo atropelló un carro, ¡insensato! –objeta Clara, mientras agarra una sartén para tirarle en la cabeza a Ramiro–. ¡Lo siento, lo siento! De verdad que no tenía idea, de verdad, perdóname, prometo pagártelo.

    –Es un Perro no un plato de sopa, tarado.

    –Lo que me extraña es por qué Amanda nunca me comentó lo de Pícaro –pregunta Ramiro.

    –Ella nunca supo nada, ese día ambas nos preguntábamos qué habría pasado con él, supusimos que se había ido a la carnicería a molestar a Don Rómulo, como solía hacerlo.

    –Pero, mejor cambiemos de tema –propone Ramiro con voz entrecortada.

    –¿Ya recordaste qué le hiciste ese día verdad? –pregunta Clara cono tono irónico.

    –Sí, eran nuestros 50 años de casados y prometí recogerla del trabajo y sacarla a pasear, pero, lo olvidé y me fuí a jugar naipes con mis amigos… y ella, esperándome en esa lluvia, con el reloj que siempre yo había querido tener. No sabes cuánto me arrepentí de eso, no hubo ningún momento en que dejara de reprocharme a mí mismo. –comenta mientras agacha la cabeza con vergüenza y resentimiento–. Volví a prometerle y jurarle que en una semana haría algo mil veces mejor, que no volvería a fallarle, que me perdonase… y tres días después, murió. Sus últimas palabras las malgastó conmigo, de repente, si, simplemente se quedaba callada, si, simplemente hubiera respirado una bocanada de aire más, en lugar de hablarme, hubiera vivido unos segundos extra, unos segundos más la hubiera tenido conmigo, pero ella lo quiso así.

    –Pero ¿qué te dijo ella? –pregunta Clara mientras derrama una lágrima por su arrugada mejilla.

    –No hay nada que perdonar, fuiste el mejor hombre para mí, ahora deja que mis recuerdos mueran también y vive. Hasta el último respiro se preocupó por mí –responde Ramiro con voz desconsolada.

    En ese instante, Clara hecha a llorar mientras abraza a Ramiro con fuerza, tratando de consolarlo.

    Un par de minutos después, cuando ambos se sintieron mejor y más calmados, Pregunta Clara.
     
  3. Marces

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    –Sabes, han pasado demasiados años de no verte, si has venido ahora, debe ser por algo importante, ¿qué puedo hacer por ti? –pregunta con bastante incertidumbre.

    –¿Tendrás algo para comer? Muero de hambre –responde inmediatamente, mientras intenta calmar los retorcijones abrazándose el estómago.

    –¿Pero, tú no cambias verdad? –Clara suelta una carcajada mientras se va a la cocina a prepararle alguna merienda.

    Unos minutos después, ya con la comida en la mesa, Ramiro empieza a devorar la comida como si de deliciosos manjares se tratase, dignos de un Rey, Ramiro comió y comió sin mencionar palabra alguna, completamente concentrado, nada ni nadie podía distraerlo de tal maravillosa experiencia, y luego de terminar, pidió que le aumentaran y siguió comiendo. Cuando porfín se hubo satisfecho. Agradeció a Clara tan exquisito bocado mientras recordaba en voz alta que, desde la muerte de Amanda, no había probado una comida tan bien preparada.

    –Gracias amiga, fue muy grato volverte a ver, quisiera quedarme más tiempo; pero, me es imposible.

    –Espero volver a verte pronto, no seas ingrato.

    –Por supuesto que sí, lo prometo y de verdad, cuídate mucho –se despide Ramiro con algo de tristeza que logra ocultar.

    Ya eran las 10 de la mañana y aún faltaba arreglar el lugar más importante, la sala de la casa.

    Ramiro coge una escoba y comienza a barrer por todo lado, no dejó una sola esquina del suelo con polvo ni vidrio, a pesar que lo hizo con mucho cuidado, parte de ese polvo se había posado sobre la mesa, los cuadros, el armario donde guardaba Amanda, los objetos de vidrio que aún quedaba intactos, las ventanas y demás artilugios que moraban en esa parte de la casa, todas cubiertas con una fina capa de polvo que Ramiro no podía dejar escapar; así que agarro un trapo y a limpiar, tardó casi 3 horas en dejar todo reluciente, cuando terminó arreglar, eran las 4 de la tarde.

    Despavorido, corre a cambiarse, entra a su cuarto, de entre las ropas del armario, saca el mejor traje de terno que poseía, saca una camisa blanca y una corbata marrón que no lucía hace muchos años, era aquella misma corbata y aquél mismo traje que usaría el día que olvidó el último aniversario con su esposa, los plancha tan rápido como puede, listos para tal ocasión.

    Prontamente se quita todo el atuendo empolvado que aún llevaba, entra a la ducha, se afeita y peina sus greñas, se viste tan rápido como puede y antes que termine de colocarse lo último, la corbata, tocan la aldaba de la puerta de madera tan vieja pero resistente como su dueño, Ramiro coge un pañuelo rojo que acomoda hábilmente en el bolsillo de la chaqueta, da un respiro y elegante prosigue a atender el llamado.

    Abre la puerta con cierto temor y felicidad al unísono, un par de emociones cuya convergencia es tan infrecuente, que solo podían experimentarse alguien como Ramiro y en una situación tan particular como esta.

    Cuando por fin la puerta se hubo abierta de par en par, un niño rubio, bien peinado, de ojos verdes, pupilas penetrantes y semblante rubicundo, ataviado en un pequeño traje de etiqueta color negro con camisa blanca y zapatos brillosos, firmemente parado en la puerta, con voz amigable pero imperturbable a la vez, exclama:

    –Hola Ramiro, no tengas miedo ¿puedo pasar?

    –Entra, entra, por favor, ¿de verdad eres tú? Esperaba encontrar a otra persona –cuestiona Ramiro con aire desconcertado mientras extrae una de las tantas sillas que tenía frente a la mesa de la sala y la ofrece a su visitante.

    –¿Alguien de apariencia más madura? ¿Talvez, alguien corpulento o de anciana figura? –exclama aquel extraño niño, al mismo tiempo que se acomoda para sentarse.

    –¿Talvez alguien más feo? –refiere Ramiro con voz susurrante.

    –Jajaja –ríe vívidamente el visitante, pareciendo disfrutar de la jocosidad de su anfitrión–. Es bueno saber que aún conservas el sentido de humor, eso me llena de alegría. La apariencia que llevo te la has ganado.

    –No entiendo –Interrumpe Ramiro.

    –¿Sabes bien a qué he venido verdad? –pregunta aquél niño con aire de autosatisfacción.

    –Por supuesto, hoy termina mi vida –Responde Ramiro con otra rara mezcla de tono apagado y esperanzado al mismo tiempo– eres la muerte.

    –Exacto, aunque siendo sinceros, nunca me ha gustado ese sobrenombre, mi tarea no es extinguir la vida, solo la recojo cuando la llama de la existencia se ha silenciado. Soy quien prepara las almas para recorrer un nuevo sendero más allá de su entendimiento, evito que puedas perderte en el vacío de tus pensamientos y la desesperación al trascender. Prefiero verme como un guía.

    –Está bien, Guía ¿ya puedo ir con Amanda? –Pregunta Ramiro impaciente.

    –Todo a su debido tiempo, mi frágil amigo. Antes, me gustaría que me invitases una tasa de ese exquisito café que preparaba tu mujer. Aún tienes dos bolsas guardadas en tu alacena. –Exclama la muerte indicando con su pequeño dedo índice el lugar exacto, al mismo tiempo que mira directamente a los ojos a Ramiro.

    –Sí, sí, lo había olvidado, discúlpame la descortesía –se excusa el anciano mientras se dirige hacia su despensa–. ¿Deseas algo más?

    –Nada más, gracias.

    Diez minutos más tarde, luego de un silencio sepulcral entre nuestros dos interlocutores, por fin un aroma intenso y amargo al mismo tiempo, dulce pero espumoso, emana de la tasa en la que estaba vertido el pedido de tan singular ser. Cual niña traviesa, el aroma va saltando por toda la cocina, deslizándose hasta la sala del reciento, esparciéndose por cada rendija y cada habitáculo de aquella avejentada morada, inundándola por completo hasta llegar sutilmente al invitado que espera pacientemente. Comensal que, al percibir tan deliciosa fragancia, con violenta inhalación se apodera de ella, causando en el acto, un sentimiento de placer e inquietud.

    –Veo que ya está listo mi pedido. –Murmura la muerte con evidente excitación.

    –Sí Guía, ahora voy con usted –Responde Ramiro, algo nervioso, pues, con muy poca experticia en el arte de la cafetería, se aventuró a preparar tal bebida, que dos décadas atrás, la preparaba Amanda.

    –Delicioso, simplemente delicioso, exquisito, benditos los turcos al regalarnos tal magna ambrosía digna de cualquiera de sus Dioses. –Exclama el niño mientras lo termina bebe presurosamente–. Bueno, no te haré perder más el tiempo.

    –Como a todas las almas a quienes tengo el placer de guiar, te daré 2 opciones a elegir. Pero antes, debo decirte quién eres. –manifiesta la muerte, al mismo tiempo que Ramiro interrumpe.

    –Soy Ramiro. –Responde con vivida emoción.

    –No, tu nombre es Ramiro, pero quién eres, nos lo dirá tu historia.

    Durante años has esperado con vehemencia este momento, venciste la época de dolor y desconsolación que te tocó vivir, por la pérdida de Amanda. La idea de desprenderte de tu propia existencia te acompañó por años, pero lograste recuperarte, de no haberlo hecho, hoy no estaríamos teniendo esta conversación y tampoco me verías en esta forma tan agradable, debes reconocerlo. Te he observado durante esta vida, desde que diste tus primeros sonidos antes de salir del vientre materno, tus primeros pasos, cuando encontraste el amor, la muerte de tu madre y dos semanas más tarde, la de tu padre, yo estuve en todo momento contigo, como fiel testigo de tu devenir.

    –Has tenido una vida muy larga e interesante, Ramiro, muy pocas veces lograste aburrirme. A punta de esfuerzo y sufrimiento has aprovechado cada segundo de tu vida en hacerte alguien más sabio, con gran placer veo que ahora, no solo te preocupas por ti, sino por otras personas, ayudas a otros seres como tú y ya no te importa el reconocimiento.

    –Ha llegado la hora de tu trascendencia.

    –No entiendo –Exclama Ramiro con un rostro de confusión–. A qué viene toda esta explicación, yo solo quiero estar con Amanda.

    –Tienes 2 opciones, la Primera es Trascender, convertirte en una entidad como yo, no necesitarás de este cuerpo terrenal, caminarás por todos los planos del cosmos a la velocidad del pensamiento, no habrá secretos, te unirás con el universo y serás parte de él ya no necesitarás vivir más. Existirás para siempre con un único fin, guiar a otras almas hacía su destino, hacia la trascendencia.

    –La segunda opción, te llevará dónde Amanda, y podrás reunirte con ella. ¿Dime, cuál eliges? Tómate un tiempo para pensarlo.

    –No necesito pensar más. Quiero estar con Amanda. –Responde Ramiro, nunca más seguro de sí mismo.

    –Entonces te guiaré.

    La muerte agarra con su pequeña y delicada mano a Ramiro e inmediatamente su cuerpo se desvanece suavemente, quedando sentando con la cabeza y un brazo apoyado sobre la mesa. Un momento después, aún agarrado de la mano de la muerte, una luz cálida, radiante y re fulgurante emerge del cuerpo inerte de nuestro protagonista, era el alma de Ramiro quien pregunta emocionado: “¿Puedes decirme, al menos dónde está Amanda?

    –Me caes bien –comenta la muerte, con una pícara sonrisa en el rostro– puedo decirte que está esperándote con la paciencia y el amor con que una madre que acaba de salvarse de morir, esperaría la llegada de su primer hijo. Tienes mucha suerte.

    FIN
     
  4. lescano8585

    lescano8585 Suspendido

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  5. Paoo Paoo

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    Que bonita... me gusto mucho :chau:...