La madre y el dios Kon

Publicado en 'Misterios y Enigmas' por Owenhart, 7 Feb 2020.





  1. Owenhart

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    LA MADRE Y EL DIOS KON

    En el siglo XVIII, cuando los jesuitas eran amos y señores de las haciendas del distrito de Nepeña, una atormentada madre recorría los incipientes campos de cultivos —que se encontraban entre la hacienda San Jacinto y San José de la Pampa—, buscando a un dios capaz de curar el horrible dolor abdominal que estaba a punto de asesinar a su pequeña hija.
    Y es que un anciano negro, uno de los primeros esclavos en haber llegado a esas tierras, fue quien le dijo que, cerca de la gran huaca que descansaba sobre un cerro de piedra, un antiguo templo, que se encontraba escondido, podría albergar el remedio para su moribunda heredera.
    «Sí, existe, pero nadie lo ha podido encontrar. Ahí duerme el último dios de los antiguos humanos. Los indígenas cuentan que puede conceder cualquier deseo», escuchó la sufrida madre antes de despedirse de su hija y salir en busca de la última esperanza no mortal que tenía en las manos.
    Caminó tanto que sus pies fueron heridos por las filosas piedras que se escondían entre unos caminos que las mulas y esclavos no utilizaban. «¡Te doy mi alma, señor! ¡Te doy mi cuerpo! ¡Te doy mi sangre! ¡Mi vida...! ¡Solo muéstrate…!», gritó tan desesperada, que se sintió cansada al no ser escuchada y creer que jamás encontraría el templo del desconocido dios.
    Cuando aceptó que no todo estaba perdido, se desplomó, dejó que sus rodillas se lastimaran con las piedras que invadían el camino, y no le importó que sus manos cayeran sobre una turba de espinas que empezaron a beber su sangre; y es que hasta su vida le dejó interesar si no podía salvar a su única hija.
    «Es suficiente para mí», escuchó la abatida madre, y levantó la mirada para ver a quien le pertenecía la profunda voz que retumbaba dentro de su cabeza, solo para comprobar que se trataba del ser que jamás esperó hallar.
    —Mi señor, he venido a implorarle piedad —suplicó la mujer al tener en frente al poderoso dios de los antiguos humanos, al ser divino que tenía la apariencia de un felino.
    —Silencio, mujer. Sígueme. Tu súplica me liberó de mi profundo sueño.
    —Perdone mi osadía, mi señor, pero necesito de usted… —logró decir la destrozada madre antes de que el dios de los antiguos humanos rugiera con tanta fuerza que la tierra tembló levemente y el aire se volvió irrespirable.
    En total silencio, sin mirarlo, y sin importarle el dolor de sus heridas, la mujer empezó a caminar junto él, hasta el hermoso templo que se erigía imponente a unos pocos metros; en un lugar por donde ella ya había buscado.
    —Mi hija ordenó su construcción. El majestuoso Kon ama dormir —respondió el poderoso dios de los antiguos humanos al leer la pregunta que en la mente de la desesperada madre estaba deambulado mientras, custodiados por una gigantesca imagen creada en honor a él, los dos empezaban a subir las gradas del templo.
    —Mi señor, poderoso Kon, yo también tengo una hija —las lágrimas de la desdichada empezaron a esparcirse sobre el sagrado suelo del templo—, por ella me encuentro aquí. Implor…
    La mujer no pudo terminar de hablar, pues cayó sobre los escalones al sentir que los dientes del dios se incrustaron en su cuello. «Carne, carne condimentada en súplica», repetía el dios de los humanos mientras su apariencia felina cambiaba por una humana.
    «Señor…», la agonizante mujer trató de articular las palabras que necesitaba, pero el poderoso dios Kon —convertido en un humano de piel roja, nariz ancha, cabello negro, pero manteniendo sus ojos y dientes de felino —le arrancó los labios y la lengua para devorarlos.
    «Tu hija vivirá, mujer. Tu vida a cambio de la suya. Ahora ella es libre de la muerte porque tú serás el alimento que necesito para dormir en paz», le hizo saber el último dios de los antiguos humanos, a la agónica madre, mientras arrastraba su cuerpo hacia el interior de su templo, sin importarle que la sacerdotisa —su hija— ya no estuviera para esconder su morada a los nuevos hijos del hombre.
    ****
    Verdad o no, de la madre nunca se volvió a saber; no obstante, los descendientes de la mestiza Filomena Ciriaco, confirman que su hija, la matriarca de su linaje, sobrevivió.

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    Fuente y autor: ©El obelisco de Hades.
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  2. Light Hope

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    Acabo de leerlo en facebook, muy buena historia.
     
  3. chijaukai1217

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  4. Giomar23

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    Lee pues vago.
     
  5. juanesafirma27

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    No leí nada pero este domingo gana alianza