La cruz del siglo

Publicado en 'Literatura' por Owenhart, 11 Dic 2019.





  1. Owenhart

    Owenhart Miembro frecuente YoMeQuedoEnCasa

    Registro:
    11 Ago 2019
    Mensajes:
    182
    Likes:
    84
    Temas:
    68




    LA CRUZ DEL SIGLO DE NEPEÑA

    A pesar de que Ramón Castilla le puso fin a la esclavitud, en Nepeña los negros seguían siendo azotados por los amos de pequeñas parcelas que se creían superiores a los varones del azúcar que polulaban al rededor de ellos.
    No tenían poder, pero se creían poderosos. No eran europeos, pero se sentían más blancos que mestizos; con el derecho de despreciar a todo aquel que moría en negro o solo llegaba a cobrizo.
    Pero los nepeñeros también eran hombres de fe, no solo amantes de una aristocracia que nunca ostentaron. Apreciaban tanto a su virgen y a su Dios que prohibieron el ingreso de los negros a su templo.
    Los que desobedecían la ley impuesta por los hombres —que en Nepeña estaba por encima de la ley de Dios— eran castigados siendo atados desnudos en los árboles que cuidaban la entrada de la iglesia, para que el sol limpiara el pecado de sus cuerpos. Y si el 'sacrílego' era reincidente, al jesuita no le temblaba la mano para tatuar: «Negro hijo del infierno», en el cuerpo del fiel creyente que no tenía la culpa de amar al Ser Omnipresente.
    Y aunque esa actitud despreciable duró por muchos años, alguien decidió decirle basta a los atropellos y no dejar que su fe se vea humillada por tener diferente color de piel. Su nombre era Leónidas —como un conocido rey espartano—, hijo de esclavos liberados y excelente trabajador del campo. En sus ratos libres intentaba aprender a leer y escribir a escondidas, pues los patrones no querían que sus peones obtuvieran sabiduría. Pero el joven era terco, no solo quería ser libre de cuerpo, también deseaba que su mente volara hasta que el sol derritiera sus alas forjadas en anhelo.
    De niño, de sus abuelos escuchó el sonido que los tambores africanos creaban para alabar a los dioses del aire y de la tierra. Y en su adolescencia, de la boca de sus padres conoció los coros que Salomón escribió.
    Con lo poco que tenía y recordaba, Leónidas empezó a incentivar a su raza a alabar a su manera al Dios de Abraham. Les relataba los sueños celestiales que solían abrigar sus noches de invierno; y lo poco que se necesitaba para empezar su pequeño templo.
    A oídos del patrón de Leónidas llegó el plan que el muchacho tenía —nunca falta un blanco o negro sobón— para recordarle a Yahvé que los de color también fueron creados por Él.
    Para evitar una rebelión espiritual, el patrón humilló a Leónidas delante de todos los peones. Pero el muchacho aguantó los azotes y escupitajos implorándole a Dios que interceda para que su castigo cediera.
    La primera en dejar su cesta fue la negra Graciela que, moviendo sus gigantescas caderas, se acercó a pedir clemencia por su hermano de color. Cuando el capataz intentó golpear a la negra al haberse dirigido mirando a los ojos al patrón, su puño fue interceptado por la gigantesca mano del negro Martín, que estaba acompañado por todos los trabajadores de los campos de algodón.
    Ya no era fácil matar un negro, y no era porque la esclavitud se había terminado, sino porque una masacre podría ocasionar una revuelta que sería incontrolable.
    El coraje de Leónidas llegó hasta el corazón de los otros negros. Todos ellos se opusieron a seguir trabajando sino se les permitía adorar a la madre de Jesús. Los patrones y los jesuitas no estaban de acuerdo que los negros ingresarán al templo, pues creían que el cielo era de blancos y que si un indio llegaba era porque el Paraíso también necesitaba de servidumbre. Sin embargo, los patrones nepeñeros comprendieron que a algún acuerdo debían llegar.
    «Desde hoy se les permitirá adorar a nuestro Dios, pero lejos de nuestro templo. Así que si necesitas cortar un árbol para adorarlo, solo escoge uno, y que sea el último pedido que le concedemos a tu gente», escuchó atentamente Leónidas refunfuñar a su patrón al ceder, aunque a medias, a su petición.
    Así fue que un domingo por la mañana, mientras la 'gente bien' de Nepeña escuchaba la misa de la mañana, Leónidas y los negros del pueblo empezaban a talar el árbol escogido para hacer realidad lo que tanto anhelaron.
    Rodeados de cánticos celestiales de ancianos, niños y mujeres, los varones negros llevaban el árbol cortado hacia un lugar desolado entre el puquio Pipí y una huaca que dormía oculta por la tierra.
    El negro Abanto, el mejor carpintero de color de Nepeña, empezó a seguir las indicaciones de Leónidas. Y cuando el domingo terminó, la fe de los negros se acrecentó.
    Luego de una semana de arduo trabajo nocturno, en grupos reducidos para no llamar la atención, las dos cruces, una grande y otra pequeña, que Leónidas soñó empezaron a reflejar el amor de un pueblo oprimido.
    El domingo, el día en que las cruces fueron plantadas en la pequeña colina de tierra compactada por gracia divina, y que ocultaba más que una simple historia antigua, los tambores africanos que antes sonaban por amor a los dioses del aire y la tierra, se inclinaron ante el poder del único Dios. Los cánticos retumbaron tan fuertes que opacaron la miseria en que los negros vivían y las alabanzas rugieron más fuertes que un león.
    Leónidas aprovechó para inclinarse ante las cruces, agradecer a Yahvé y a Jesucristo por el milagro concedido, y cedió la palabra al más anciano de todos ellos, el negro Cangá, el único negro que en su juventud tuvo el privilegio de barrer el templo de Nepeña y escuchar de cerca la liturgia completa.

    Desde aquel día, los negros del pueblo de Nepeña, y algunos indios, se reunían en esa pequeña colina para adorar al Creador. Sin embargo, a los pocos meses de haber conseguido que sus plegarias al cielo fueran enviadas, Leónidas fue asesinado, extrañamente, en una trifulca ocurrida en la Hacienda de San Jacinto de la cual no fue partícipe.
    A nadie le interesó investigar el asesinado y, aunque los negros pidieron justicia, jamás se supo lo que en verdad pasó.
    Con el paso del tiempo, como en todo pueblo, la historia fue cambiando en beneficio de la iglesia católica y de los antiguos pobladores de lo que hoy se conoce como la capital del Distrito de Nepeña. Y es que en la actualidad, se relata que fueron los mismos pobladores, con la ayuda de los negros, quienes plantaron las cruces, llamando a la más grande 'La Cruz del Siglo', para que todo visitante comprendiera que los nepeñeros eran fervientes católicos, apostólicos y romanos.
    Por suerte, para devolverle la honra a los negros que jamás perdieron su fe, hoy te estás enterando la verdadera historia.

    Youtube: https://www.youtube.com/channel/UCLDg-lp1cUMyXmGC1eAqMbA
    Instagram: https://instagram.com/elobeliscodehades?igshid=11q1d4clanij2
    Facebook: https://www.facebook.com/elobeliscodehades/
    Twitter: https://twitter.com/ObeliscoDe?s=09
    Fuente y autor: ©El obelisco de Hades.
    Fuente de la imagen: Luis Mejía Alday