Isela

Publicado en 'Misterios y Enigmas' por Owenhart, 26 Feb 2020.





  1. Owenhart

    Owenhart Miembro frecuente YoMeQuedoEnCasa

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    ISELA

    Intentando que su respiración fuera imperceptible y que el sonido de su corazón dejara de escucharse en la pequeña habitación, se encontraba Isela, la joven e intelectual mujer que dejó su amado Huaraz por un futuro próspero que se auguraba en Chimbote.
    Todo empezó cuando se instaló en su nueva casa, una recién construida; una casa lo suficientemente grande para empezar el negocio que deseaba fundar.
    Aprovechando que el personal de la mudanza se había marchado, Isela tomó un baño antes de salir a almorzar. Disfrutó de su momento a solas, aprovechó a organizar mentalmente su agenda, y cuando volvió a su habitación, saltó del susto al percatarse de que una pequeña niña se encontraba sentada sobre su cama.
    —¿Quién eres tú, linda? —preguntó la joven al regresarle el alma al cuerpo.
    —Zenaida —contestó tímidamente la pequeña niña sin levantar la mirada.
    —¿Cómo entraste? —volvió a preguntar Isela mientras movía la cabeza al darse cuenta de que sus preguntas sonaron un poco tontas.
    —Debes irte. Aquí nadie está seguro. No dejes que el reloj sea así —le respondió la niña al levantar la mirada y mostrarle sus cinco dedos de la mano izquierda.
    Isela quedó sorprendida, pero no tomó en serio el consejo de la niña. «Vives por aquí, ¿verdad?» volvió a preguntar la joven intelectual mientras buscaba la ropa que iba a usar. «Espérame un momento, Zenaida. No te vayas a ir», dijo Isela y empezó a caminar hacia el baño de su habitación para vestirse.
    La niña esperó, tal y como la joven intelectual le pidió, jugando con sus manos, pero sin decir ni una palabra.
    —Vamos a tu casa, Zenaida. Tus papás deben estar preocupados —dijo Isela al salir del baño.
    —Solo tengo mamá —respondió entristecida la niña.
    Sin saber qué decir, si consolar o mentir, Isela sintió una fuerte pena en el pecho, así que solo atinó a estirar su mano para que la pequeña Zenaida la tomara.
    «Está fría», se dijo a sí misma la joven intelectual al sentir helada la mano de la niña que caminaba con ella hacia la calle.
    —Somos vecinas. Nos veremos seguido —le expresó Isela con alegría a Zenaida, quien había señalado la casa del costado como suya.
    —No, tú tienes que irte antes de así —dijo la niña mostrando los dedos de su mano izquierda, otra vez.
    La puerta de la casa de Zenaida estaba abierta, pero nadie contestó el saludo de Isela. «¿Estás segura de que vives aquí?», preguntó la joven a la niña, y esta última movió su pequeña cabeza para decir que sí.
    Aunque el ambiente era oscuro, Isela pudo ver un par de muebles de junco y una radio muy antigua.
    «Ya me voy. Tú también tienes que irte», dijo la niña al soltar la mano de Isela y correr hacia al fondo de su casa.
    La joven intelectual trató de detenerla, pero algo la detuvo a ella, un pensamiento que le dijo que era mejor dejar en paz a la pequeña niña. «Un gusto conocerte, Zenaida», expresó en voz baja Isela y volvió a su casa.
    Dentro de su nuevo hogar, al ver que eran las dos de la tarde y que ya no tenía apetito, Isela optó por tomar una siesta. «¿Quién será? Qué cargosos», empezó a decir al escuchar el sonido de su celular mientras, sin abrir sus ojos, lo buscaba por toda su cama, creyendo que no había podido descansar nada.
    Para su sorpresa, no había registrada ninguna llamada perdida, ni señal de la red móvil de su operadora. «Son las cinco de la tarde», balbuceó mientras trataba de peinar, con sus manos, su largo cabello negro, y se disponía a abrir la puerta de su habitación.
    Sorpresa o no, lejos de creer en lo que tenía frente a ella, la joven intelectual cerró sus ojos creyendo que todavía estaba durmiendo y que era parte de una nefasta pesadilla; no obstante, el grito ensordecedor de la extraña mujer que estaba parada en su puerta, le hizo darse cuenta de qué lo irreal era parte de su realidad.
    La mujer se lanzó sobre Isela e intentó ahorcarla. La joven logro zafarse de la mujer endemoniada, pero cuando creyó que se dirigía a la puerta principal de su casa, se dio cuenta de que todo había cambiado.
    El haberse quedado parada, intentando reconocer en dónde estaba, le jugó en contra a Isela, quien volvió a ser atacada por la desquiciada mujer, pero esta vez con éxito, pues le provocó un profundo corte en el brazo derecho.
    Isela empezó a gritar por ayuda, a llorar, a suplicar por su vida y a preguntar por qué la atacaban, pero de nada sirvió, la mujer la miraba con odio mientras saboreaba el cuchillo con el cual la atacó.
    Sin saber a dónde ir, y consciente de que sería embestida en cualquier momento, Isela optó por correr hacia la habitación que, minutos antes, vio cerca de ella, siendo perseguida por la furibunda mujer que no dejaba de maldecirla.
    Al sentirse a salvo, al lograr haber asegurado por dentro la habitación en donde entró, Isela intentó respirar con tranquilidad para evitar que su corazón siguiera latiendo intensamente.
    Los gritos de la mujer cedieron, la puerta dejó de sonar y la joven intelectual empezó a buscar algo con qué limpiar su herida que no dejaba de sangrar.
    «Te dije que te fueras», escuchó Isela al sentarse en la pequeña cama que adornaba la habitación.
    Cuando la joven intelectual se percató de que se trataba de Zenaida, la abrazó, y al recuperar un poco su cordura, le preguntó qué hacía ella ahí y qué era ese lugar.
    «Yo vivo aquí, pero tú no. Debes irte», respondió tímidamente la niña, a lo cual Isela le suplicó que le dijera cómo escapar.
    Cuando la niña iba a responder esa importante preguntar, dio un fuerte grito que hizo a Isela voltear, solo para ver que la endemoniada mujer había logrado entrar al cuarto.
    Con una sola mano, mientras sostenía el cuchillo en la otra, la mujer levantó a Isela y la empezó a ahorcar
    «¡Suéltala! ¡Suéltala!», gritó Zenaida, pero solo lograba que la irascible mujer apretara con más fuerza el cuello de Isela.
    «¡Suéltala! Ella no es, ella no es… Ella no es la amiga de mi papá, mamá», imploró la pequeña niña logrando que los ojos furiosos de la mujer se apaciguaran, logrando así que soltara a Isela que, a duras penas, volvía a respirar.
    Mientras la joven intelectual trataba de reincorporarse, la mujer se acercó a Zenaida, le acarició el cabello, y, antes de abrazarla, le prometió que jamás dejaría que la lastimaran.
    «Sal del cuarto y camina de frente hasta la puerta. Hazlo antes de que inicie de nuevo», le dijo Zenaida a Isela.
    Aunque la joven intelectual pensó en escapar junto a la niña, comprendió que la pequeña pertenecía a esa realidad, así que, agarrándose de la pared, empezó a caminar hacia la puerta de la habitación. Cuando Isela logró quitar el seguro de la puerta, volvió a mirar a Zenaida, y la niña, con su pequeña mano ensangrentada, sin dejar de abrazar a su mamá, le indicó que se marchara.
    A duras penas, sangrando sin parar, casi arrastrando los pies por el dolor que sentía, Isela llegó a la puerta principal.
    Al lograr escapar y sentirse segura, Isela volteó a ver el lugar de donde dejó a la pequeña Zenaida; sin embargo, se dio con la sorpresa de que solo había un terreno vacío al costado de su nueva casa.
    ****
    Isela nunca creyó en todo lo que le sucedió, por eso decidió buscar información acerca de algún incidente que haya ocurrido en la casa que compró. Y gracias a una investigación discreta, ayudada por un policía amigo, logró enterarse de que, hace treinta años atrás —mucho antes de que una empresa inmobiliaria comprara esos terrenos—, esa zona estaba habitada, y que ahí sucedió un escalofriante asesinato.
    Siendo las cinco de la tarde, una mujer tocó la puerta de la casa de Zenaida. El padre de la niña se sorprendió al ver a su amante e intentó echarla, pero la mujer le clavó un puñal en el abdomen. Cuando la madre de Zenaida apareció —junto a la pequeña—, la mujer las atacó sin piedad hasta quitarles la vida.
    Aunque el padre de Zenaida sobrevivió al ataque, por un buen tiempo se rehusó a dar el nombre del asesino, logrando así que su amante escapara. Por su actitud, él hombre fue sentenciado por ser cómplice del asesinato de su familia, y pagó su condena en el penal de Cambio Puente hasta que decidió quitarse la vida. Jamás atraparon a la responsable de los crímenes.
    Verdad o no, Isela sigue siendo una exitosa empresaria, vendió la casa que compró y la marca que el cuchillo le infirió sigue en su brazo.

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    Fuente y autor: ©El obelisco de Hades.
    Fuente de la imagen: Pixabay
     


  2. JoyMonsanto

    JoyMonsanto Miembro de oro YoMeQuedoEnCasa

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