Celos nepeñeros

Publicado en 'Literatura' por Owenhart, 13 Feb 2020.





  1. Owenhart

    Owenhart Miembro frecuente YoMeQuedoEnCasa

    Registro:
    11 Ago 2019
    Mensajes:
    182
    Likes:
    84
    Temas:
    68




    CELOS NEPEÑEROS

    De los amores de los años setenta —del siglo pasado—, de esas personas que amaron sin computadoras y celulares, Pedro y Rosario quedaron para la historia.
    Ella era una moza blanca, de ojos zarcos, de figura delgada y secundaria completa; él era un negro crespo, de ojos marrones, cuerpo fornido y sin estudios; dos seres que no tenían nada en común, pero que juntaron sus vidas debido a la «injuria» que Pedro cometió contra Rosario en unos matorrales cerca de la iglesia del pueblo de Nepeña.
    El primer año de matrimonio se la pasaron odiándose; la moza no era la mujer que el negro esperaba, aquella mujer que solo servía para lavar trastos y engendrar hijos; Rosario era todo lo contrario, todo lo que Pedro odiaba, ella era una mujer llena de sueños y que no tenía la intensión de nunca perdonar al hombre que la ultrajó.
    El segundo año de matrimonio las cosas empezaron a mejorar; el negro se había dedicado a pedir perdón por su infame acto, intentado demostrarle a la moza que no solo era un hombre lujurioso y cortador de caña; Pedro quería ser todo lo contrario, todo lo que Rosario amaba, un hombre con modales y con ganas de superarse.
    El tercer año de matrimonio —después de tanto esfuerzo— se amaron; la moza adoraba a su «negrito» y el negro idolatraba a su «blanquita». Pasaban largas horas encerrados en su alcoba, y hasta a la moza le dejó de importar las habladurías de los nepeñeros mojigatos.
    Poco a poco, en ese tercer año, las lágrimas de Rosario cedieron al intenso sudor de una mujer enamorada, y, aunque los arañazos no desaparecieron del cuerpo del negro, ya no eran dibujados por el odio, sino por la pasión.
    Muchos dijeron que el amor triunfó, y otros se preguntaron: ¿cómo la mujer pudo perdonar? Pero todos esos comentarios y preguntas desaparecieron cuando lo usual suele pasar.
    Como todo macho —dícese en la actualidad «macho alfa»—, Pedro, al sentir que Rosario era completamente suya, empezó a dejarse querer por el alcohol y las mujeres. Los besos apasionados el negro los cambió por puñetes y el intenso sudor de una mujer enamorada, Rosario los cambió por ruegos.
    No había noche que no existiera maltrato, ni palabras que intentaran hacer menos a una mujer preparada. Pedro estaba poseído por los celos, celos que intentaban justificar, a través de los golpes, sus borracheras e infidelidades.
    Pero no hay cuerpo que resista tanto dolor o paciencia que soporte tanta humillación. Rosario, la moza, estaba segura de que pronto moriría o quedaría desfigurada, así que tomó una drástica decisión.
    El día que preparó todo, esperó a que su esposo llegara a su casa. Pedro, como siempre, entró borracho y vociferando, gritando que él mantenía la casa y que su mujer solo servía para complacerlo y hacer limpieza.
    Rosario no dijo nada, tantos golpes le quitaron las ganas de defenderse, por eso el negro aprovechó en jalarla de su greñudo cabello castaño para llevarla al lecho matrimonial.
    La tiró con fuerza a la cama, luego de dos fuertes cachetadas. Rosario no habló, ni se quejó, solo derramó un mar de lágrimas. Pedro no soportó que su mujer no respondiera a sus gritos, se entonó al sentir que su «hombría» no se tomaba en serio.
    «¡Quítale la ropa!», gritó el negro mientras él se quitaba el pantalón, y la moza empezaba a hacerlo.
    Al ver el cuerpo desnudo de su mujer, Pedro se lanzó sobre ella. Cada beso con sabor a cerveza, cada golpe con sabor a rencor, Rosario los recibió mientras esperaba el momento oportuno, ese momento que llegó cuando Pedro le pidió que se posara sobre él.
    «¡Ay!», fue lo único que pudo gritar el negro al sentir que el filoso cuchillo, que utilizó Rosario para amputarle el miembro, no terminó su cometido.
    Pedro la lanzó con tanta fuerza que Rosario casi perdió el conocimiento al chocar contra el ropero. No se percató que su mujer metió su mano debajo del colchón de paja para tomar su arma, no imaginó que la moza fuera capaz de semejante traición.
    «******, ******, ******», empezó a decir desesperado el negro al ver que la sangre no se detenía y su imponente miembro estaba a punto de desprenderse de su cuerpo.
    Rosario, viendo que el negro que amó y odió estaba a punto de desvanecerse, aprovechó para tomar un poco de ropa para escapar. Pedro trató de detenerla, pero las fuerzas se le habían ido, y no le quedó más que pedir ayuda a la mujer que ultrajó, amó, celó y golpeó; sin embargo, la moza, aún mareada por los golpes, cerró con fuerza la puerta de la habitación luego de decirle adiós.
    ****
    Pedro, para su mala o buena suerte, dependiendo de cómo te gustaría acabar la historia, sobrevivió al ataque; pero se sintió tan humillado, al terminar castrado, que jamás volvió al pueblo de Nepeña.
    De Rosario, la moza, nunca se supo nada.

    Youtube: https://www.youtube.com/channel/UCLDg-lp1cUMyXmGC1eAqMbA
    Instagram: https://instagram.com/elobeliscodehades?igshid=11q1d4clanij2
    Facebook: https://www.facebook.com/elobeliscodehades/
    Twitter: https://twitter.com/ObeliscoDe?s=09
    Fuente y autor: ©El obelisco de Hades.
    Fuente de la imagen: Pixabay