PE - 8.1: El chancho de oro // por Bimbo --- (por Raq3l)

Publicado en 'Proyecto Escritura' por Cholo_King, 23 Ene 2011.





  1. Cholo_King

    Cholo_King Miembro de bronce

    Registro:
    6 Feb 2009
    Mensajes:
    1,093
    Likes:
    157




    En el corazón de un pueblo, existía un lugar cercado en su redondez. No había principio, no había fin. Los muros estaban hechos de piedras pacientemente labradas con manos de artesano. Hilera sobre hilera de piedras. Cada piedra tenía un metro de alto. Cada año se alzaba un metro en el muro. Cien años, más diez. Cien metros de piedras, más diez, envolvieron a Pedro, el artesano.

    Pedro, el artesano había nacido viejo. Su madre había muerto en el parto, llevándose consigo al padre. Pedro, el artesano, comentó alguna vez a alguien, con quien una vez conversó, que al abrir los ojos al mundo vio a la muerte en la bombilla de luz y esta le dio una sonrisa.
    El primer año su tío Octavio, el hipocondriáco, decía en la ciudad que la peculiar apariencia de su sobrino era propia de quien solo podía estar destinado a ser un sabio, pero Pedro, el artesano, nació para ser artesano, aquella realidad fue inaceptable para Octavio, el hipocondriáco. Antes de terminar la infancia, Pedro, el artesano, todos los días después del almuerzo caminaba hacía el patio de la casa, con aire de viejo entusiasmado, y moldeaba animales de barro. Su abuela, Ana, la carnicera, destinó un sitio especial en la casa para cada animal de barro que le regaló Pedro. Ana, la carnicera, era una anciana de manos gentiles y de una piel fresca. Su aroma era de rosas y granada.

    Pedro, el artesano, creció de niño siendo viejo. Consiente de su apariencia, nunca tuvo la esperanza de que aquello cambiara.

    Desde muy temprano en su infancia decía tener charlas con la muerte. Tenía pensado hacerse su amigo, pero no estaba seguro de cuanto tiempo tomaría. La muerte solía burlarse y gastarle bromas ante la primera cercanía de confianza. Ana, la carnicera, le colocaba collares de huayruros todas las noches, y todas las mañanas, al entrar a la habitación de su nieto, habían desaparecido. Pedro, el artesano, le tranquilizaba.

    -No tengáis miedo que no viene por mi, y por ti seguro que no. Dice que no te tiene en su lista, que si mueres será para celebrar.

    Era un día de otoño y tenía 8 años. Estaba en el patio moldeando un pato en una esfera de barro, ayudándose con unos cinceles. La muerte le preguntaba, algo tímida y casi sin ganas, sus deseos para su próximo cumpleaños, pero Pedro, el artesano, no quería nada. La muerte satisfecha con la respuesta de Pedro, el artesano, le propuso contarle un secreto. No supo si fue porque no logró sacarle el alma al pato de barro, o por el deseo de por fin tener un amigo, que aceptó escuchar el secreto que tenía la muerte. Pedro, el artesano, salió corriendo tras escuchar el secreto que le había contado. No se detuvo sino hasta llegar a casa de Don Anselmo, el banquero.

    Don Anselmo, el banquero, abrió la puerta con gesto amargo, y antes de que pudiera soltar el aliento de las palabras, Pedro, el artesano, lo dijo sin dudar,

    -Usted murió hace 25 años.
    Don Anselmo, el banquero, desorbitó los ojos con la mirada al frente y se desplomó en el piso.

    Pedro, el artesano, se negó a conversar con la muerte durante un año entero. Ella venía a su habitación todas las noches y se echaba sobre sus pies. En verano su presencia trasmitía un aire frío que refrescaba los cabellos del niño. En invierno le envolvía los pies y se los calentaba pero este lo ignoraba.
    Una día el niño caminaba por la plaza, la hija menor de Don Anselmo, Patricia, la gorda, le tiró una piedra. A la piedra de Patricia, la gorda, le siguieron otras piedras de las personas del pueblo, los del corral. Después de la muerte de Don Anselmo, el banquero, se esparció el rumor, como mantequilla sobre el panecillo en el desayuno de Patricia, la gorda, de que Pedro, el artesano, era la muerte misma y que su apariencia era la prueba de ello. El niño entró corriendo a su casa, se escondió en su habitación y por primera vez, desde que vio la luz, lloró. La muerte, envuelta en algo muy parecido a una emoción, tomó forma de lobo y anduvo por la plaza esparciendo rabia sobre el primero que apareciera. Luego, entró a la casa de Pedro, el artesano, mostrándose con forma de perro. Llegó hasta la puerta del niño y al oler las lágrimas de él, corrió espantado hasta la montaña. Aulló toda la noche, los lamentos del único amigo. Al día siguiente Pedro, el artesano, esculpió en una piedra a un lobo y en otra a un perro. Esperó a que apareciera la muerte y se las regaló. La muerte prometió nunca más contarle un secreto y, entonces, todo quedó olvidado.

    Los días se pasaban entre la partida de la abuela al puesto de trabajo, los paseos hacia el monte en busca de nuevas piedras para esculpir, la llegada de la abuela para preparar el almuerzo y las largas tardes en el patio trasero esculpiendo las piedras. La muerte tomaba forma de animal cuando acompañaba al niño. A veces era lobo, a veces era oveja, a veces era cabra, a veces era pollo, a veces, aveces, aveces. Los días sobraban para a veces.

    No fue sino hasta que Octavio, el hipocondriáco, golpeó con la escoba a Pedro, el artesano, que la muerte pareció perder aquello que nunca perdía: la paciencia. Esperó sentada en una banca de la plaza a que apareciera Octavio, el hipocondriáco, camino a la botica para comprar agua floral. Sólo le dio una mirada y pudo escuchar los deseos de Octavio, el hipocondriáco, al mirar en sus ojos de mujer y el rojo de su boca. Octavio, el hipocondriáco, estaría muerto sobre su cama al terminar la noche.

    Pedro, el artesano, tenía 13 años, cuando Helbert, el apostador, despidió a su abuela por una carnicera joven. Los meses venideros no pudieron traer más que miseria. Ana, la carnicera, se negaba a vender las esculturas del nieto, pues consideraba que eran demasiado valiosas y parte de la casa. Pedro, el artesano, subía al monte a cazar algunos conejos y palomas, para cocinar. En aquellos meses la muerte parecía haber desaparecido.

    Era primavera, los frutos y los animales para cazar eran más fáciles de encontrar. Había pasado un año desde que Helbert, el apostador, había contratado a una carnicera joven. Pedro, el artesano, se encontraba en el monte, recogiendo frutos, cuando se encontró con la muerte. Tenía la apariencia de un hombre joven, de apariencia indomable y pura a la vez. No supo que decirle, había pasado un año sin verla. La muerte fue a su alcance y tocando su mejilla le pidió perdón. Le hablaba en una voz que lo adormecía. Pedro, el artesano, le pidió que regresara, le decía que la miseria era más tenue sin un amigo con el cual compartir. Le dijo sobre su abuela, que había enfermado en los últimos meses, pero la muerte no cedió. Le habló sobre la tragedia, que nunca antes se había sentido pobre como ahora. Gritó al cielo lo mucho que detestaba a Helbert, el apostador, cayó de rodillas, y antes de que pudieran salir de su boca el deseo de que sanara su abuela, la muerte se inclinó sobre él y le puso un dedo sobre la boca,
    -No lo digáis. Helbert, el apostador, está muerto hace 7 años.
    El muchacho se levantó y partió hacia el pueblo. Cruzaba la plaza cuando divisó a Helbert, el apostador. Se dirigió hacia él y, otra vez, sin dudar, pronunció las palabras:
    -Usted está muerto hace 7 años.

    Los días pasaban y la miseria se notaba en los huesos. Ana, la carnicera y Pedro, el artesano, se brindaban sonrisas, queriéndose en medio de todo aquello. La casa se llenaba de esculturas de animales. A cada animal de piedra se le asignaba un lugar en la casa. Era un tarde de primavera y Ana, la carnicera, decidió subir al monte a recoger rosas para perfumarse. Pedro, el artesano, se encontraba en el patio esculpiendo una piedra, a la que no podía sacarle alma alguna, cuando su abuela entro con su mandil sobre los brazos que envolvían algo.
    -Me he encontrado un cochinito, hijo. Está tiernito, por aquí no hay de estos.
    Pedro, el artesano, soltó el martillo y el cincel.
    -¿Dondé te lo habréis encontrado?- dijo.
    - En el monte, caminaba por un riachuelo cuando escuche su chillidos. María, la profesora de baile, venía detrás mío apurada para quitármelo. Pero lo he cogido yo, he tenido suerte.

    Caminó hasta la abuela y destapó lo que traía sobre los brazos. El chancho empezó a tomar un color dorado y al cabo de unos segundos se convirtió en un chancho de oro. La abuela dio un grito de espanto y dejó le caer.
    -¡ Es el demonio !- gritó la abuela, -es el diablo lo que he traído, Dios mío.
    Pedro, el artesano, siempre había escuchado cuentos de su abuela, de como el diablo tomaba diferentes formas para engañarte, de los pactos que hacían las personas con él y una vez cumplido el trato se lo llevaba. Le solía decir que no debía desviarse del camino, ni coger lo que no era suyo, porque el diablo era engañoso. Los cuentos de la abuela se le vinieron a mente, uno tras otro. Se agachó tembloroso y cogió el chancho de oro, que chillaba y se revolcaba sobre su espalda, le miró a los ojos y en ellos encontró los de su amigo. Alzó al chancho de oro entre sus brazos y salió a la calle. Corrió a la plaza y lo dejo sobre una banca. Cuando regresó al patio encontró a su abuela con los ojos desorbitados, echada sobre su espalda.
    La muerte llegó en forma de lobo y al ver a la abuela muerta en los brazos de su amigo, trató de explicarle, le decía que él esperaba a María, la profesora de baile, qué el jamás escucharía los lamentos de su abuela, que había partido lejos para no escucharla, pero Pedro, el artesano, cogió una escoba y la partió sobre el lomo.

    Pasaron cien años, más diez, cuando Pedro, el artesano, se detuvo por fin. Alzó la vista y no vio más que los muros que los rodeaban. Entró a su casa, después de tantos años y miró a los animales que la llenaban. Animales de piedra de la cuales brotaba un con alma. Se sentó a contemplar. Dio en la cuenta de que era un escultor.

    Envuelto en el más profundo silencio, Pedro, escuchó como se rompía por el aullido de un lobo en el monte, que en su búsqueda lo atravesaba todo.
     
    Última edición: 18 Feb 2011


  2. Raq3l

    Raq3l Suspendido

    Registro:
    24 Set 2010
    Mensajes:
    1,102
    Likes:
    376
    La mala redacción me confunde.
     
  3. Belano

    Belano Miembro maestro

    Registro:
    1 Ene 2010
    Mensajes:
    812
    Likes:
    151
    ya sé por cual votaré. tiene errores que hay que corregirse (especialmente en el final). pero la prosa, el estilo, el ritmo y música, y la originalidad, me parece que lo pone por encima de los demás.
     
  4. Leoj Amocich

    Leoj Amocich Miembro maestro

    Registro:
    10 Jul 2010
    Mensajes:
    334
    Likes:
    137
    Realismo mágico fallido. La mala redacción y la trama demasiado ingenua no logran convencerme. A este cuento le falta carácter.

    "Envuelto en el más profundo silencio, Pedro, escuchó como se rompía por el aullido de un lobo en el monte, que en su búsqueda lo atravesaba todo."

    Esto fue lo que más me desconcertó, pues no llego a entenderlo por más esfuerzo que haga.

    En general, no me gustó.
     
    Última edición: 24 Ene 2011
  5. aliz

    aliz Miembro de plata

    Registro:
    23 Oct 2009
    Mensajes:
    3,352
    Likes:
    1,090
    Concuerdo con la redacción confusa y la trama ingenua. Por otro lado, no sé si es el verano, pero me aturde leer tantas "veces pedro , el artesano"... , esta vez las características me resultaron hostigantes.

     
  6. Pollo_

    Pollo_ Miembro de plata

    Registro:
    22 Set 2009
    Mensajes:
    3,282
    Likes:
    2,260
    El cuento está bien, entretenido y redondo. Sería mejor si:
    Se usaran sinónimos o pronombres para no repetir tanto las mismas palabras. Por ejemplo en esta frase: “Los días se pasaban entre la partida de la abuela al puesto de trabajo, los paseos hacia el monte en busca de nuevas piedras para esculpir, la llegada de la abuela para preparar el almuerzo y las largas tardes en el patio trasero esculpiendo las piedras” Piedras y abuela se repiten mucho.

    “Octavio, el hipocondriáco” se repite como 4 veces en un solo párrafo, si se va a repetir al menos que se escriba con buena ortografía ¿no?
     
  7. Poeth

    Poeth Miembro frecuente

    Registro:
    17 Abr 2010
    Mensajes:
    236
    Likes:
    109
    Molestosamente interesante desde el principio, con arrebatos precipitados de genialidad. Un consejo: no se tome tan poco en serio la fluidez de la redacción.

    Me invade un sentimiento de altivez ajena: creo que fue hecho a última hora con una maravillosa inspiración, algo muy osado, basta ver ciertos párrafos con una pluma digna del boom por ratos, que nos presenta una trama extraída del féretro de Juan Rulfo, pero tal vez sólo queda en intento de cuento. Y no sé si mi capacidad metacognitiva ayude, pero es acaso esto es una metáfora de que hasta el mismo destino comete yerros ominosos que despreciamos enardecidamente, y que estas heridas parecen no sanar nunca.

    La candidez del autor, su sencillez formal, nos hace sumergirnos en el instante del acontecimiento con una dulzura y melancolía que pocos logran conseguir en sus historias. Excelente.
    Este cuento sólo me parece regular, pero depurando su estilo, le emplazo que me deleite en los tiempos venideros. Por favor.
     
  8. halcon777

    halcon777 Suspendido

    Registro:
    9 Ene 2009
    Mensajes:
    2,912
    Likes:
    1,300
    El recurso que utiliza seria como un epiteto disfrazado, quizás le gusto La Iliada y La Odisea. Terminaré de leer...

    ----- mensaje añadido, 28-ene-2011 a las 21:25 -----

    Muy bueno, es cierto que la redacción falta mejorar. Pero el relato te envuelve de principio a fin. En poca palabras MUY ORIGINAL, se nota que al que lo escribio le dio un arrebato de creatividad espontanea.
     
  9. dlanor.3

    dlanor.3 Miembro de bronce

    Registro:
    14 May 2010
    Mensajes:
    1,156
    Likes:
    330
    Que buena historia o cuento o lo que sea, realmente buena, es muy original, es tan buna que empiezo a dudar de la autenticidad de la autoria. De cualquier modo me gusto mucho. Aun me faltan leer 7 mas , pero esta se perfila como mi favorita.


    Ahh, me pareció simpatico que usara repetidas veces “Pedro, el artesano”, “Octavio, el hipocondriáco”, etc.
     
  10. José Elías

    José Elías Miembro de bronce

    Registro:
    9 Abr 2009
    Mensajes:
    1,178
    Likes:
    132
    ¡Qué bien! Alguien sí leyó los clásicos con cierta atención. El relato emplea el epíteto heroico, propio de la épica. Ojalá tenga tiempo luego para comentar este cuento.
     
    Última edición: 29 Ene 2011
  11. bradcallao

    bradcallao Miembro maestro

    Registro:
    17 Ene 2011
    Mensajes:
    684
    Likes:
    219
    creo que es parte del ritmo que le quiere imponer al cuento... de todos modos creo que no tenia un inicio muy decidido, en medio de la lectura era mas facil inventar cualquier cosa y asi se hizo... y no supo como terminarla y se acabó sin ganas, me parece.
    No sé, es como si la hubira escrito un poeta que quiere ser cuentista a la fuerza... no me gusto mucho.:hi:
     
    Última edición: 29 Ene 2011
  12. TESLA

    TESLA Suspendido

    Registro:
    18 Dic 2010
    Mensajes:
    9,128
    Likes:
    3,155
    el cuento no cierra, no da explicacion a muchas cosas.

    la forma de la redaccion no cierra, se mezclan unas cosas con otras, no hay division clara entre escenas.

    no me gusto porque esperaba mas del final
     
  13. anthoni

    anthoni Miembro maestro

    Registro:
    9 Dic 2010
    Mensajes:
    531
    Likes:
    199
    Es un cuento en cierto modo gracioso, todo parece suceder en una realidad fantastica. El principio se me hizo confuso por los sobrenombres pero luego la historia se me hace mas simple y pude encontrarle un sentido. Un buen cuento. Recorde por chispazos algunas lecturas.
     
  14. Cholo_King

    Cholo_King Miembro de bronce

    Registro:
    6 Feb 2009
    Mensajes:
    1,093
    Likes:
    157
    Señores, se hacen públicas las autorías del PE-8.

    Felicitaciones a todos los autores.

    Saludos [​IMG]

    Cholo_King