Experiencias contra la violencia: "La teoria de las ventanas rotas"

Publicado en 'Actualidad Mundial' por andrade, 19 Set 2010.

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¿Es factible aplicar la Teiria de las Ventanas Rotas al Perú?

  1. Si claro que si

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  2. No se acomoda a nuestra realidad

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  3. No porque depende de la calidad moral de las autoridades

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  4. No sé, nada se pierde con probar-

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  1. andrade

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    La teoría de las Ventanas Rotas, elaborada por James Q. Wilson y George Kelling, se basa en la premisa de que el crimen es el resultado inevitable del desorden. Estos criminólogos encontraron que el crimen, en cualquier centro urbano, era mayor en las zonas donde prevalecía el descuido, la suciedad y el maltrato a los bienes públicos. Una ventana rota en un edificio, si no era reparada pronto, era el preludio para que todas las demás fueran pronto dañadas.

    Esta relación ya había sido reportada por Zimbardo, y se relata con más detalle en prevención general. En 1969, Zimbardo condujo un experimento muy interesante: dejó dos autos abandonados, de igual marca, modelo y color, uno en Palo Alto, California, y el otro en el Bronx, Ciudad de Nueva York. Como era de esperarse, el primero permaneció una semana intacto, mientras que el otro fue robado y semidestruido. Sin embargo, la suerte para el automóvil de Palo Alto cambió cuando el mismo Zimbardo le rompió una ventana.

    La conclusión es clara: un auto con una ventana rota que permanece sin atención, es un auto que a nadie importa, y por tanto se le puede saquear.
    Si una comunidad presenta signos de deterioro y aparenta no importar a nadie, mostrará como consecuencia un aumento del crimen. Las manifestaciones más comunes de este deterioro son las ventanas rotas de los edificios abandonados y el graffiti. De hecho, como en el experimento de Zimbardo, sirven como inductores para ocasionar epidemias de inseguridad.

    Durante los ochenta, el Metro de la Ciudad de Nueva York se convirtió en el arquetipo de la inseguridad neoyorkina. Los usuarios, hartos de sufrir asaltos violentos, intimidaciones, robos, o de viajar en vagones deteriorados, cubiertos de graffiti y lentos, empezaron a abandonarlo y, conforme lo hacían, aumentaba el deterioro e inseguridad de las instalaciones.

    A mediados de los 80 Kelling fue contratado por la autoridad de tránsito de la Ciudad de Nueva York como consultor, y llevó a la práctica, junto con el director del Metro David Gunn, la teoría de las Ventanas Rotas. Más tarde se les uniría William Bratton como director de la policía del Metro. Sus objetivos inmediatos fueron dos: acabar con el graffiti, y perseguir a los pequeños delincuentes, como quienes entraban sin pagar, estaban en estado de ebriedad o hacían cualquier tipo de desmán en el interior de las instalaciones.

    Había una razón para esto: si se comete una transgresión, por pequeña que sea, y se deja sin perseguir, siempre habrá imitadores. Si alguien entra sin pagar al Metro y las personas observan que se sale con la suya, pensarán "y por qué yo no". Así de poderoso es el motor de la imitación alentada por la impunidad.

    Las críticas no se hicieron esperar por parte de aquellos que esperaban soluciones más radicales y aparatosas para crímenes mayores. Pero Kelling argumentaba que la única forma de acabar con la inseguridad era perseguir los pequeños delitos.

    Porque quienes cometen pequeños delitos, también están involucrados en los mayores. En la experiencia neoyorquina, el arresto de personas que no habían pagado su entrada al Metro o hacían uso indebido de sus instalaciones, mostró que 1 de cada 7 tenía una orden de aprehensión por algún delito mayor, y 1 de cada 20 portaba ilegalmente un arma.

    La batalla implacable contra el graffiti también arrojó buenos resultados. Como el graffiti era el emblema de la decadencia del transporte colectivo subterráneo, su eliminación elevó la confianza de los usuarios en que las cosas estaban cambiando.
    Cuando Rudolph Giuliani llegó a alcalde de la Ciudad de Nueva York en 1994, William Bratton fue nombrado director del Departamento de Policía de Nueva York, y aplicó estrategias similares pero más amplias: combatir el graffiti, atacar las transgresiones menores como orinar o arrojar basura en la vía pública con todo el peso de la ley. Así, con la persecución de delitos menores que a su vez permitían atacar a los mayores, y creaban comunidades más limpias, más cuidadas, las cuales no estimulaban la comisión de delitos.

    El éxito de la Tolerancia Cero y de la aplicación de las enseñanzas de la teoría de las Ventanas Rotas rompió con muchos prejuicios que existían en la concepción del delito como algo debido a defectos genéticos, a la mala educación, a la falta de oportunidades y otras hipótesis más o menos bien fundamentadas. Mostró que el delincuente no es una especie de autómata, incapaz de dejar de cometer delitos, sino que es un individuo sumamente sensible a los cambios ambientales de su entorno inmediato. Por tanto, la mejoría en ese entorno es una mejor estrategia, a través de no tolerar las transgresiones menores, que perseguir los delitos mayores.

    Los resultados de tales políticas, resumidas en prevención general, debería dar, al menos, algo para pensar a sus críticos. Lamentablemente, la mayoría son dogmáticos y actúan en función de agendas previamente acordadas, intereses de grupo o prejuicios, y sólo por excepción con un convencimiento legítimo – aunque equivocado – de mejores alternativas para combatir al crimen.

    El Caso Mexicano

    A mediados de los años setenta, en la Ciudad de México comenzaron a circular camiones de transporte urbano de pasajeros llamados Delfines y – más escasos – Ballenas. Duraron en buenas condiciones hasta fines de la década, pero alrededor de los 80, conforme la anomia iniciada en 1976 se apoderaba del país, comenzaron a deteriorarse. Primero fueron pequeñas pintas con pluma en los asientos, luego navajazos, más tarde destrucción de los armazones de madera, el estrellamiento y rotura de las ventanas y, para cuando fueron sustituidos por los camiones de la Red Ortogonal de la Ruta 100, casi todos eran por completo inservibles. El tolerar los pequeños descuidos, parte del proceso de decadencia iniciado en esos años, resultó ser muy costoso.

    El deterioro nunca había sido significativo en el Metro de la Ciudad de México sino hasta mediados de los noventa. Con la reputación de ser una de las instalaciones más limpias y cuidadas del mundo, el entorno del Metro dio un viraje alrededor de 1995, cuando una variedad especialmente destructiva de graffiti, llamada scratch, comenzó a deteriorar los vidrios de esas unidades. El scratch se practica con piedras, punzones o esmeriles sobre superficies de metal, vidrio y plástico, formando letras y símbolos a través de múltiples rayones.

    El scratch, junto con otras formas de graffiti, proliferaron en la Ciudad de México a partir de 1992. Antes era una actividad limitada a bandas, y las zonas donde éste era frecuente eran las de Observatorio, Tacubaya y alrededores. Pero se popularizó y se extendió a toda la ciudad, donde actualmente es difícil encontrar lugares completamente exentos de graffiti.

    http://www.hiperactivos.com/graffiti.shtml