El lenguaje como campo de batalla

Publicado en 'Literatura' por Linuxis, 6 Set 2008.





  1. Linuxis

    Linuxis Miembro maestro

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    Transducción
    El lenguaje como campo de batalla
    Dorian Espezúa S. (*) La traducción es también un instrumento de dominio. ¿Qué se traduce? ¿Para quién se hace? ¿Con qué objeto? Son preguntas reveladoras, si se las intenta responder atendiendo a la complejidad de esta labor. Y si bien no existe traducción perfecta, idéntica al original, es clara su funcionalidad
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    “La traducción incorpora, incluye y devora la diferencia y supone, en última instancia, la construcción de un texto ‘sub-vertido’.”En el Perú, donde coexisten (generalmente de forma violenta y asimétrica) varios sistemas culturales y lingüísticos que expresan, en diversos géneros discursivos, sus respectivas concepciones del mundo, es ineludible que se reflexione sobre cómo es posible la intercomunicación entre pueblos, culturas y lenguas que tienen, en la práctica, reconocimientos desiguales. Ahora que se habla tanto de multiculturalidad, sin considerar las desigualdades y sobre la base inexistente de una democracia cultural, se pone nuevamente en evidencia que la reflexión teórica de nuestra comunidad académica está al servicio del discurso colonial que intenta hablar por el otro, que intenta traducir al otro y que, al final, construye una imagen del otro (silenciado y anulado) desde los centros metropolitanos. Para nadie es un secreto que esta reflexión teórica obedece a una agenda planteada en las universidades metropolitanas que proporcionan los fundamentos epistemológicos para la lectura de los “subalternos”. El otro no habla, no está, no existe, sólo es un objeto de estudio. Para que exista tiene que ser asimilado, incorporado, formado dentro de una tradición que le permita justamente hablar, estar y existir. Los estudios sobre los sujetos subalternos aportan poco para el enfrentamiento contra la homogeneización y aniquilamiento de las culturas y lenguas marginales y marginadas por una sociedad racista. Por el contrario, sirven para que se desarrollen estrategias más sutiles de penetración sobre la base de los datos que los letrados latinoamericanos y peruanos les proporcionamos. Este artículo trata de evidenciar la trampa “incorporación-aniquilamiento” en el proceso de traducción.
    El concepto de “transducción” fue planteado por Lubomir Dolezel para explicar un proceso doble y simultáneo de transmisión y transformación o, mejor dicho, de transmisión con transformación de sentido más que de conceptos o significados literales. A pesar de la existencia de posiciones contrarias que defienden una transparencia (que no hay) en el proceso traductológico, sostengo que, por un lado, toda traducción supone un cierto grado de manipulación con un propósito determinado y un sesgo cultural que generalmente coincide con el contexto de destino y, por otro, toda traducción supone un proceso de reflejo refractario de la lengua y cultura de origen. Desde esta perspectiva, acorde con nuestra realidad donde las lenguas y culturas son objeto de traducción y extirpación gradual, de modo que apuntan a la desaparición por la globalización de la cultura, la tarea de la traducción es la resistencia y el mantenimiento de la diferencia cultural sin pretensiones hegemónicas. Luchar contra las representaciones dominantes, contra la creación de estereotipos, contra la anulación de las identidades es una tarea ineludible en una sociedad heterogénea donde confluyen y se entrecruzan polisistemas. Toda interpretación es transductora porque el significado original no permanece inalterable, dado que es otro el contexto en que ancla su sentido. No es posible encontrar una traducción inocua desvinculada de los centros que la gobiernan. La tarea de pasar el significado es bastante difícil (no diré imposible, aunque lo diga), puesto que toda traducción es reescritura que refleja una ideología que distorsiona el texto original, de manera tal que no se puede garantizar la transmisión del significado y mucho menos la transmisión del sentido. En buena cuenta, ser fieles al texto original es una pretensión que no se logra y que se queda en el plano de lo imaginario.
    [​IMG]Luchar contra las representaciones dominantes, contra
    la creación de estereotipos, contra la anulación de las identidades es una tarea ineludible en una sociedad heterogénea donde confluyen y se entrecruzan polisistemas.La traducción entendida como transducción es un medio o herramienta del discurso colonial que se manifiesta en actitudes, intereses, prácticas, formas de conocimiento y de manipulación con el objetivo de producir un texto útil y adecuado al contexto de destino. Toda traducción es, como dice Pierre Bourdieu, un ejercicio de “violencia simbólica” y un avance nada inocente hacia otro espacio cultural que se asimila al propio. Nosotros hemos sido testigos de cómo y cuánto se ha difundido la Biblia traducida a casi todas las lenguas vernáculas para extirpar nuestras creencias ancestrales. La traducción incorpora, incluye y devora la diferencia y supone, en última instancia, la construcción de un texto “sub-vertido”, en todos los sentidos de esta palabra. Igual que en la recopilación oral, en la traducción sucede un fenómeno doble. Por un lado se “rescata” del olvido y aislamiento un discurso o un saber que es necesario compartir y mantener desde la perspectiva del otro y, por otro lado, se desaparece el contexto en que ese discurso adquiere sentido y se desaparece la naturaleza (re) creativa del discurso del uno. En buena cuenta, lo traducido pasa a formar parte integrante de la cultura receptora y depende del prestigio y dominación de esa cultura. Eso sucede con las recopilaciones de mitos, leyendas o tradiciones orales que se realizan, generalmente sin ningún criterio científico, en la Selva y Sierra del Perú. En consecuencia, la traducción produce siempre representaciones asimétricas porque se construye desde arriba. Esto significa que, en buena cuenta, los textos colonialistas sustituyen una realidad objetiva, que no puede ser traducida, por una imagen subjetiva del otro construida enteramente desde el registro simbólico que sirve a los propósitos de dominio. El traductor inevitablemente produce un texto adecuado al contexto de destino, un nuevo texto desvirtuado y resituado en un nuevo contexto que ponemos en evidencia si reconocemos la lengua en que se está hablando de la traducción. Siempre hay un sesgo cultural en todo proceso traductológico. [​IMG]Desde esta perspectiva, traducción es lo que en la cultura de destino se considera traducción.
    Toda traducción es producto del marco conceptual que le da lugar y toda reflexión sobre la traducción está condicionada por la episteme de la época. La traducción no puede desligarse de los mecanismos que forman la identidad de la cultura receptora y que se convierte en un condicionamiento para la modificación o confirmación de esquemas culturales. Así, todo traductor se enmarca en pretextos culturales, epistemológicos y políticos que condicionan su práctica y la reflexión de ésta desde una posición de privilegio. El traductor no puede escapar completamente del centro que lo ata y para el cual trabaja. En esta lógica es necesario evidenciar que en la traducción y representación del otro se construye siempre la imagen del traductor como enunciador. Casi se puede decir que el traductor se convierte en un nuevo autor-enunciador del texto. Esto nos lleva al problema de la autoría, puesto que no sabemos quién, en realidad, es el responsable de la construcción del sentido del texto que se altera, modifica, adapta, acondiciona, familiariza, etcétera, como tampoco sabemos cuánto se mantiene inalterable del discurso del otro.
    Si toda traducción es una reescritura que, por un lado, distorsiona el texto original y, por otro, construye una realidad diferente a la expresada en el original, lo importante no sería buscar afanosamente el “sentido”, “intención”, “espíritu”, o “esencia” del original, dado que esto es prácticamente imposible por el simple hecho de que la traducción tiene vida propia cuando es recibida por los lectores que acceden a ella condicionados por lo que esperan encontrar en ésta. En ese sentido, todo receptor de la traducción (re)crea su propio texto y su propia representación e interpretación. Entonces, cómo se puede transmitir con garantías el significado, cómo podemos ser fieles al texto original en esta situación. La respuesta es pesimista por cuanto toda traducción es un proceso desemantizador, resemantizador, descontextualizador, recontextualizador, situado, resituado y desitiado. Desde una perspectiva posestructuralista, la relocalización del texto extranjero en un contexto diferente compromete su originalidad. Así, el significado no necesariamente reside en una cultura de origen o en una cultura de destino; más bien, se crea constantemente en un tercer espacio cultural de creciente complejidad y conflicto. En esta línea, en el proceso de traducción el texto de origen y también el contexto de destino sufren la alteración infundida por el proceso, de manera que la traducción funciona como un entre, un tercer espacio en el que se interceptan culturas. No es muy difícil concluir que siempre hay pérdidas y ganancias en toda traducción de acuerdo a quién, de qué modo, con qué intenciones y con qué herramientas intenta leer e interpretar el texto en su cronotopo o fuera de él. La única lectura realmente híbrida (si es que la hay) sería la del traductor bilingüe y bicultural (coordinado y competente), pues cualquier otra lectura no podría desembarazarse de las normas y convenciones de destino. Paul de Man diría que la traducción en general revela nuestra alienación con nuestra propia lengua original.
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  2. calabume

    calabume Miembro nuevo

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    wau es lo maximo