El lenguaje como campo de batalla II

Publicado en 'Literatura' por Linuxis, 6 Set 2008.





  1. Linuxis

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    Desde esta perspectiva, traducción es lo que en la cultura de destino se considera traducción.
    Toda traducción es producto del marco conceptual que le da lugar y toda reflexión sobre la traducción está condicionada por la episteme de la época. La traducción no puede desligarse de los mecanismos que forman la identidad de la cultura receptora y que se convierte en un condicionamiento para la modificación o confirmación de esquemas culturales. Así, todo traductor se enmarca en pretextos culturales, epistemológicos y políticos que condicionan su práctica y la reflexión de ésta desde una posición de privilegio. El traductor no puede escapar completamente del centro que lo ata y para el cual trabaja. En esta lógica es necesario evidenciar que en la traducción y representación del otro se construye siempre la imagen del traductor como enunciador. Casi se puede decir que el traductor se convierte en un nuevo autor-enunciador del texto. Esto nos lleva al problema de la autoría, puesto que no sabemos quién, en realidad, es el responsable de la construcción del sentido del texto que se altera, modifica, adapta, acondiciona, familiariza, etcétera, como tampoco sabemos cuánto se mantiene inalterable del discurso del otro.
    Si toda traducción es una reescritura que, por un lado, distorsiona el texto original y, por otro, construye una realidad diferente a la expresada en el original, lo importante no sería buscar afanosamente el “sentido”, “intención”, “espíritu”, o “esencia” del original, dado que esto es prácticamente imposible por el simple hecho de que la traducción tiene vida propia cuando es recibida por los lectores que acceden a ella condicionados por lo que esperan encontrar en ésta. En ese sentido, todo receptor de la traducción (re)crea su propio texto y su propia representación e interpretación. Entonces, cómo se puede transmitir con garantías el significado, cómo podemos ser fieles al texto original en esta situación. La respuesta es pesimista por cuanto toda traducción es un proceso desemantizador, resemantizador, descontextualizador, recontextualizador, situado, resituado y desitiado. Desde una perspectiva posestructuralista, la relocalización del texto extranjero en un contexto diferente compromete su originalidad. Así, el significado no necesariamente reside en una cultura de origen o en una cultura de destino; más bien, se crea constantemente en un tercer espacio cultural de creciente complejidad y conflicto. En esta línea, en el proceso de traducción el texto de origen y también el contexto de destino sufren la alteración infundida por el proceso, de manera que la traducción funciona como un entre, un tercer espacio en el que se interceptan culturas. No es muy difícil concluir que siempre hay pérdidas y ganancias en toda traducción de acuerdo a quién, de qué modo, con qué intenciones y con qué herramientas intenta leer e interpretar el texto en su cronotopo o fuera de él. La única lectura realmente híbrida (si es que la hay) sería la del traductor bilingüe y bicultural (coordinado y competente), pues cualquier otra lectura no podría desembarazarse de las normas y convenciones de destino. Paul de Man diría que la traducción en general revela nuestra alienación con nuestra propia lengua original.
    [​IMG]Son muchas las formas de traducción. En un primer grupo, tenemos la “integral”, que se da en una lengua por cuanto parafrasea o aclara discursos barrocos u oscuros llenos de jerga especializada o técnica. Tal vez el ejemplo pertinente sea el enorme esfuerzo de traducción que, por un afán de especialización, hacen los académicos de los textos que se les impone como lectura desde la academia metropolitana. La “interlingual” se da entre dos o más lenguas y puede subdividirse en traducción literal o equivalencial en el sentido lingüístico y una traducción de sentido que obedece más al enunciado contextual que al significado conceptual de la oración. Un ejemplo de este segundo tipo de traducción la encontramos en la literatura. La “intersemiótica” es una traducción entre códigos cuando, por ejemplo, una novela escrita se pasa al cine o un poema a notas musicales.
    En un segundo grupo tenemos: la traducción “degradante”, producida intencionalmente o no para eliminar carga semántica y cultural. Esta traducción se evidencia, por ejemplo, en la eliminación de todos los códigos semióticos (corporales, gestuales, tonales, entre otros) que acompañan a un discurso oral. Otra es la “purificadora”, que más bien e idealmente tiende a corregir, restaurar, modificar o rescatar aquello que fue intencionalmente anulado o cubierto por la lengua de destino. Por último, tenemos la traducción “engrandecedora”, que sobrecarga de valor y desvirtúa también el texto de la LO (Lengua de Origen). En este último caso la traducción puede ser un acto de amor y de admiración subjetiva.
    El traductor (etnólogo, antropólogo, lingüista o literato) realiza el siguiente proceso: primero entra en contacto y luego en confianza con la cultura y los informantes (lo que constituye ya una agresión). Luego comprende los signos (disecciona, rompe el código y hace corresponder, resignificar y familiarizar el sentido de la lengua de origen con el sentido de la lengua de destino) para después incorporar el significado y el sentido al contexto terminal. Hacemos notar que todo proceso traductológico parte de una posición etno-linguo-centrista. Para entender bien este proceso se hace necesario comprender y aclarar conceptos como “mediación”, que hace referencia al espacio tercero que sirve de puente entre un espacio semiótico y otro. La mediación no es angelical ni imparcial: el mediador como el traductor tiene habitus de los cuales no puede escapar. El concepto de “filtro” indica lo técnica y culturalmente traducible. Técnicamente, por razones intrínsecas a los códigos, no es posible traducir todo. Siempre hay un cernidor que deja pasar algunas cosas y que atrapa otras. Además, por razones de política cultural, a veces no es conveniente que pase o se traspase toda o casi toda la carga semántica del discurso del otro. El concepto de “aceptabilidad” y el de “apariencia de original” hacen referencia a un efecto ilusorio por el cual una traducción es admitida por la academia como buena, correcta o funcional desde el punto de vista de la cultura de destino. Por otro lado, tenemos el concepto de “exotismo” íntimamente relacionado con el de “extrañamiento”, que esconde una recreación de una realidad ajena de acuerdo con la convención de exótico. Exotizar es, en buena cuenta, una forma de extrañar y esto implica distanciar. En una posición contraria y complementaria funciona el concepto de “familiarizar”, entendido como incorporar lo exótico a lo propio. Para Gayatri Spivak, las convenciones de traducción de lo exótico y ajeno contribuyen a la familiarización y uniformidad en un proceso que oculta propósitos neocoloniales de diferenciación y jerarquización.
    [​IMG]La traducción se articula en varios niveles. El primero y fundamental es el lingüístico o de equivalencia semántica en el sentido de la traducción interlingual literal. En este nivel, la traducción presupone la existencia de universales lingüísticos y también presupone la equivalencia en la perceptibilidad y sensibilidad para la captación de los referentes. Todos sabemos que las culturas y sus integrantes perciben lo real de acuerdo con intereses y necesidades que dependen del entorno. En un segundo nivel está la traducción cultural de sentido, que funciona en un nivel superior de influencia recíproca entre culturas y que trasciende lo propiamente lingüístico. Sin embargo, siempre hay un hueco, un grado de intraducibilidad que permite la modificación del significado primitivo según las estructuras de representación de la cultura o lengua de destino. Talal Asad nos recuerda que la oposición entre una interpretación contextual y otra que no sea contextual es completamente espuria. Nada significa nada “aisladamente”.
    Wolfram Wiss afirma: “La traducibilidad de un texto está garantizada por la existencia de categorías universales en la sintaxis, la semántica y la lógica natural de la experiencia, universales que nos permiten superar cualquier barrera social o cultural”. Desde este punto de vista, la existencia de universales haría posible la traducción y expresión de equivalencias. Sapir y Whorf afirman que, en realidad, la cultura determina la traducibilidad o no de un texto. Catford pregunta si existe una traducibilidad lingüística diferenciable de la cultural. Para Quine no es posible una teoría completa y cerrada de la equivalencia lingüística que sea a la vez excluyente, como de la equivalencia cultural, pues todo discurso está regido por un “principio de indeterminación” que trasciende el texto. Steiner sostiene que en todo traspaso de una lengua a otra lo indeterminado reina en cuanto principio.
    La lengua es una forma de analizar y asimilar el universo, pues determina la visión del mundo del hablante. Cada lengua es en sí misma una visión del mundo. Pero cada lengua crea, refleja y segmenta la realidad de un modo distinto. Desde esta perpestiva, un tanto pesimista, la traducción no es posible, y sólo es posible la analogía entre dos lenguas relativamente cercanas. Salvador Peña y María José Hernández señalan que la posible intraducibilidad de un texto de LO viene determinada por tres tipos de límites: “interlingüísticos” (autorreflexividad de la LO), “intertextuales” (referencias implícitas o explícitas a otros textos de la LO) y “referenciales” (diferencias culturales). La otra perspectiva no niega la posibilidad de traducción porque el traductor tampoco niega la posibilidad de transmitir el sentido del original en su nuevo contexto. En buena cuenta, y salvando la distancia cultural, el traductor es aquél cuya lectura del original es más profunda y más íntima. Meter Newmark, más optimista, sostiene que todo puede decirse tan bien en una lengua como en otra. El arte que precisamente consiste en salvar esos obstáculos es lo que llama traducción; de otra manera, la comunicación entre lenguas y culturas sería una cuestión de mera reproducción. Pero es evidente que no todo es traducible, a pesar de que el traductor sea bilingüe y bicultural. No todo es traducible porque siempre se añade o fuerza algo y porque los malentendidos existen a pesar del amor.