Concepciones constructivas del socialismo libertario

Publicado en 'Política' por silvio gesell, 11 Dic 2007.





  1. silvio gesell

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    Ése es el nombre de un genial trabajo del anarquista francés Gastón Leval publicado en la revista "Autogestion et socialisme" en los 70 y que iré publicando poco a poco aqúí. Los comentarios, por supuestos, serán bienvenidos [​IMG]

    CONCEPCIONES CONSTRUCTIVAS DEL SOCIALISMO LIBERTARIO

    Precisemos desde el comienzo de este breve estudio lo que entendemos por «socialismo libertario», que también podríamos llamar anarquismo social, y que otros denominan anarquía. Pero desde hace unos treinta años, el autor de estas líneas ha renunciado a la palabra «anarquía», por lo que tiene de imprecisa y contradictoria, por las confusiones que origina en el seno del propio movimiento anarquista, y de las que Proudhon, el primero en pretender atribuirle un sentido opuesto al que siempre había tenido en la lengua francesa, resultó un edificante ejemplo.

    Podríamos hablar con Proudhon de socialismo mutualista, o federalista, de colectivismo y de federalismo socialista con Bakunin y sus amigos de la Primera Internacional, de comunismo anarquista con Kropotkin, de comunismo libertario con algunos de sus discípulos.

    Pero es difícil decidir aquí quién de los dos, Bakunin o Kropotkin, tenía más razón, no en la ética profunda de los conceptos, sino en lo que implica su aplicación práctica a la luz de la experiencia. Es imposible definir de antemano qué responde, o respondería mejor, a las circunstancias de tiempo y de lugar, y a la verdad, a veces étnica, de la condición humana.

    Por dichos motivos adoptamos la expresión genérica de socialismo libertario. Pero, a partir de ahora, es necesario subrayar que todas estas definiciones responden al mismo principio de base (socialismo libertario) y tienen un carácter sinónimo constante. Y precisamente, la abundancia de términos referidos, a los que podemos añadir los de anarquismo comunista, o de anarcosindicalismo, demuestra, desde un primer momento, que el espíritu constructivo ha sido, por decirlo de algún modo, consustancial a la aparición de la escuela anarquista, o antiautoritaria, antigubernamental, antiestatista del socialismo. Si los pensadores, los teóricos y sociólogos de esta escuela se han esforzado en encontrar la mejor fórmula posible, tanto jurídica como organizativa, de carácter positivo, es que el problema de la reconstrucción social les interesaba extremadamente.

    Eso está en contradicción con la opinión de la inmensa mayoría de quienes se ocupan (sin gran integridad profesional) de los grandes problemas de transformación social que están a la orden del día. Esta inmensa mayoría se limita al sentido negativo de la palabra «anarquía» y a los escritos críticos aparecidos en la literatura que se reclama de ella. Su conciencia de escritor, de comentarista o de sociólogo no le lleva más lejos. Esto nos hace pensar en Berdiaeff, a quien la pretendida altura de su vuelo filosófico habría debido tornarle más curioso, y para el cual Bakunin no era más que un demoledor, porque había escrito esta frase: “La pasión de la destrucción es eminentemente constructiva”. Más adelante veremos cuán necio es este juicio apresurado.

    Pero también debemos reconocer que fue un gravísimo error de Proudhon la elección de un vocablo tan discutible, aunque su carácter etimológico, reforzado con mucha dialéctica, podía darle aparentemente la razón. Repetimos que las consecuencias de este error se han propagado, y siguen propagándose, incluso en el seno del movimiento anarquista. No se define un ideal con una negación. Y el sentido negativo del vocablo ha predominado. El espíritu de rebelión, tantas veces justificado, contra la injusticia social y los desmanes de la sociedad autoritaria y de clases halló en esta negación una síntesis nihilista, expresión de su exasperación, hasta el punto que la mayoría de los que sufrían por la explotación del hombre por el hombre, por la miseria y el hambre, se exasperaban ante las guerras, el aparato represivo y la explotación estatal, sólo vieron los aspectos negativos de una doctrina que era la más rica, en concepciones constructivas, salvando el cooperativismo, de todas las preconizadas por las corrientes revolucionarias que se reclaman del socialismo.

    Es un hecho que conviene destacar. A excepción del cooperativismo, principalmente el de la escuela de Nimes, y que, por otra parte, está lejos de perseguir los objetivos de transformación social y de socialismo integral, sólo la escuela anarquista, del anarquismo social (1), ofrece un conjunto de definiciones, de ensayos, de anticipaciones, de planes, de métodos, de previsiones capaces de guiar, o de contribuir a guiar a los pueblos por el camino del futuro. A este respecto, el marxismo es de una indigencia sorprendente. En la literatura marxista, sólo hemos hallado ideas que se refirieran a esta cuestión en el libro de August Bebel titulado “La mujer”. Eso es consecuencia de la posición teórica de Marx, que combatió siempre, como hicieron después los anarquistas asociales -individuales o individualizantes- (y esta coincidencia es graciosa), cualquier intento de anticipación sobre la reconstrucción social. Rosa Luxemburg -la heroica Rosa Luxemburg- y Karl Kautsky, gran sacerdote del marxismo después de la muerte de Engels, y que también fue, al menos dentro de ciertos límites, el maestro de Lenin, mantuvieron las mismas posiciones teóricas que, según ellos, correspondían al socialismo científico: marxista, claro está.

    Y la ironía de los hechos (una más en la historia) hace que sea la escuela cuyos pensadores más eminentes han realizado unas aportaciones constructivas válidas la que pasa por tener únicamente un carácter negativo, por no ofrecer ninguna solución al proletario llamado a la revolución, mientras que aquella cuyos pensadores, teóricos y escritores no han aportado nada, caricaturizando las «recetas para las marmitas de la sociedad futura», pase por aportar unas soluciones constructivas que le valen buena parte de las adhesiones proletarias, e incluso de intelectuales de alto nivel.

    Veamos ahora con rapidez los aspectos positivos del pensamiento libertario.

    Notas:

    (1) Ante su fracaso relativo, debido en buena parte al sabotaje de las otras corrientes socialistas y revolucionarias, el cooperativismo ha reducido fuertemente sus ambiciones realizadoras. La muerte de Charles Gide y de Arnest Poisson ha contribuido a este empobrecimiento.
     


  2. silvio gesell

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    PROUDHON

    Comencemos por Proudhon, «el padre de la anarquía», como decía Kropotkin en un famoso proceso. Quienes le han leído, leído de verdad, saben que la «solución del problema social» fue una de sus mayores preocupaciones y provocó en él dos tipos de escritos, fragmentarios o no. En los primeros, Proudhon exhortaba a los trabajadores y a los restantes socialistas a preocuparse seriamente del cómo de la revolución. En los segundos, se esforzaba en plantear las bases de la reconstrucción, y preconizaba las medidas prácticas a adoptar en pleno período revolucionario, si se producía la revolución (2).

    En primer lugar, Proudhon afirma en varias ocasiones que su socialismo es constructivo. Su divisa tantas veces repetida es: “Destruam et aedificabo!”. Y proclama: «Sí, yo soy socialista, pero socialista con premeditación y conciencia, socialista no sólo porque protesto contra el régimen actual de la sociedad sino porque afirmo un régimen nuevo, que debe resultar, como todo lo que se produce en la sociedad, de la negación de una realidad pasada al estado de utopía. Soy socialista, es decir, a un tiempo reformador e innovador, demoledor y arquitecto; pues, en la sociedad, estos términos, aunque opuestos, son sinónimos.» («Le socialisme jugé par M. Proudhon», en La Voix du Peuple, 14-5-1849.).

    El 7 de diciembre del mismo año, en el mismo periódico, escribía en un artículo titulado “A Pierre Leroux”: «En fin, soy socialista. Ya he dicho cien veces que el socialismo en tanto que se limita a la crítica de la economía actual, y propone a la crítica sus hipótesis, es una protesta; en tanto que formula unas ideas prácticas y positivas, equivale a la ciencia social. Yo protesto contra la sociedad actual, y busco la ciencia; por esta doble razón, soy socialista.».

    Pero no se limita a buscar. Aporta unas orientaciones precisas, unas directrices capaces de inspirar a las masas, sin dejar, al mismo tiempo, de pedirles a éstas que busquen y encuentren.

    En el cuarto de la serie de artículos titulados “A propos de Louis Blanc”, publicado el 8-1-1850 en “La Voix du Peuple”, iba más lejos: «Desde que me intereso por la cosa pública, varias veces he oído que los patriotas se formulaban esta escabrosa pregunta: "¿Qué haremos el día después de la Revolución?" Debo añadir también que jamás he oído una sola respuesta. Nos inspiraremos, decían, en las circunstancias; y una vez lanzada la pregunta, ya nadie pensaba en ella. Es así como el fruto de todas nuestras revoluciones ha sido constantemente perdido para el pueblo (...) En la revolución, el que sabe lo que quiere y lo que hace tiene la seguridad de mandar sobre los demás; ésta es la lógica de los hechos, y la política de las masas (...) El escrutinio de 1852, en el supuesto de que el pueblo espere hasta 1852 (3), será sin duda la señal de una nueva revolución. ¿Qué haremos al día siguiente de esta revolución? Esta es la pregunta que el pueblo debe plantearse a sí mismo, que debe estudiar sin tregua, y resolver en breve plazo. No basta con votar, no basta con manifestarse, no basta con apoderarse, bayoneta en mano, de las Tullerías y del Hótel de Ville: hay que saber utilizar la victoria. Que el pueblo, pues, se interrogue y responda. Si, llegado el día de la Revolución, no tiene la respuesta a punto, después de un tiempo de detención en la orgía demagógica, retornará durante siglos a la monarquía y al capitalismo, al gobierno del hombre por el hombre, a la explotación del hombre por el hombre».

    Estos eran los consejos de orientación general, pero, cuando las circunstancias le incitaban a ello. Proudhon también sabía preconizar unas normas precisas que respondían a una situación determinada. He aquí lo que escribía el 4-5-1848, ante la incapacidad de la república burguesa recién proclamada, y en los días anteriores al estallido de la insurrección de junio:

    «Que se instituya en París un comité provisional, para la organización del comercio, del crédito y de la circulación entre los trabajadores; que este comité entre en contacto con unos comités parecidos establecidos en las principales ciudades; que estos comités se preocupen de formar una representación de los trabajadores, imperium in imperio, frente a la representación burguesa (4); que la semilla de la nueva sociedad sea sembrada en la sociedad antigua; que la carta de trabajo aparezca inmediatamente en la orden del día, y sus principales artículos definidos en el más breve plazo; que las bases del gobierno republicano sean legisladas, y concedidos, a este efecto, unos poderes especiales a los mandatarios de los trabajadores».

    Como vemos, la aplicación de estas concepciones habría significado una auténtica revolución social; y eso superaba el marco de la posesión individual de los medios de producción y de cambio, en que se suele encerrar intencionadamente el pensamiento proudhoniano.

    Y diez años después, en su libro « Idée générale de la Révolution au XIXéme siécle », Proudhon reafirmaba que el papel de los trabajadores era fundar el socialismo; describía el proceso de esta empresa cuya complejidad conocía, y se esforzaba en dar a los trabajadores el indispensable sentido de la responsabilidad:

    «Aparecen, al fin, las compañías obreras, auténticos ejércitos de la revolución, donde el trabajador, igual que el soldado en el batallón, maniobra con la precisión de sus máquinas: donde millares de voluntades, inteligentes y orgullosas, se funden en una voluntad superior al igual que los brazos que animan engendran con su concierto una fuerza colectiva mayor que su propia multitud» (5).

    Notas:

    (2) Cosa que demuestra cuán falso es presentar a Proudhon como el defensor del artesanado, como a un pequeño burgués limitado a esta única cuestión o a este único aspecto de los problemas que componían lo que se denomina el problema social.

    (3) ¡Han pasado 119 años!

    (4) No olvidemos que en el palacio de Luxembourg se sentaban entonces las grandes personalidades del socialismo autoritario, que querían instaurar sus reformas por vías legislativas. Conocemos su fracaso. La concepción proudhoniana iba mucho más lejos, pero los obreros no estaban capacitados para entenderla.

    (5) Dicho sea de pasada, vemos reafirmar aquí la superioridad del trabajo colectivo, que Proudhon había sido el primero en exponer, ya en 1840, en “Qu'est ce que la propriété?”, y de la que Marx, a su vez, hablará en “El Capital”, aparecido en 1868
     
  3. silvio gesell

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    Los intentos prácticos

    Proudhon no se contentó con afirmar unos principios y unos objetivos, ni en preconizar unos medios. También realizó intentos constructivos. Es posible discutir su valor (siempre que nos situemos en la época en que fueron lanzados), o sus modalidades. Lo importante, dado el objetivo que nos proponemos al escribir este breve ensayo, es mostrar la perseverancia de su esfuerzo en la obtención de realizaciones prácticas.

    El intento más conocido fue la creación de la “Banque d'échanges”, y especialmente de la “Banque du Peuple”. Este banco debía asegurar gratuitamente el crédito (idea predilecta de Proudhon, y que llegó a reclamar por vía legislativa). Crédito que debía favorecer los intercambios entre productores, «la prestación de capitales y el descuento de valores no podían originar ningún interés». Se trataba, en suma, de convertir a los productores en dueños de las actividades económicas que, después de la producción, constituían, en el orden capitalista, las fuentes de enriquecimiento individual obtenido por la explotación organizada de la masa de los trabajadores. La posibilidad de obtener el crédito gratuito permitiría a sus miembros liberarse del yugo del patronato y del capitalismo. La moneda tradicional se convertiría en “bonos de circulación”.

    Proudhon fracasó en su intento. Por dicho motivo ha permanecido ignorado el proyecto de dos instituciones que constituyen su desarrollo. Se trata del « Syndicat général de la Production » y del « Syndicat général de la Consommation ».

    A decir verdad, estos dos puntos que ampliaban y completaban los objetivos de la “Banque du Peuple” fueron obra de Jules Lechevalier, «nuestro común amigo», escribe Proudhon, que había sido secretario de la Compañía de las Indias: «A él debemos la idea del establecimiento de los Sindicatos de que nos proponemos hablarle; bajo su especial dirección se ha llevado a cabo la elaboración de su organización, tal como le será presentada». La inserción de este noble proyecto en el libro “Solution du probléme social” demuestra que hacía suyo su contenido, cuyo texto esencial mostramos a continuación:

    «Este sindicato estará compuesto, como miembros activos, de los delegados naturales de las diferentes ramas de producción. Sus atribuciones consisten:

    1. En constituir la corporación libre y democrática como régimen absoluto y definitivo de todos los trabajadores, sea cual fuere su condición actual en la sociedad; estén ya organizados en asociación, sigan perteneciendo al patronato, o trabajen aisladamente. Deberá, asimismo, provocar la organización de las asociaciones.

    2. En liquidar la posición de los trabajadores, es decir, en convertir en disponibles sus personas y sus instrumentos de trabajo; las invitaciones que se formulan a los trabajadores descansan en tres bases: Liquidación previa de cada productor. Comandita recíproca de los trabajadores para los instrumentos de trabajo. Encargos recíprocos para la alimentación del taller y del trabajo.

    3. En centralizar las relaciones de los fabricantes de cualquier producto.

    4. En controlar los productos.

    5. En participar en el reparto del trabajo, y por consiguiente del paro entre los diferentes talleres, con el fin de crear el equilibrio entre la producción y el consumo.

    6. En participar en la liquidación de la vieja industria en relación a la nueva.

    7. En proveer a los gastos generales del movimiento industrial y a la compensación de los desplazamientos operados en la industria a causa de la utilización de nuevos procedimientos.

    8. En eliminar el interés individual de los inventores.

    9. En solicitar inventos y mejoramientos.

    10. En constituir el fondo común para las indemnizaciones a conceder a las diferentes industrias por un modo de compensación recíproco.

    11. En constituir el seguro mutuo de todas las corporaciones contra todos los siniestros susceptibles de evaluación.

    12. En negociar y avalar los préstamos de cada corporación especial respecto al Banco del Pueblo, en el buen entendido de que las únicas garantías serán, en capital, la vida del trabajador evaluada equitativamente, y en circulación corriente, las obligaciones de mano de obra.

    13. En organizar el aprendizaje de la siguiente manera:

    a) que el niño pueda encontrar siempre un trabajo de acuerdo con su vocación.

    b) que no pueda producirse en una corporación un exceso de trabajadores.

    c) que el aprendiz, mediante un compromiso de reembolso contraído en su nombre por sus padres, pueda recibir el crédito de alimentación necesario durante el tiempo en que su trabajo no cubra sus gastos.

    d) que todas las corporaciones que necesitan aprendices puedan tenerlos a su voluntad.

    14. En regular las relaciones de cada corporación con el sindicato general en lo que se refiere a su participación en los gastos hechos por los aprendices y adherentes a la corporación, así como los medios de reembolsar sus gastos.

    15. En regular las condiciones de indemnización y de servicios mutuos en caso de enfermedad, de accidente o de invalidez. Proveerá a ello con su fondo de reserva y mediante una contribución del conjunto de los trabajadores a la caja general. Tratará con cada corporación acerca de las condiciones en las que deberá intervenir en todo lo concerniente a sus miembros.

    16. En organizar una caja central para las pensiones de retiro. Los fondos de esta caja estarán formados por la cotización de las corporaciones. La caja central, en concierto o en participación con las corporaciones, contribuirá a las pensiones de retiro que dar a los trabajadores.

    17. En buscar el modo de engranaje de los trabajos, a fin de evitar los paros inherentes a determinadas industrias, y contrarrestar la funesta influencia ejercida sobre el hombre por la división parcelaria en los trabajos».

    Ya hemos dicho que Proudhon no fue el autor del proyecto que acabamos de reproducir, así como tampoco del referente al “Syndicat général de la Consommation”. Pero ambos proyectos deben considerarse como partes integrantes del proudhonismo en la medida que siguen, en el estudio titulado “Banque du Peuple”, a la exposición general que les precede y de la que Proudhon es autor. Las estrechas relaciones entre Jules Lechevalier y Proudhon, y los trabajos del grupo de estudios proudhonianos donde se elaboraron los dos proyectos, confirman esta opinión. El pensamiento de Proudhon era mucho más plástico y rico, no sólo en contenidos concretos sino también en posibilidades, de lo que suponen tales o cuales intérpretes, y nos vemos obligados a repetir que quienes no ven en este pensamiento más que una defensa del artesanado generalizado se sitúan en las antípodas de la verdad. Las citas leídas anteriormente lo demuestran. Podríamos mostrar muchas más, no menos concluyentes, como la siguiente, extraída de “Idée générale de la Revolution au XIXéme siécle”, en la que Proudhon contesta a sus adversarios que critican sus concepciones anarquistas, y ofrece de la anarquía unas definiciones que deberían considerar la inmensa mayoría de los que se reclaman de ella:

    «Hacer anarquía pura: es algo que les parece inconcebible, ridículo, un complot contra la república y la nacionalidad. ¡Veamos! ¿Qué ponen en lugar del gobierno, dicen, los que hablan de suprimirlo? Responder a esto no nos incomoda en absoluto. Ya hemos hecho ver lo que ponemos en lugar del gobierno: la organización industrial. Lo que ponemos en lugar de las leyes, son los contratos. Basta de leyes votadas mayoritaria o unánimemente; cada ciudadano, cada comunidad o corporación hace la suya (6). Lo que ponemos en lugar de los poderes políticos, son las organizaciones económicas. Lo que ponemos en lugar de las antiguas clases de ciudadanos, nobleza y estado llano, burguesía y proletariado, son las categorías y especialidades de función, Agricultura, Industria, Comercio, etc. Lo que ponemos en lugar de los ejércitos permanentes, son, las compañías industriales. Lo que ponemos en lugar de la policía, es la identidad de intereses. Lo que ponemos en lugar de la centralización política, es la centralización económica».

    Podríamos reproducir cantidad de textos de este tipo, definiciones de principio suficientemente precisas para que no se acuse al socialista y anarquista Proudhon de falta de espíritu constructivo de carácter a un tiempo socialista y anarquista. Si bien no pasó de las líneas generales, éstas eran lo bastante precisas como para prolongar, desarrollándolos, los caminos hacia los que tendían. Y lo que él no hacía, pedía a otros que lo hicieran. En dicho sentido, los dos proyectos de sindicatos, tan acordes con la posición claramente enemiga de la violencia revolucionaria, que siempre asumió, son, teóricamente, un ejemplo de aplicación de las ideas proudhonianas.

    Notas:

    (6) La revolución española nos ha mostrado el camino a este respecto. En lugar de leyes y de contratos, estableced resoluciones industriales e interindustriales, acuerdos de los organismos económicos industriales y agrícolas, de modo que resoluciones y acuerdos se modifiquen según las necesidades móviles de la vida social, y veréis como el aparato legislativo, creación del Estado, se convierte en tan inútil y superado como el propio Estado.
     
  4. silvio gesell

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    BAKUNIN

    Bakunin fue en parte discípulo de Proudhon, y de los demás pensadores franceses que fundaron el socialismo a partir de Babeuf, a quien conoció a través de una lectura de un libro sobre el socialismo francés que le cayó en las manos en Alemania. De paso por Suiza, trató a Weitling, el fundador de la «Liga de los justos» que se reclamaba del comunismo. En París, estableció contacto con un gran número de revolucionarios y estudió su pensamiento. De todos modos, especialmente desde el punto de vista político, de la negación del Estado, quien más le influyó fue el autor de “Qu'est-ce que la propriété?” (“¿Qué es la propiedad?”).

    Pero rápidamente le superó. Proudhon basa su doctrina de la justicia en un principio moral del que deduce unas concepciones de jurisprudencia en ocasiones abstractas y difíciles de seguir. Sus análisis económicos críticos son muy valiosos, pero Bakunin sigue otro camino. Posee una vastísima cultura filosófica, conoce tanto a los filósofos griegos como a los enciclopedistas franceses, y a los filósofos alemanes, en especial Hegel. Se apasiona por las ciencias materiales y experimentales. Reprocha a Proudhon su excesiva inclinación a la metafísica. La diferencia de formación intelectual de ambos hombres desempeña un papel evidente (7).

    Bakunin razona y construye su pensamiento inspirándose y siguiendo la marcha del progreso y el desarrollo de los descubrimientos, tanto de las revelaciones de la física y de la astronomía como de la química y de la biología. Y su pensamiento abarca la vida humana en la tierra, al igual que el infinito del cosmos y del tiempo.

    Y con dicha amplitud y don de análisis lucha en favor de la revolución, analiza sus factores, descubre lo que tantos otros no consiguen descubrir. Y dice claramente que los insurrectos de junio de 1848 perdieron la batalla porque poseían unos instintos, pero carecían de ideas netamente elaboradas, porque el suyo era un socialismo rico en negaciones, que les daba mil veces razón en contra del privilegio, pero demasiado pobre en ideas concretas. Y, sin dejar de dar ejemplo, Bakunin escribe para las sociedades secretas que organiza, inspira programas donde precisa el principio y la práctica del federalismo, donde define una doctrina económica y social, el colectivismo, que supera desde un punto de vista socialista -Bakunin se ha denominado generalmente, socialista, socialista revolucionario- y ético el mutualismo proudhoniano. Se convierte en el organizador más dinámico de la Primera Internacional, crea en Europa la corriente del socialismo antiestatal, e incluso, en España; en Italia, en Suiza, del socialismo “tout court”, y deja a su muerte un pensamiento cuyas repercusiones, que se extienden hasta la Revolución española, siguen siendo un faro cuyo resplandor es imposible ignorar.

    Al igual que Proudhon, explica a los revolucionarios, incluso a los que le atacan, que es preciso saber adónde se va y por qué caminos, si no se quiere fracasar de nuevo. Y cuando se dirige a los defensores de la escuela marxista lo hace en términos elocuentes:

    “¿En qué consiste esa idea? Consiste en la emancipación no sólo de los trabajadores de tal industria o de tal país, sino de todas las industrias posibles y de todos los países del mundo, consiste en la emancipación general de todos aquellos que, ganando penosamente en el mundo su miserable existencia cotidiana por un trabajo productivo cualquiera, son económicamente explotados y políticamente oprimidos por el capital, o más bien por los propietarios y por los intermediarios privilegiados del capital (8). Esta es la fuerza negativa, belicosa y revolucionaria de la idea. ¿Y la fuerza positiva? Es la fundación de un nuevo mundo social, asentado únicamente en el trabajo emancipado, y creándose a sí mismo, sobre las ruinas del mundo antiguo, mediante la organización y la federación libre de las asociaciones obreras liberadas del yugo, tanto económico como político, de las clases privilegiadas.

    Ambas caras del mismo problema, una negativa y otra positiva, son inseparables. Nadie puede pretender destruir sin tener al menos una imaginación lejana, auténtica o falsa, del orden de cosas que, en su opinión, debería suceder al que existe ahora; y cuanto más viva exista en él esta imaginación, más poderosa se hace su fuerza destructiva, y más se aproxima a la verdad, es decir, más adecuada resulta al desarrollo necesario del actual inundo social, y más saludables y útiles los efectos de su acción destructiva. Pues la acción destructiva siempre está determinada, no sólo en su esencia y en el grado de su intensidad, sino también en sus modos, en sus caminos y en los medios que emplea, por el ideal positivo que constituye su primera inspiración y su alma” (9).

    Es cierto que Bakunin concluye el primer escrito que le conocemos, un extenso artículo titulado “La réaction en Allemagne”, con una frase excesivamente citada, y que el propio Berdiaeff, visiblemente sin haberle leído, considera como una apología del nihilismo absoluto: «La pasión de la destrucción es eminentemente constructiva». Pero esta frase, que corresponde a una fórmula de pensamiento hegeliano (y en Bakunin aparece frecuentemente la influencia de Hegel, a quien, por otra parte, interpreta a su manera), no tiene más sentido que éste: «queremos apasionadamente destruir porque queremos apasionadamente construir», y coincide con la consigna de Proudhon: «Destruam et aedificabo». Ni más ni menos.

    Así pues, ya en 1863, en su primer escrito teórico auténtico, “El catecismo revolucionario”, Bakunin, que seguía en la medida de lo posible la evolución de las fuerzas sociales y los elementos constructivos que aparecían en ellas, escribía:

    “Las asociaciones cooperativas obreras son un hecho nuevo en la historia; estamos asistiendo a su nacimiento, y sólo podemos presentir, pero no determinar en este momento, el inmenso desarrollo que sin duda adquirirán y las nuevas condiciones políticas y sociales que de ellas surgirán en un futuro. Es posible, e incluso muy probable, que, superando un día los límites de los municipios, de las provincias e incluso de los Estados actuales, ofrecerán una nueva constitución a toda la sociedad, dividida ya no en naciones sino en grupos industriales diferentes y organizados según las necesidades, no de la política, sino de la producción”.

    En el mismo texto esta anticipación del futuro mundial de una sociedad socializada aparece evocada, ya no solamente en relación a las cooperativas que los pioneros de Rochdale crearon sin más ambiciones que las circunscritas a su localidad; resumiendo anteriores argumentaciones, demasiado extensas para ser reproducidas, o incluso condensadas, Bakunin, que comienza a prever otras posibilidades organizadoras, escribe:

    “Cuando las asociaciones productoras y libres (10) dejen de ser los esclavos y se conviertan, a su vez, en los dueños y propietarios del capital que precisen, incluirán en su seno, a título de miembros cooperadores, junto a las fuerzas obreras emancipadas por la instrucción general (11), a todas las inteligencias especiales reclamadas por cada empresa; cuando, combinándose entre sí, siempre libremente según sus necesidades y su naturaleza, lleguen a formar una inmensa federación económica con un parlamento (12) iluminado por los datos, lo más amplios y detallados posible, de una estadística mundial, que actualmente todavía no puede existir, y, combinando la oferta y la demanda, sea ésta capaz de gobernar, determinar y repartir entre diferentes países la producción de la industria mundial, de manera que ya no existan, o apenas, crisis comerciales e industriales, de estancamiento forzado, de desastres, ya no existan más, penas ni capitales perdidos, entonces el trabajo humano, emancipador de todos y de cada uno, regenerará el mundo”.

    Esta visión mundial, que se anticipa a la de los mundialistas actuales, no impide que Bakunin defienda el derecho de las partes que componen el todo. Ambos hechos se suponen recíprocamente. En la “Proposition motivée” que presenta al congreso de la Liga de la Paz y de la Libertad, en 1867, manifestaba:

    “Primeramente, que todos los adherentes de la Liga deberán tender con todos sus esfuerzos, por consiguiente, a reconstituir sus patrias respectivas, a fin de sustituir en ellas la antigua organización, enteramente basada en la violencia y el principio de autoridad, por una nueva organización que sólo tenga por base los intereses, las necesidades y las atracciones naturales de las poblaciones, y no posea otros principios que la federación libre de los individuos en los municipios, de los municipios en las provincias, de las provincias en las naciones, y, finalmente, de éstas en los Estados Unidos de Europa, primero, y, más adelante, en el mundo entero”.

    E, insistiendo incansablemente en esta concepción política, escribirá cuatro años después, en el “Préambule pour la deuxiéme livraison de «l'Empire knoutogermanique»”:

    “La futura organización social debe hacerse únicamente de abajo hacia arriba, mediante la libre asociación y federación de los trabajadores, en las asociaciones primero, después en los municipios, en las regiones, en las naciones, y finalmente en una gran federación universal. Sólo entonces se realizará el auténtico y vivificante orden de la libertad y de la felicidad general, este orden que, lejos de renegar, afirma y concuerda los intereses de los individuos y de la sociedad”.
     
  5. silvio gesell

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    Pero en su segundo documento teórico (13) donde reaparecen, con algunas variantes, el conjunto de las tesis del “Catecismo revolucionario” (desde el punto de vista federalista, internacionalista, pedagógico, derechos del niño y de la mujer, etc., cosas todas ellas eminentemente constructivas), Bakunin ya había insistido sobre el mismo tema (y sobre otros, entre los cuales el problema de la libertad que sólo podía ser el resultado de la desaparición de la explotación del hombre por el hombre, y que, para la escuela socialista libertaria, se planteaba con características mucho más complejas), como la cuestión del federalismo y del centralismo. De todos modos, no es inútil recordar que en la enumeración de las condiciones exigidas para la admisión del candidato en la Fraternidad Internacional se menciona que éste deberá luchar “con todas sus fuerzas en favor del triunfo de la organización social en la que todo individuo humano que nazca a la vida, hombre o mujer, encuentre unos medios iguales de mantenimiento, de educación y de instrucción durante su infancia y adolescencia, y que, más adelante, llegado a la mayoría de edad, halle unas facilidades exteriores, es decir, políticas, económicas y sociales iguales para crear su propio bienestar aplicando al trabajo las diferentes fuerzas y capacidades con que le haya dotado la naturaleza, y que una instrucción igual para todos habrá desarrollado”.

    Nos falta espacio para reproducir todos los textos donde Bakunin repite, incansablemente, el anunciado de sus objetivos. Citemos, para terminar, el programa de “La Alianza de la Democracia socialista”, fundada por él en 1868, cuando, junto con la minoría de la oposición, se retiró de la Liga de la Paz y de la Libertad. Este programa, que firmaban hombres como Ferdinand Buisson, Elisée y Paul Reclus, Benoit Malon y Jules Guesde, afirmaba que:

    “la tierra, los instrumentos de trabajo, así como todo otro capital, al convertirse en la propiedad colectiva de toda la sociedad, sólo pueden ser utilizados por los trabajadores, es decir, por las asociaciones agrícolas e industriales”.

    Hemos subrayado a propósito esta última frase del artículo 2, y que completa aquella otra del artículo 5 donde se plantea el problema de la supresión de los Estados políticos que «deberán desaparecer en la unión universal de las libres asociaciones, tanto agrícolas como industriales».

    Bakunin se adhirió a la Internacional que estaba constituida, de manera predominante, por las asociaciones obreras. Y empujado constantemente por su genio creador, entrevé las posibilidades que ofrecen las «uniones de oficios», como se denominaban entonces a los sindicatos obreros. Profundiza, analiza, construye. En estudios como “La política del internacionalismo” desarrolla una serie de ideas de las que, en 1906, la Carta de Amiens sólo será un pálido reflejo. Ve en las asociaciones obreras el fundamento y el instrumento de realización del socialismo. Pero no se limita a exponer esta visión de futuro. Aconseja sobre la necesaria cultura obrera. Pues, pese a cuanto se ha dicho, es el menos demagogo de todos los teóricos y guías. En los años 1869, 1870 y 1871 preconiza la constitución de “Federaciones Internacionales de Oficios”, viendo (es el único en decirlo) en la Internacional el principal instrumento constructor de la Europa socialista. Desgraciadamente, la Primera Internacional marcha hacia el reformismo y es disuelta unos años después porque, como dice Engels, «ya había realizado su misión histórica».

    Notas:

    (7) Proudhon había nacido en 1809 y murió en 1865. Bakunin nació en 1814 y murió en 1876.

    (8) En términos económicos Bakunin entendía por “capital” el conjunto de los medios de producción, tanto muebles como inmuebles.

    (9) En “Protestation de l'Alliance”.

    (10) Serán, pronto, los sindicatos.

    (11) Bakunin se había ocupado anteriormente de la “instrucción integral”.

    (12) ¡Es obvio que no se trata de un Parlamento del tipo de Palais Bourbon!

    (13) “Status de la Fraternité internationale”, que siguió casi inmediatamente al “Catéchisme”. No hay que olvidar que Bakunin sólo escribe a lo largo de un período de unos diez años (1864-1874). Sus doce años de cautiverio y sus actividades prácticas no le permitieron trabajar con la regularidad metódica que conocieron otros pensadores durante una vida más tranquila y muellemente centrada en sus estudios.
     
  6. silvio gesell

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    KROPOTKIN

    Proudhon fue el teórico del mutualismo que, en sus comienzos, suponía la posesión de los medios de producción por los productores, y, visto con ligereza, podía asimilarse a una concepción de la propiedad individual bajo forma de artesanado generalizado. Bakunin, con su colectivismo, preconizaba la propiedad colectiva de los medios de producción, tanto en la industria como en la agricultura (14). Kropotkin, que aparecerá inmediatamente después, se convertirá en el teórico y sociólogo más eminente del comunismo, de tipo anarquista evidentemente (15).

    El problema de la elaboración de ideas constructivas, de la necesidad de concepciones realizadoras se le plantea también desde los primeros momentos, y siempre estará presente en su pensamiento. Y, a partir del 4 de enero de 1882, en el diario “Le Révolté”, fundado por él y que es el único que aparece en lengua francesa por la incapacidad de los anarquistas de ese país, escribe un artículo titulado «Théorie et Pratique» en el cual coincide con Bakunin y con Proudhon en cuanto a la experiencia de las revoluciones anteriores. La burguesía de 1848 y de 1871 sabía lo que quería:

    “Pero el pueblo no sabía nada. En la cuestión política, repetía en pos de la burguesía: República y sufragio universal, en 1848; en marzo de 1871, decía junto a la pequeña burguesía: ¡La Comuna! Pero ni en 1848 ni en 1871 poseía ninguna idea precisa acerca de lo que hacía falta emprender para resolver la cuestión del pan y del trabajo. “La organización del trabajo”, esa consigna de 1848 (fantasma resucitado últimamente bajo otra forma por los colectivistas alemanes) (16) era un término tan vago que no expresaba nada, al igual que el colectivismo, no menos vaporoso que la Internacional de 1869 en Francia. ¡De haber preguntado, en marzo de 1871, a todos los que trabajaron en el advenimiento de la Comuna sobre qué manera había de resolver el problema del pan y del trabajo, qué terrible cacofonía de respuestas contradictorias habríamos recibido!”

    Ocho años después, y en el mismo periódico, Kropotkin insiste sobre este tema en términos no menos claros. Insiste de nuevo sobre él, de pasada, pero con insistencia, en casi todos sus libros. Y en su bello estudio sobre la Revolución francesa, después de haber descrito las aspiraciones igualitarias que expresaban los precursores del socialismo, Mably, Morelli, el cura Jacques Roux y otros, escribe:

    “Desgraciadamente estas aspiraciones comunistas no adquirían una forma clara y concreta en los pensadores que querían el bien del pueblo. Mientras que en la burguesía instruida, las ideas de emancipación se traducían en un programa de organización política y económica, las ideas de emancipación y de reorganización económica sólo se presentaban al pueblo bajo forma de vagas aspiraciones. Quienes hablaban al pueblo no intentaban definir la forma concreta bajo la cual podían manifestarse estos anhelos o estas negaciones. Se diría incluso que evitaban precisarla. Conscientemente o no, parecían decir: "¿Para qué hablar al pueblo de la manera como se organizará más adelante? Eso enfriaría su energía revolucionaria. Que tenga únicamente la fuerza de ataque para marchar al asalto de las viejas instituciones. Más adelante, ya veremos como nos arreglamos". ¡Cuántos socialistas y anarquistas siguen procediendo de igual manera! Impacientes por acelerar el día de rebelión, consideran como teorías adormecedoras cualquier intento de lanzar alguna luz sobre lo que la revolución deberá intentar introducir”.

    Para aportar alguna claridad sobre estas cuestiones, Kropotkin, después de su primer libro de demolición social, “Palabras de un rebelde”, escribió otro de carácter constructivo, bajo el sugestivo título de “La conquista del pan”. Los meros títulos de los sucesivos capítulos dan una idea de lo que se trata en él: “Nuestras riquezas”; “El bienestar para todos”; “El comunismo anarquista”; “La expropiación”; “Los alimentos”; “El alojamiento”; “El vestido”; “Las vías y los medios”; “Las necesidades de lujo”; “El trabajo agradable”; “El libre acuerdo”; “El asalariado colectivista”; “Consumo y producción”; “La descentralización de las industrias”; “La Agricultura”.

    Este libro, que, durante medio siglo, llegó a convertirse en la biblia del anarquismo comunista, y que se tradujo a quince o veinte lenguas, no estaba exento de insuficiencias, en especial en lo que se refiere a la cuestión de las vías y los medios. A este respecto, Kropotkin quedaba por atrás del constructivismo bakuniniano, y pecaba de un excesivo optimismo sobre la capacidad de innovación y de improvisación de los «hombres y mujeres de buena voluntad» y sobre el acceso universal a un grado de conciencia que permitía el libre consumo bajo forma de servirse libremente. La mayoría de los anarquistas se adhirieron a estas fáciles soluciones, pero, como veremos, algunos reaccionaron y se esforzaron, actitud lógica y sensata en semejante caso, en completar esta aportación de los principios generales que, pese a sus lagunas, constituía una contribución importante para la búsqueda de soluciones constructivas, y la definición de principios revolucionarios.

    Kropotkin escribió más adelante otro libro titulado “Campos, fábricas y talleres”, donde, a partir de una documentación no excesivamente sistemática, desarrollaba la teoría de la integración regional, según una concepción humanista de la economía.

    Notas:

    (14) En su último libro, "De la capacité politique des classes ouvriéres", Proudhon admitía la producción colectiva para la industria, y prefería el trabajo individual para la agricultura.

    (15) Bakunin, al igual que Proudhon, rechazaba el comunismo, que se le aparecía bajo el aspecto del yugo despótico del Estado. Por otra parte, aunque Kropotkin se convirtiera en el representante más calificado del comunismo anarquista, éste había sido formulado por los anarquistas italianos (Cafiero, Covelli, Andrea Costa -fundador más adelante del partido socialista de su país-, Malatesta, y otros).

    (16) Los marxistas de la socialdemocracia defendían entonces el colectivismo con el principio "a cada cual según sus obras", y eran los libertarios, o anarquistas sociales, los que defendían el comunismo.
     
  7. silvio gesell

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    JAMES GUILLAUME

    El mismo año de la muerte de Bakunin, un intelectual de menor envergadura, pero de imaginación más positiva, había editado un folleto muy denso, que contenía la materia de un libro, donde abordaba los problemas prácticos de la revolución. James Guillaume, que fue el mejor colaborador de Bakunin, hasta el punto de ser expulsado con él de la Primera Internacional por el Congreso de esta organización celebrada en La Haya en 1872, gracias a una conspiración inteligentemente montada por Marx, era a los 23 años profesor de historia en Suiza. Más adelante (después de haber perdido su puesto oficial) escribió otros libros sobre la historia de las revoluciones e, instalado en Francia, fue el colaborador de Ferdinand Buisson en su obra de reforma pedagógica. Su libro fundamental es “La Internacional: documentos y recuerdos”, fuente inagotable sobre este importante capítulo de la historia social europea.

    El folleto al que ahora nos referimos se titula “Ideas sobre la organización social”. En él no pretende formular las grandes líneas, sino los detalles de la organización de la sociedad socialista. El problema, en su opinión, reside en imaginar la práctica de la sociedad socialista.

    En lo que se refiere a la agricultura, muestra un pragmatismo dictado por el conocimiento y el sentido común. La organización comunitaria, mediante las nuevas máquinas y los métodos de agricultura, será lo más generalizada posible; lo más posible, pues podrán plantearse, y habrá que tenerlas en cuenta, las cuestiones del tipo de producción, de configuración del suelo y de preferencias humanas. Pero también habrá que esforzarse en superar la propiedad industrial.

    Las previsiones que se desprenden de todo ello permiten anticipar que:

    “La gerencia de la comunidad, elegida por todos los asociados, podrá ser confiada bien a un solo individuo (17) bien a una comisión de varios miembros; también será posible dividir las diferentes funciones administrativas y confiar cada una de ellas a una comisión especial. La duración del trabajo no será fijada por la ley general aplicada a todo el país, sino por la propia comunidad; como la comunidad estará relacionada con todos los trabajadores agrícolas de la región, hay que admitir como probable que se efectuará un acuerdo entre todos los trabajadores para la adopción de una base uniforme respecto a este punto. Los productos del trabajo pertenecen a la comunidad, y cada asociado recibe de ella, bien en especies (subsistencias, vestidos), bien en moneda de cambio, la remuneración del trabajo realizado. En algunas asociaciones, esta remuneración será proporcional a la duración del trabajo; en otras, estará en función tanto de la duración del trabajo como de la naturaleza de las funciones realizadas; también podrán ensayarse y practicarse otros sistemas... sin embargo, pensamos que el principio al que hay que procurar acercarse en la medida de lo posible es éste: De cada cual según sus fuerzas, a cada cual según sus medios (18)”.

    En lo que se refiere a los trabajos industriales, James Guillaume diferencia los trabajadores que podrían continuar sobre una base de trabajo individual (sastres, zapateros, etc.) de los que están vinculados a las grandes industrias. Respecto a estos últimos, escribe:

    “Así pues, cada taller, cada fábrica constituirá una asociación de trabajadores que tendrá la libertad de administrarse de la manera que le parezca, con tal de que se pongan en práctica los principios de igualdad y de justicia”.

    ¡No se trata, sin embargo, de organizar cada empresa aparte, replegada en sí misma, guiada por sus exclusivos intereses!:

    “Cuando, por ejemplo, el día de la Revolución, los obreros tipógrafos de la ciudad de Roma se hayan apoderado de todas las imprentas de la ciudad, deberán reunirse inmediatamente en asamblea general para declarar que el conjunto de las imprentas de Roma constituye la propiedad común de todos los tipógrafos romanos. Después, tan pronto como sea posible, deberán dar un paso más, y solidarizarse con los tipógrafos de las restantes ciudades italianas. El resultado de este pacto de solidaridad será la constitución de todos los establecimientos tipográficos de Italia como propiedad colectiva de la Federación de tipógrafos italianos”.

    Nos hallamos ante una anticipación del sindicalismo. Para James Guillaume, el municipio es la federación local de los grupos de productores. Esta federación local se ocupará de los servicios que incluyen los trabajos públicos, los cambios (mediante una «oficina de cambios»), la fabricación y la distribución de productos alimenticios, los servicios de estadística, de higiene, de seguridad, de educación y de asistencia.

    El autor se extiende sobre las modalidades de organización y de funcionamiento de cada especialista, las nuevas normas pedagógicas, cuestión que, por boca de Bakunin y de Paul Robín (no cabe duda de que Ferdinand Buisson también se ocupaba del tema), había sido planteada en el seno de las secciones federalistas suizas de la Primera Internacional.

    A continuación aparece la visión de conjunto, con la supuesta confederación de las federaciones corporativas:

    “Una vez que todas las ramas de la producción, incluidas las de la producción agrícola, se hayan organizado de dicha manera, una inmensa red federativa, abarcando todos los productores y, por consiguiente, también todos los consumidores, cubrirá todo el país, y la estadística de la producción y del consumo, centralizada por las oficinas de las diferentes federaciones corporativas, permitirá determinar de manera racional el número de horas de la jornada normal de trabajo, el precio de coste de los productos y su valor de cambio, así como la cantidad de productos que deben crearse para satisfacer las necesidades del consumo”.

    La “Federación de Municipios” no sólo deberá constituirse a escala nacional, sino internacional y europea:

    “Al quedar suprimidas las antiguas fronteras de los países, todas las Federaciones de Municipios, a tenor de su proximidad, entrarán en esta alianza fraterna”.

    Aunque muy imperfectamente, hemos resumido este sustancioso folleto, alguno de cuyos puntos pueden prestarse a discusión (como admitía el propio James Guillaume), pero que, todavía hoy, podría inspirar a muchos revolucionarios.

    Notas:

    (17) Observemos que en las colectividades españolas, jamás hubo un único individuo dirigiendo o ni siquiera coordinando las actividades.

    (18) En este punto, James Guillaume se adelanta incluso a los anarquistas italianos en la adopción del principio comunista, cuyo propagandista en Francia había sido Louis Blanc.
     
  8. silvio gesell

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    EL ANARQUISMO ESPAÑOL

    En el fondo, James Guillaume se inspiraba en el pensamiento de Bakunin, y se esforzaba en prever la aplicación de dicho pensamiento. Cabe decir lo mismo de los esfuerzos constructivos del anarquismo español. España no produjo sociólogos economistas como Proudhon o Kropotkin, ni constructores de la talla de Bakunin. Por otra parte, el más brillante de sus teóricos anarquistas, Ricardo Mella, permaneció proudhoniano, y defendía la propiedad individual generalizada de los medios de producción y, por consiguiente, un colectivismo anarquista que nada tenía que ver con el de Bakunin, cuyas amplias concepciones desbordaban el principio «a cada cual según sus obras» puesto que, como hemos visto, proclamaba el derecho «para todo ser humano llegado a la vida» a la igualdad de los medios de existencia, instrucción y de todos los bienes que la sociedad podía ofrecer. Iguales derechos para la mujer, para los ancianos, para todos los que no podían ser productores. No estábamos lejos del principio comunista «a cada cual según sus necesidades, de cada cual según sus fuerzas» y, después de una famosa polémica con Anselmo Lorenzo, Mella reconoció la legitimidad de este principio.

    Pero, a partir de 1870, fecha de su nacimiento, el movimiento sindical, obra de los anarquistas, decidía constituirse orgánicamente en secciones de oficios, en federaciones nacionales de secciones de oficios, en federaciones locales interprofesionales, en federaciones regionales, todo ello articulado en vistas a la transformación de la sociedad (19). A partir de esta misma fecha, en ese mismo congreso, se pronunciaba a favor de la «cooperación de consumo» y, como complemento, «de cooperativas de ayuda mutua y de instrucción pública».

    Es decir, ya en aquella fecha los anarquistas españoles superaban sobradamente los objetivos y las vías y medios de la Carta de Amiens adoptada en Francia treinta y seis años después. Dentro del espíritu colectivo de militantes muchas veces anónimos y oscuros, pero siempre activos y creadores, nace y se desarrolla ese sentido constructivo afirmado a través de tantas luchas, vicisitudes, victorias y derrotas, cuyos resultados vimos durante la revolución de 1936-39. Fue especialmente en su actividad sindical como el movimiento anarquista, que siempre fue anarquista y nunca sindicalista, en el sentido en que se entiende habitualmente, aprendió a coordinar los esfuerzos y las fuerzas, a practicar la solidaridad, a situar, por encima de los regionalismos políticos, la solidaridad obrera. Este es uno de los motivos por los que la organización general se llamó y sigue llamándose Confederación Nacional del Trabajo (siglas: C.N.T.), cosa que implicaba un sentimiento y una práctica de la unidad de acción absolutamente contrarios a las divisiones más o menos históricas, geográficas o étnicas.

    Este espíritu constructivo de fondo que aparece también en las magníficas resoluciones de los congresos tuvo sus intérpretes ocasionales en algunos escritores, comenzando por Ricardo Mella quien, en un interesante folleto titulado “El Ideal Anarquista”, escribía:

    “Cuando toda la riqueza social pase a disposición de todos para producir, canjear y consumir, la necesidad de un acuerdo general se impondrá por ley de naturaleza. Los productores se agruparán en diferentes asociaciones, unas se ocuparán de la producción de alimentos, otras de la producción de ropas, o de la construcción de viviendas. Las asociaciones se agruparán, a su vez, constituyendo grupos de asociaciones, y, de este modo, gracias a esta organización seriada de las partes, se constituirá una gran federación de sociedades autónomas que, abarcando en una amplia síntesis la inmensa variedad de la vida social, reunirá a todos los hombres bajo la bandera de una felicidad real y positiva”.

    En síntesis, las grandes líneas positivas están siempre presentes, y descubrimos más sustancia aquí que en un libro como “La Sociedad Futura”, de Jean Grave, tan escaso de imaginación.

    Existe, asimismo, una breve exposición que acaba de confirmar la orientación de esta visión de conjunto que caracterizaba a los anarquistas españoles. Procede de un folleto titulado “Una Polémica”. Esta polémica se desarrolló, hacia 1900, entre un tal señor Marsillach, del cual no sabemos nada, y José Prat, amigo de Mella, y uno de los valores del movimiento a fines del siglo XIX y hasta 1931. En cuanto a la puesta en práctica de las ideas, José Prat escribía:

    “Y el proletariado se esfuerza en realizar: en primer lugar, combatiendo, con sus sindicatos de oficios, los intereses de clase que se alzan contra el progreso social; estableciendo, después, las bases de la nueva sociedad por medio de la cooperación. Es cierto que la cooperación, encarnada hoy en las cooperativas obreras no es, ni mucho menos, la sociedad nueva, pero, pese a todas sus deficiencias, fruto del medio social, es su germen. No resuelve el problema en su conjunto, no produce la armonía de los intereses, no asegura el bienestar, no puede conseguirlo, porque el signo monetario, la competencia, la propiedad, etc., la convierten en una sociedad comercial más, la aburguesan y la excluyen a la idea colectiva de socialización total. Pero la base cooperativa sobre la que descansará la nueva sociedad ya está inventada, producido el impulso hacia la cooperación libre, y esbozado el modelo sobre la manera como podrá funcionar la nueva sociedad.

    Las cooperativas obreras no pueden luchar contra la unión de los capitales burgueses. Por el hecho de ser una sociedad de capitales obreros, cuyos beneficios sólo pueden extenderse a sus miembros, las cooperativas limitan la práctica de la solidaridad. Pero el trabajador se forma en ellas, aprende a administrar, a hacer funcionar la producción y la distribución de los productos sin necesidad de tutores ni de clases dirigentes.

    Imaginemos por un momento que la revolución ha suprimido la propiedad privada, y su defensor, la autoridad; que los medios de producción y de transporte están en manos de los trabajadores; ampliad esta cooperación de la producción y del consumo a los oficios federados de las localidades, las regiones, las naciones, a toda la humanidad; imaginemos que, al mismo tiempo, se establecen las estadísticas para saber exactamente, en todo momento y lugar, en qué sitios hay más abundancia de productos y de necesidades (20), de manera de distribuir los primeros según la demanda, y se poseerán las líneas generales del plan de la sociedad futura, que reposa sobre bases naturales: la ayuda mutua, la cooperación para todos los aspectos de la vida, en beneficio de toda la especie humana”.

    Este era el estado de ánimo dominante de los anarquistas españoles (21).

    Notas:

    (19) Bakunin, que repitió los mismos elogios dos años después, escribió: "Debo observar, sin embargo, que España, que considerábamos tan atrasada, presenta actualmente una de las más magníficas organizaciones de la Asociación Internacional de Trabajadores existentes en el mundo". (Tercera Conferencia a los obreros del valle de Saint-Imier).

    (20) En este punto, José Prat coincide con las previsiones de Bakunin, y eso de motu proprio, pues en aquella época el "Catéchisme révotutionnaire" era desconocido.

    (21) El individualismo, generalmente antisocial, y que tanto ha contribuido a minar y destruir el anarquismo en Francia, siempre tuvo escasísimo eco en España.
     
  9. silvio gesell

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    CORNELISSEN

    Christian Cornelissen, de origen holandés, fue a partir de Proudhon, el único economista de categoría internacional del anarquismo comunista. Su obra más importante es un “Tratado de economía política” demasiado denso y voluminoso para ser leído por los trabajadores. Pero, en 1900, publicó un libro titulado “En marcha hacia la nueva sociedad”, con el fin de reforzar las bases teóricas del comunismo libertario y de precisar los medios de llegar a él. Citemos algunos pasajes característicos de este libro, que lleva largo tiempo fuera de la circulación:

    “Debe parecernos natural -haciendo abstracción de la ejecución de detalles concretos- que los campos se cultiven según el modo elegido en cada municipio por la población adulta. Es natural, asimismo, que la cosecha no se almacene en los trescientos graneros de que hablaba Fourier, sino en un solo granero común, o al menos en un número restringido de almacenes de provisiones.

    Lo que caracteriza la propiedad de una cosa es el derecho de disponer de ella, el pleno poder, reconocido como un '"derecho" por la propia sociedad, no sólo de usar para sí esta cosa según el propio gusto, sino también de alienarla.

    En la sociedad comunista (22) los campos comunes serán cultivados de la manera acordada entre los habitantes adultos de los municipios, sin más problema que el derecho reconocido de la dirección del trabajo en el recinto de los municipios respectivos.

    Sin embargo, estos municipios no serían "propietarios" de los campos en el sentido en que la palabra "propiedad municipal" se entiende en nuestra sociedad burguesa.

    Los mandatarios de los habitantes no podrán alienar las tierras de los respectivos municipios. Eso ya es consecuencia de lo que se denomina una sociedad comunista.

    Pero los habitantes de un municipio podrán ponerse de acuerdo con los de otro sobre la mejor manera de cultivar determinadas parcelas, sobre el almacenamiento, el transporte, etc., de los productos cosechados, y, en general, sobre todo lo que se refiere a la necesaria organización del trabajo.

    De igual manera, los obreros de una mina, de una fábrica o de un taller colectivo, así como los que trabajan en los ferrocarriles, o en una línea de barcos de vapor, decidirán probablemente, según el orden comunista de la sociedad, sobre todo lo que concierne a su trabajo, siendo también autónomos en el campo de su propia actividad.

    Carecerán, sin embargo, del derecho de propiedad, en el sentido que no podrán tener la libertad de alienar, de aniquilar o ni siquiera deteriorar en sus respectivos establecimientos los edificios o las máquinas, los materiales o los instrumentos confiados a sus ciudadanos. No tendrán lo que el derecho romano denomina “ius utendi et abutendi”.

    (…) Supongamos, por dar un ejemplo, referido a una determinada rama de la industria, que las fábricas de vidrio de un país determinado han sido realmente socializadas; esto significa que los obreros organizados de todas estas fábricas del país cargarán con un impuesto, durante un cierto período, la cantidad de productos de vidrio de toda clase que, después del consumo de los años anteriores, se pidan para el uso del país o la exportación al extranjero. Esta cantidad deberá repartirse proporcionalmente entre las fábricas de las diferentes zonas del país según la fuerza productiva de cada uno de esos establecimientos.

    Si las fábricas de vidrio existentes no bastasen para la producción requerida, los obreros organizados de ese país deberían entrar en relación con los obreros de la construcción para edificar nuevas fábricas en esta nueva rama de la industria. Una vez fijada la cantidad de producto a suministrar por cada fábrica del país, correspondería al personal de cada establecimiento toda la organización del trabajo, con tal de que se preocuparan de que la cantidad fijada de materiales de vidrio fuera realmente entregada y de la calidad exigida. Sería incumbencia, pues, de los propios obreros regular la duración y la división del trabajo. Y en sus detalles, esta producción estaría determinada por la propia naturaleza del trabajo, modificada según las eventuales condiciones locales”.

    Notas:

    (22) Destaquemos que el anarquismo era generalmente comunista, mientras que los partidos marxistas, incluida la fracción bolchevique de la socialdemocracia rusa, eran colectivistas. Son los anarquistas no individualistas quienes, durante más tiempo y con más dedicación, han defendido los principios del comunismo.
     
  10. silvio gesell

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    AUTORES DIVERSOS

    Sébastien Faure escribió hacia los años 20 un libro titulado “Mi comunismo” como consecuencia de la polémica nacida entre la escuela autoritaria, bolchevique, y la escuela libertaria que preveía sus decisiones. Quiso mostrar la concepción y el funcionamiento comunista anarquista, imaginando una auténtica utopía, es decir, una creación puramente imaginaria, que mostraba por qué medios y gracias a qué etapas las dificultades creadas por la revolución y el «período transitorio» habían sido vencidas.

    Para ser sinceros, carecía en primer lugar de conocimientos económicos, así como del sentido práctico de la organización del trabajo y de los trabajadores. Y es posible reprocharle, como ha ocurrido, que sólo resuelve a nivel teórico muchas dificultades. Pero nos parece útil citarle como una nueva prueba de la concepción o espíritu constructivo permanente del socialismo libertario, pues Sébastien. Faure era por naturaleza un racionalizador. La parte constructiva que consideramos más interesante de su libro es aquella donde hace describir a uno de sus personajes el mecanismo federalista de la organización de la producción y del consumo.

    En la base, y siguiendo un esquema excesivamente esquematizado, aparece el individuo; luego surge la comuna, reunión de individuos; el conjunto de necesidades de estos individuos ofrece unos totales que se transmiten a la organización comunal provincial; todas las provincias del país hacen lo mismo, de manera que se conoce la importancia de las necesidades nacionales a partir de las necesidades de cada individuo.

    Llegadas a la cumbre de la organización nacional, las cifras que expresan estas necesidades determinan, un movimiento inverso: el de la producción: de la nación a la provincia o a las provincias, de las provincias a las comunas, según sus posibilidades de producción, y de las comunas a los individuos. Hay que observar que Sébastien Faure no atribuye a los sindicatos de productores el papel que hemos visto en tantos otros teóricos. Kropotkin, por otra parte, tampoco lo hacía. Se limita a una concepción abstracta que contiene algunos principios de indudable pureza, cuya realización no tiene nada que ver con las dificultades de la vida. Y los anarquistas franceses tampoco se preocuparon en completar esta visión. Pero, una vez más, la visión realizadora existía e implicaba incluso una homogeneidad preferible a la total ausencia, no sólo de concepciones positivas aplicables, sino también de espíritu constructivo.

    Nos falta tiempo y espacio para citar todos los teóricos del socialismo libertario que se pronunciaron sobre estas cuestiones. Espigando en nuestra memoria, recordamos en Italia a Errico Malatesta quien, especialmente en la última parte de su vida, pedía a sus camaradas la elaboración de un programa constructivo, y, cuando trataba de pasada los problemas de la revolución, expresaba su deseo de que los trabajadores de los ferrocarriles hicieran circular los trenes y de que los campesinos se apoderaran de la tierra y la trabajaran en provecho de todos. Pietro Gori, el gran abogado y sin duda el mejor orador del anarquismo internacional, preveía, sin adelantar detalles técnicos, la organización de agrupaciones federadas de productores, y Luigi Fabbri, discípulo de Malatesta, vislumbraba una actividad creadora basada no únicamente en los sindicatos sino también en las cooperativas, las comunas y unos auténticos soviet (23). Añadamos a estos nombres el de Pierre Ramus (Rudolph Grossmann) que fue la figura más eminente del anarquismo austriaco y escribió un libro titulado “Reconstrucción de la sociedad por el comunismo anarquista”. Hace demasiado tiempo que leímos el primer tomo de este libro, traducido del español, para que podamos citarlo o al menos resumirlo a grandes rasgos. Nos basta con verificar una vez más el permanente carácter constructivo del socialismo.

    Habría que citar asimismo a Domela Nieuvenhuis, el apóstol holandés, o a Rudolph Rocker, que fue, muerto Kropotkin, el mayor valor intelectual del anarquismo internacional. Había sido uno de los más activos fundadores de la Freie Arbeiter - Union Deutschlands, organización sindical de carácter libertario cuyos estatutos escribió, donde se manifiesta que en caso de revolución los sindicatos obreros y sus federaciones locales asumirán la organización de la producción y de la distribución. El movimiento desapareció con el triunfo del hitlerismo.

    Después de la Primera Guerra Mundial se constituyó la corriente anarcosindicalista. Unos la hacen nacer en Rusia y otros en Alemania. En Alemania tuvo como hombres de primera fila al propio Rocker, Souchy y Fritz Kater; en Rusia, a Volin y Alexander Shapiro quienes, para acentuar el carácter constructivo de las actividades libertarias, concedían a las actividades sindicales la prioridad de las prioridades (24).

    Notas:

    (23) La honestidad nos obliga a reconocer que los declamadores y los demagogos han proliferado en el movimiento anarquista italiano, impidiéndole adquirir la mentalidad constructiva exigida por Malatesta. Entre otros, Luigi Galleani, elocuente cantor del terrorismo y del ilegalismo, ha causado un considerable daño al movimiento anarquista italiano, y su escuela ha confundido, y sigue confundiendo en demasía, la sociología con la declamación.

    (24) Cosa que le diferenciaba del movimiento anarcocomunista, o comunista libertario tradicional, el cual en la práctica de la lucha y globalmente considerado -especialmente en Italia, y en gran parte de Francia- se limitaba a unas generalidades que en ningún caso ponían en peligro la sociedad capitalista.
     
  11. silvio gesell

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    PIERRE BESNARD

    Esta corriente encontró su principal teórico en la persona del militante francés Pierre Besnard, que se inspiró en Bakunin, Proudhon, James Guillaume, Kropotkin y otros pensadores libertarios, pues la corriente sindicalista no dio pensadores o sociólogos, a excepción de Pelloutier que, pese a su valor, no aportaba el tipo de sustancia necesaria para la tarea que se imponía entre las dos guerras.

    Besnard que, junto a sus compañeros, se esforzó en fundar un movimiento sindicalista revolucionario libertario, pero no llegó a conseguirlo, nos ha legado dos libros : “Los sindicatos obreros y la Revolución social” y “El Mundo nuevo”. Es imposible reunir ambos libros, u ofrecer de ellos, mediante unas citas, una impresión suficiente. Algunos han visto en la abundancia, seguramente excesiva, de detalles referentes a la organización general sindical, industrial, municipal y agraria, su funcionamiento y sus numerosos mecanismos, la precisión meticulosa de un jefe de estación, profesión que había ejercido Besnard. Puede producir a veces esta impresión, pero no cabe negar que este militante, dotado de un espíritu creador, de una gran experiencia y de un don de observación poco común, ha aportado a la corriente sindicalista revolucionaria y libertaria una contribución sin igual, y unas previsiones cuya justeza han mostrado más de una vez las realizaciones industriales de la Revolución española.

    Besnard se basa fundamentalmente en los principios filosóficos de los teóricos del anarquismo social: partir del individuo para llegar a la organización internacional de una nueva sociedad. Por un lado, parte del productor, del taller y de la fábrica, luego del sindicato de industria hasta llegar a la federación industrial regional, nacional e internacional. Por otro lado, prevé la organización local, luego regional, nacional e internacional, interindustrial (25). Paralelamente, asigna a los municipios, igualmente federados a escala local, regional, nacional e internacional, las funciones que escapan a la producción: obras públicas, viviendas, estadísticas sociales, distribución, educación y tiempo libre, asistencia social, higiene, salud pública, vías y comunicaciones. Todo eso se atribuye a la escala local, regional, nacional e internacional, según las dimensiones de cada problema o actividad.

    Se prevén unas oficinas sindicales nombradas por los congresos de los sindicatos, y responsables ante ellos: oficina de materias primas, oficina de estadística, oficina de cambios de productos y mercancías, oficina de inventos, oficina de mano de obra. Todo eso a escala de las uniones regionales y, si es necesario, de la organización nacional. Lo mismo ocurre en el caso de la agricultura, donde vemos aparecer la oficina de ganadería, la oficina de abonos y de aperos, la oficina de riegos y de electricidad, la oficina de estadística, la oficina de mano de obra, la oficina de cultura, y todo eso funcionando, según sea necesario, a nivel local, regional, nacional e internacional.

    Tan práctico como teórico, Besnard explica el funcionamiento de los comités de taller, de los consejos de fábrica, de las secciones técnicas. Propone “dotar a cada taller de una oficina de investigación, de un laboratorio de pruebas para estudiar los inventos y buscar los medios prácticos de aplicarlos. Oficina y laboratorio deberían estar al corriente de los progresos técnicos realizados en otra parte, en el conjunto de su industria, y comunicar sus trabajos a sus sindicatos, a los organismos encargados de concentrar las informaciones y de vulgarizarlas por los mejores medios: diarios, revistas, periódicos murales, conferencias, etc.”.

    Es cierto que los detalles son a veces excesivamente prolijos. Pero es posible que en este tipo de cosas “la abundancia no perjudique”, y es mejor un exceso de ideas, de indicaciones, de previsiones (esencialmente fundadas y justas en su conjunto) que la ausencia total que generalmente ha caracterizado a los críticos ineptos. Y, una vez más, si juzgamos a la escuela socialista libertaria según teóricos, pensadores y sociólogos, como se juzga a las otras escuelas, no se puede honestamente acusarla de carecer de pensamientos constructivos.

    Notas:

    (25) Conviene señalar, por otra parte, que esta estructura, tal como hemos indicado en nuestro libro “La España libertaria 36-39”, era la establecida por el movimiento sindical libertario español y realizada, a escala nacional, en la medida en que las circunstancias de la lucha (con unos años de clandestinidad) lo habían permitido.
     
  12. silvio gesell

    silvio gesell Miembro maestro

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    NUEVA APORTACIÓN ESPAÑOLA

    Esta afirmación, basada en una documentación indiscutible, aparece reforzada por lo que llamamos «la nueva aportación española» de los años 1931-1936. Esta aportación fue inaugurada por el autor de estas líneas, que siempre había estado preocupado por los problemas constructivos de la revolución social, pero que viviendo, también constantemente, en unas condiciones extremadamente difíciles, no había podido emprender el estudio de estos problemas a partir de un conocimiento serio de la economía española.

    En 1931, cuando se proclamó la república, vivía en la República Argentina. Siempre apasionadamente preocupado por España, donde anteriormente había militado durante diez años, considera los factores políticos, económicos, y sociales existentes, y llega rápidamente a la conclusión de que dicha república no sería viable, y de que concluiría con el triunfo del fascismo, o de la revolución social. En previsión de esta última hipótesis quiso, de antemano, contribuir al éxito de sus compañeros. Como entonces las condiciones de su existencia eran más favorables, comenzó, al fin, a estudiar la economía española. Había proyectado escribir unas cincuenta páginas, acabó por escribir doscientas cincuenta.

    Según dice Luigi Fabbri en su prefacio, el método utilizado era «totalmente nuevo en la literatura anarquista internacional». En lugar de producir una utopía (26), realizó un estudio de los “Problemas económicos de la Revolución española”, título que ostenta el libro. Por lo que recuerda, constaba de los siguientes capítulos: Geografía física y económica - Población - Agricultura - Industria - Materias primas - Energía - Medios de transporte - Comercio internacional - La defensa revolucionaria. Es muy probable que hubiera uno o dos más, pero no los recuerdo (27).

    Distribución regional de los cultivos, rendimientos totales y por hectárea, innovaciones diversas, materias primas, textiles, importancia de los yacimientos de hulla, hierro y metales no ferrosos, productos de sustitución, relaciones inter-regionales, localizaciones industriales, redistribución de determinada mano de obra, transformación de los elementos parasitarios en productores, todo ello demostrado con las estadísticas adecuadas; se trataba de aportar los conocimientos indispensables para encontrar unas soluciones válidas. Sin falsas modestias, era un libro más de economista que de utopista. La primera edición se agotó rápidamente, y hubo que hacer una segunda.

    El ejemplo fue seguido. Poco después, Santillán publicaba otro libro titulado “El organismo económico de la revolución”, que, como su nombre indica, abordaba la reconstrucción social desde el punto de vista institucional, pero que, en lugar de ceñirse a las concepciones abstractas y tradicionales, se basaba en las realidades económicas españolas.

    Le siguió Higinio Noja Ruiz, antiguo minero, escritor libertario, que también entendió que era preciso conocer la materia que se quería trabajar, y proponía unas estructuras, unos modos de organización, basados en las realidades de la vida económica y social en un libro titulado “Hacia una sociedad de productores”.

    El espíritu constructivo abordaba los problemas de la transformación social con un método sociológico que desgraciadamente no fue seguido en otros países.

    De todos modos, apareció un ensayo en forma de un folleto titulado “El comunismo libertario” cuyo autor era el doctor Isaac Puente, adherido al ideal libertario desde unos años atrás y al que los fascistas fusilaron el primer día de su alzamiento. No era obra de un economista, y cabría formularle más de una objeción fundada. Esto no impide que los esquemas propuestos tuvieran su utilidad, pese a su excesivo comunalismo, pues, por fortuna, los militantes de base tenían suficiente iniciativa para rectificar los errores, paliar las insuficiencias, o completar lo que debía ser completado.

    Notas:

    (26) No olvidemos que utopía, esencialmente, es una "concepción imaginaria" no necesariamente irrealizable. Kropotkin calificaba de utopía su libro "La conquista del pan": con eso no pretendía decir que lo que preconizaba fuera imposible de realizar.

    (27) La vida inestable (y tanto) del autor, y el triunfo de Franco hacen que no exista un solo ejemplar de este libro, ni de otros más. A partir de entonces, el autor ha escrito dos folletos de carácter constructivo, "La revolución social en Italia" y "Práctica del socialismo libertario", en que el que la hipótesis de transformación social se refiere a Francia. En ambos casos, y dentro de lo posible, ha basado sobre datos económicos esenciales la visión estructural del nuevo mundo.
     
  13. silvio gesell

    silvio gesell Miembro maestro

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    CENTRALIZACIÓN Y LIBERTARISMO

    Antes de concluir, nos parece necesario, para evidenciar la excesiva ignorancia de las concepciones socialistas libertarias en lo que se refiere a la organización de una nueva sociedad, destacar cuál ha sido el pensamiento de los mayores teóricos en lo que se refiere al problema de la centralización (28).

    Vimos que Proudhon escribía: “lo que situamos en el lugar de la centralización política es la centralización económica”. Pero, en las “Confesiones de un revolucionario”, decía asimismo: “Es preciso que la centralización se efectúe de abajo hacia arriba, de la circunferencia al centro, y que todas las funciones sean independientes y se gobiernen por sí mismas”.

    En otros textos, le vemos defender la centralización de las funciones positivas, especialmente en materia económica. El federalismo se convierte en lo que hemos visto: la centralización de abajo hacia arriba, cosa que implica la existencia de un abajo y de un arriba, o de la circunferencia al centro, cosa que implica la existencia de un centro.

    Bakunin, también teórico del federalismo, se pronunció de una manera posiblemente más clara y más categórica. Hacia 1871, cuando se hallaba en Suiza, escribió bajo la firma de “Un ciudadano suizo” (con el objeto de impresionar más fuertemente a la opinión pública) un panfleto titulado “Los osos de Berna y el oso de San Petersburgo” (29). Se trataba de protestar contra la entrega de Netchaiev (con quien había roto, pero al que defendía por defender el derecho de asilo) a las autoridades zaristas. Y, según su costumbre, pasando de uno a otro tema, llegó a la estructura jurídica, política y económica de Suiza. Al ocuparse del problema cantonal y de la división múltiple, su consecuencia, escribía:

    “Todos los progresos realizados a partir de 1848 en el terreno federal son progresos de tipo económico, como la unificación de monedas, de pesos y medidas, las grandes obras públicas, los tratados comerciales, etc.

    Se me dirá que la centralización económica sólo puede obtenerse gracias a la centralización política, que una implica la otra, que ambas son necesarias y benéficas en el mismo grado. No es cierto. La centralización económica, condición esencial de la civilización, crea la libertad; pero la centralización política la mata, al destruir, en favor de los gobernantes, la vida propia y la acción espontánea de las poblaciones”.

    Bakunin, siempre clarividente, proseguía:

    “En la actualidad, Suiza se halla ante un dilema. No puede querer retornar a su régimen pasado, al de la autonomía política de los cantones, que le convertía en una Confederación de Estados políticamente separados e independientes entre sí. El restablecimiento de una Constitución centralista ha derribado las barreras que separaban y aislaban los cantones. La centralización económica es una de las condiciones esenciales del desarrollo de la riqueza, y esta centralización habría sido imposible de no haberse abolido la autonomía de los cantones”.

    Y, a partir de ahí, llega a las últimas consecuencias de su análisis:

    “Por otra parte, la experiencia de veintidós años nos demuestra que la centralización política es igualmente funesta a Suiza... ¿Qué hacer? Volver a la autonomía política de los cantones es algo imposible. Conservar la centralización política no es deseable. El dilema planteado sólo admite una solución: la abolición de todo Estado político, tanto cantonal como federal, y la transformación de la federación política en federación económica, nacional e internacional” (30).

    Hemos visto que Sébastien Faure, al igual que Pierre Besnard, también preconizaba la organización «de abajo hacia arriba», es decir, siempre que fuera necesario, una centralización controlada a todos los niveles, producto de una decisión libre y voluntaria del conjunto humano constituido.

    Este no es el caso de Kropotkin, que preconizaba una integración económica regional que consideramos incompatible con los datos generales de la economía, a menos de contentarse con una simple economía de consumo autárquico que nos haría retroceder dos siglos, en lo que a nivel de vida se refiere. Pero es útil señalar que supo adoptar una posición totalmente diferente. Encontramos la prueba de ello en el capítulo de “La conquista del pan” titulado «Producción y consumo». En nuestra opinión, es posible que sea el capítulo más importante del libro, y, naturalmente, el menos recordado, pues las opiniones sensatas y lógicas que aparecen en él implican una concepción de la economía planificada a escala europea, y que, de ser llevada a la práctica, culminaría ineluctablemente en una coordinación de conjunto que implicaría una centralización múltiple, y acaso multiforme.

    Desde el primer momento, Kropotkin plantea el problema: «hasta ahora, los economistas, de Adam Smith a Marx, han estudiado la economía comenzando por la producción. Nosotros, comunistas anarquistas, procedemos de manera diferente: estudiamos las necesidades a satisfacer, los problemas de consumo a resolver. Luego organizamos la producción para satisfacer estas necesidades y resolver estos problemas».

    Aunque en 1885 no empleara dicha expresión, esto equivalía a la planificación:

    “Pero, a partir del momento en que la contemplamos desde esta perspectiva, la economía política cambia totalmente de aspecto. Deja de ser una simple descripción de los hechos y se convierte en una ciencia, al igual que la fisiología: podemos definirla como “el estudio de las necesidades de la humanidad y de los medios de satisfacerlas con el menor desperdicio posible de fuerzas humanas”. Su auténtico nombre sería “fisiología de la sociedad”.

    “Nosotros decimos: existen unos seres humanos, congregados en sociedad. Todos sienten la necesidad de habitar unas casas salubres. La choza del salvaje ya no les satisface. Piden un abrigo sólido, más o menos confortable. Se trata de saber, si dada la productividad del trabajo humano, cada uno de ellos podrá tener su casa y qué es lo que se lo impide.

    Como se ve, procedemos al revés que los economistas que eternizan las pretendidas leyes de la producción y que, al enumerar las casas que se construyen cada año, demuestran, mediante la estadística, que como las casas construidas no bastan para satisfacer todas las demandas, las nueve décimas partes de europeos deben habitar unas chozas”.

    En lugar de ocuparse de la plusvalía, capital, salario, división del trabajo, hay que responder a esta pregunta: “Es o no posible para el hombre, trabajando, producir el pan que necesita?” Y, si es posible, ¿por qué motivo?

    “Existen 350 millones de europeos. Cada año necesitan tanto pan, tanta carne, vino, leche, huevos y mantequilla. Tantas casas y ropas. Son sus necesidades mínimas. ¿Pueden producir todo eso? Si pueden, ¿les quedará tiempo libre para procurarse el lujo, los objetos de arte, de ciencia y de diversión... en una palabra, todo lo que no entra en la categoría de lo estrictamente necesario?”.

    Kropotkin multiplica los argumentos sobre los diferentes aspectos de este problema. Y se entenderá que si se contempla, como es lógico hacer, la vida de toda Europa, tal como él y Bakunin, James Guillaume, Besnard y, en parte, Proudhon, hicieron, es necesaria una cierta centralización, que preferimos llamar «coordinación» con centros múltiples. En especial, la planificación que supone la práctica de la concepción necesidad-producción, la única capaz de responder a una economía auténticamente socialista, socializada y humanista.

    Pero en tal caso el aparato social pierde la rigidez orgánica inherente a la estatización, y la economía se confunde con el humanismo, tanto en lo que se refiere al consumo como en lo que atañe a la producción.

    Notas:

    (28) Diferenciamos la centralización del centralismo. Este último (y el sufijo “ismo” lo indica claramente) implica un sistema predominante, tanto político como económico, un método... sistemático aplicado en todas las circunstancias. La centralización es un procedimiento nada unilateral, aplicado de manera pragmática, al mismo tiempo que otros, entre ellos el federalismo.

    (29) Los osos que estaban, y siguen estando, en el foso del zoo de Berna, simbolizaban la libertad nacional. Bakunin realiza un juego de palabras comparándolos con el zar, oso de San Petersburgo.

    (30) Algunos llamados "anarquistas" que, llegada la ocasión, se reclaman de Bakunin para, en nombre del federalismo, defender un regionalismo que no es más que un subnacionalismo, harían bien en meditar esta demostración de Bakunin que se oponía, después de la proclamación de la unidad italiana, a quienes conservaban la nostalgia de las antiguas provincias y deseaban retornar a ellas.

    Gastón Leval, 1972

    FIN
     
  14. celote

    celote Miembro maestro

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    si estuvieramos en el siglo diecinueve quisas te aplaudan.
     
  15. silvio gesell

    silvio gesell Miembro maestro

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    jajjaa a ti no te aplaudiran nunca, estoy seguro
     
  16. celote

    celote Miembro maestro

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    pues si y eso es por que ando algo adelantado pero en si a ti si apludiroan en el siglo 19 , a mi quizas en el siglo 3000.
     
  17. parapente

    parapente Miembro maestro

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    3000 antes de cristo, y en la isla de Samoa.
     
  18. JESUS OSWALDO

    JESUS OSWALDO Suspendido

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    Que tema mas antiguo!!! Aun hay gente que se ocupa de estos temas trasnochados? Obviamente que si; felizmente muy poquitos historiadores medio despistados.
     
  19. pipa

    pipa Miembro de oro

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    no se a quien quieres convencer con esa copia de algun libro de texto de quien sabe donde!!! lo que si se es que esos conceptos son del año de la pera y ya o se aplican en un pais que quiere salir del hueco a donde nos llevaron los "socialistas"
     
  20. nandodecopas

    nandodecopas Miembro maestro

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    Pues si realmente les interesa en lo más mínimo la ciencia de Marx porqué no se evitan de opinar y se limitan a irse a otros post que van con ustedes?
    Por qué siempre reaccionan de esa manera? si no les interesa pues bien... ahorrense sus comentarios porque la gente culta en esta materia si la aprecia y la estudia.
    A pesar de la condicion social que ostento, siempre voy a tener una tendencia hacia la disciplina marxista, que eso quede claro.
    Y cierto forista un poco vapuleado por ¨tener siempre la razon¨ en lo que dice no se cansa no?.
    Y pasando a los dos que siempre opinan cosas sin sustentarlas yo les pregunto uno por uno :
    JESUS OSWALDO: qué quieres decir con ¨temas trasnochados y poquitos historiadores?
    pipa: a qué hueco llevaron los socialistas a este pais?? y...qué quieres decir con que esos conceptos ya no se aplican en un pais que quiere salir del hueco??
    según yo sé NINGÚN SOCIALISTA dirigió el país a lo largo de su historia...quisiera por favor que me refute bajo fundamentos en caso que estuviera equivocado y si no es así pues evítese de estar dando opiniones fuera de foco y de criterio.
    Sobre celote.... ya no tengo nada que decir... entiendo su trauma por eso me evito de dar mis opniones sobre éste forista que die saber más que uno y nunca lo demuestra...