Aceite de perros

Publicado en 'Literatura' por ceres, 12 Set 2007.





  1. ceres

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    Aceite de perros
    Por Ambrose Bierce

    Me llamo buffer bings. Nací de padres honestos: mi padre era fabricante de aceite de perro y mi madre poseía un pequeño estudio, a la sombra de la iglesia del pueblo, donde se ocupaba de los no deseados. En la infancia me inculcaron hábitos industriosos; no solo ayudaba a mi padre a procurar perros para sus cubas, si no que con frecuencia era empleado por mi madre para eliminar los restos de su trabajo en el estudio. Para cumplir este deber necesitaba a veces toda mi natural inteligencia, porque todos los agentes de ley se ponían al negocio de mi madre. La ocupación de mi padre -hacer aceite de perro- era naturalmente menos impopular, aunque los dueños de perros desaparecidos lo miraban a veces con sospechas. Mi padre tenia como socios sencillos a dos médicos del pueblo.
    Era evidente que muchos de los perros mas gordos tenían prohibido jugar conmigo, hecho que afligió mi joven sensibilidad y en una ocasión estuvo apunto de hacer de mi un pirata.
    Una noche, al pasar por la fábrica de aceite de mi padre con el cuerpo de un niño rumbo al estudio de mi madre, di a un policía que parecía vigilar atentamente mis movimientos, lo eludí entrando en la aceitera entrando a la aceitera por una puerta lateral entreabierta. La única luz del lugar venia de la hornalla, que ardía con un rojo rico y profundo bajo uno de los calderos. Era mi costumbre arrojar los niños al río que la naturaleza había provisto sabiamente para ese fin, pero esa noche no me atreví a salir de la aceitera por temor al agente. “Después de todo “. Me dije, “no puede importar mucho que lo ponga en el caldero, mi padre nunca distinguiría sus huesos de los de un cachorro. En resumen, di el primer paso en el crimen y atraje sobre mi indecibles penurias.
    Al día siguiente para mi sorpresa, mi padre, nos informo a mi madre y a mi que había obtenido un aceite de una calidad nunca vista por los médicos a quienes había llevado muestras. Agrego que no tenia conocimiento de cómo había logrado ese resultado. Considere mi obligación explicarlo. Lamentando su antigua ignorancia sobre las ventajas de una fusión de sus industrias, mis padres tomaron de inmediato medidas para reparar el error. Mi madre traslado su estudio a un ala del edificio de la fabrica y cesaron mis deberes en relación con sus negocios.
    Al encontrar un doble provecho para su trabajo, mi madre se dedico a el con renovada asiduidad.
    La conversión de sus vecinos en aceite de perro llego a convertirse en la única pasión de sus vidas. Tan emprendedores eran que se realizo una asamblea publica que los en la que se aprobaron resoluciones que los censuraban severamente, mis pobres padres salieron de la reunión desanimados y creo que no del todo cuerdos.
    A eso de la medianoche, algún impulso misterioso me hizo levantar y alisbar por una ventana de la habitación del horno, donde sabia que mi padre pasaba la noche, no estaba acostado: se había levantado en ropas de dormir y estaba haciendo un nudo en una fuerte soga. Por las miradas que echaba a la puerta del dormitorio de mi madre, deduje con sobrado acierto sus propósitos. De pronto se abrió la puerta del cuarto de mi madre, silenciosamente, también ella estaba en ropas de dormir, y tenia en su mano derecha la herramienta de su oficio, una aguja de hoja alargada.
    Por un instante se miraron con furia a los ojos y luego saltaron juntos con ira indescriptible. Luchaban alrededor de la habitación, ambos peleando como demonios, ella para herirlo con la aguja, el para ahorcarla con sus grandes manos desnudas. No se cuanto tiempo tuve la desgracia de observar ese desagradable ejemplo de infelicidad domestica, pero por fin los dos combatientes se separaron repentinamente.
    El pecho de mi padre y el arma de mi madre mostraban pruebas de contacto, por un momento se contemplaron con hostilidad, luego mi pobre padre malherido tomo a mi querida madre entre sus brazos desdeñando su resistencia, la arrastro junto al caldero hirviente reunió todas sus ultimas energías ¡y salto adentro con ella! En un instante ambos desaparecieron, sumando su aceite al de la comisión de ciudadanos que había traído el día anterior la invitación para la asamblea pública.
    Convencido de que esos infortunados acontecimientos me cerraban todas las vías, me traslade a la famosa ciudad de Otumwee, donde se han escrito estas memorias, con el corazón lleno de remordimiento por el acto de insensatez que provoco un desastre comercial tan terrible
     


  2. Edgar

    Edgar Miembro de bronce

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    Qué buena historia, la seguí con la imaginación de principio a fin.
    Muy buena.