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El viajero.

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Hideki Hombre
 
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Ubicación: Arequipa
14-ago-2012, 13:42
#1




En aquel tiempo solía quedarme leyendo hasta tarde y, por las mañanas, dormía como un bendito hasta las ocho y media. Mamá siempre se molestaba y daba arengas a sus otros hijos por ser mucho menos perezosos. Por más que mamá se levantaba y daba vueltas por su habitación—arriba de la mía—, por más que encendía la radio y empezaba a hacer ruido, yo seguía durmiendo como si nada. Antes de irse al trabajo entraba a mi habitación y con un “despierte jovencito” me obligaba a desperezarme. Luego había que extender el cobertor, limpiar un poco, ordenar los libros y si era afortunado mamá no volvía a compararme. Luego, mamá se marchaba. Iba en busca del desayuno, allí estaba el pan, la sopa fría y el café sin azúcar. Encendía el ordenador y trataba de escribir, digo trataba. Normalmente conseguía llenar y afinar un par de líneas con palabras que odiaba. Luego había que ducharse, vestirse, tratar de preparar el almuerzo. Almorzar, coger el bolso y marcharse a clases.
Antes de marcharme de la casa de mis padres, de mi ciudad, del hogar. Recuerdo que Arequipa era un espacio inagotable—aunque Papá decía que era una pequeña ciudad—, un laberinto de interminables pasos, y por muy lejos que fuera, por muy bien que llegase a conocer sus barrios y calles, siempre he tenido la sensación de estar perdido. Perdido no sólo en la ciudad, sino también dentro de mí mismo. Quizá por eso apresuré mi partida. Cada vez que daba un paseo sentía como si me dejara a mí mismo atrás, y entregándome al movimiento de las calles, reduciéndome solo a un ojo que ve, lograba pocas veces escapar de la obligación de pensar. Sin embargo pensaba, soñaba. Las viejas casonas de San Lázaro, sus calles empedradas, donde todo parecía una película de los años treinta en blanco y negro, me hacían bien, incluso en los días de lluvia cuando pequeños riachuelos cruzaban por esas viejas calles y ya no se podía caminar a placer. Todo esto se entremezclaba con ese viejo aire de colonia española del que tanto se ha querido huir; pero queramos o no, los arequipeños nacemos con ese apego. Los grafitis me retornaban al tiempo actual. Nunca vi un lugar “típico” más derruido que aquel. Ahora tan lejos y con los recuerdos a cuestas, no tengo más que un leve aire de paz y un saludable vacío interior que me impulsa a escribir. Y aunque había pedido no estar en ningún sitio, sé que mi vida se construyo alrededor del hogar, dentro de él.Ahora que todo se convierte en esencia; el centro del mundo se desplaza hacía donde voy. El centro, por lo tanto, está en el lugar donde yo este, y no se puede trazar ninguna circunferencia hasta que yo lo decida. Empero siempre vuelvo al mismo punto: El hogar.
Las circunstancias del cómo y cuando la conoció, aún ahora me parecen muy extrañas. Me refería él, que todas las tardes la veía sentada en un banco de la Alameda mientras él se metía en la librería a hojear libros. Cuando levantaba la cabeza, a través de las ventanas de la librería detrás del letrero en letras rojas “Librería Lear”, ahí estaba ella, quieta, entre los árboles, mirando el vacío.
Ahora que lo pienso dice él, supongo que terminamos acostumbrándonos el uno al otro. Yo llegaba por la tarde a las cinco y media y ella ya estaba allí, sentada en un banco, sin hacer nada más que fumar y tener los ojos abiertos. Observando a las personas caminar a prisa, encendiendo otro cigarrillo y mirando las letras rojas de Lear, y quizá como he pensado no pocas veces buscando mis ojos a través del ventanal. Nunca la vi con un periódico, con un sándwich, con una cerveza, con un libro. Solamente su renovada cajetilla de cigarrillos día tras día y el humo grisáceo disolviéndose alrededor de sus labios. Nunca la vi hablar con nadie. Éramos animales de costumbres, yo y la misma operación todos los días y ella repitiendo exactamente su rutina, sólo cambiando los cigarros.
Lo único que nunca noté fue que clase de zapatos calzaba. Pero puedo decir que cuando la conocí tenía unos viejos greguescos azules que combinaban muy bien con su tweed café, y por la comisura del cuello se podía vislumbrar un poco el inicio de sus pechos. Era hermosa, y él la amaba de una manera particular, casi como la mía.
Conocí a Dubaliett durante la primavera de mi cuarto año de Pregrado. Ella estaba en segundo curso y era desde mi óptica muy retraída. Siempre y no era extraño, la encontraba en la librería Lear ojeando algunas viejas novelas de Faulkner o por si llegaba alguna nueva traducción de Pamuk. No recuerdo si me acerque yo primero o fue ella quien se apeó a mí. El caso es que de pronto para navidad y sin darnos cuenta ya teníamos una relación estable. Casi nunca nos separábamos, ella en sus horas libres venía a mi clase y nos sentábamos juntos a tomar mi próxima clase. Como pocas parejas nuestra unión era inexplicable, manteníamos una relación muy abierta y no sentíamos aún deseos muy fuertes de estar a solas. Yo hubiera preferido quedarme con ella, hasta pensé en casarme y tener hijos. Aunque esto fuese un poco idílico, Du era alguien con quien podía hablar relajadamente. Pero pronto apareció papá y sus viajes. Tal vez si hubiera sido sincero desde un principio con eso de irme del país no nos hubiéramos entendido.

Dubaliett se rió cuando le conté por primera vez el incidente de las comparaciones de mamá. No se lo había contado con la intención de divertirla, pero al final me reí con ella. Aunque su sonrisa duró un instante, hacía mucho tiempo que no la veía sonreír. Du y yo nos habíamos apeado en la plaza de Yanahuara e íbamos andando por los portales leyendo los mensajes tallados en el sillar. Era la tarde de un martes de mediados de agosto. Esa mañana me había levantado temprano; al mediodía cuando el sol rayó, y el viento del sur barría las polvorientas callejas empedradas de la plaza, le dije que me iría. Las hojas de las palmeras, de un viejo color amarillento, se mecían al viento y caían pequeñas semillas en forma de piñas sobre las bancas de la plaza. Era un día caluroso que se asemejaba más a un día de principios de verano de la inefable Lima. Las personas con quienes nos cruzábamos se habían quitado los jerséis y las chaquetas, que llevaban sobre los hombros o colgados del brazo. Todo el mundo parecía feliz bajo los cálidos rayos del sol de aquella tarde. Un obrero pintaba la puerta de una casona frente a la plaza, los niños comenzaban a salir de las escuelas y empezaba un bullicio que parecía orquestado. Dos señoras sentadas en un banco hablaban sobre los platos que cocinarían al día siguiente, por lo que, a su alrededor, parecía no haber llegado todavía la luz del sol, ni el bullicio de los niños. Con todo, ambas disfrutaban con aire satisfecho de su charla.
En cuanto nos alejamos de los portales, Du empezó a andar mucho más rápido y de una manera resuelta sin decir donde nos dirigíamos. Tenía que seguirla, era evidente. Pero siempre a unos metros de ella. De no haberle confirmado mi decisión me habría acercado, empero sólo atiné a seguirle los pasos. Caminaba por una calle estrecha, con algunos adoquines de piedra fuera de lugar y observaba su espalda, y su pelo liso y corto. Era hermosa. A ratos volvía la vista hacía los costados, pero era para ver a los automóviles antes de cruzar. Pronto antes de llegar a la avenida principal noté en lo alto una bambalina en alusión al corso por las fiestas de Arequipa. Cuando volví la vista hacía Du, ella ya había desaparecido. Ella no me habría creído de todos modos, como tampoco creería todos los pensamientos cuyo centro ha sido desde que nos conocimos. Como tampoco lo oirá, ni lo creerá en este momento. Cuando recorro las calles de una nueva ciudad y observo viejos carteles a veces escritos en idiomas que no entiendo, pienso en las bambalinas de aquel día. Y ella está allí, volteando la vista está vez para verme y dirigirme alguna plegaria—tal vez que no me vaya—, pero yo estoy observando con atención el cartel, con las manos en los bolsillos, entonces ella mira al frente y se aleja, desaparece. Y esto le habrá atormentado un poco, me digo. No tuvimos una despedida…
—No puedo hablar bien. Dijo él. Me pasa desde hace un tiempo. Cuando intento decir algo, sólo se me ocurren palabras que no vienen a cuento o que expresan todo lo contrario de lo que quiero decir. Y, si intento corregirlas, me lío aún más, y más equivocadas son las palabras, y al final acabo por no saber qué quería decir al principio. Por eso solo escribo, ahora soy principalmente poeta. Todos los días me siento en mi habitación y escribo un poema. Invento palabras y remedo frases, pero nada es igual. He empezado a recordar cosas de esa manera, a ella en muchas ocasiones, la mayoría. A veces recuerdo nuestros paseos por el parque, otras los cigarrillos que se fumaba, el humo, sus manos, su espalda, su pelo, sus pechos, su ropa gastada y su olor. Maldita sea ¿por qué no puedo recordar su rostro?, ni siquiera su voz, una palabra al menos. Un “Hola Carlos” bastaría, es imposible, así que invento palabras y remedo algunas frases en mis cuadernos, palabras y frases que creo que ella decía cuando vivía. Empiezo a recordarla de esa manera, empero al terminar me encuentro de nuevo en la obscuridad. Pero no hablan de mí si no de ti. Y cuando escribo es como si tuviera el cuerpo dividido por la mitad y las dos partes estuviesen jugando a recodarte. En medio hay una columna muy gruesa y tú y ella están dando vueltas a su alrededor jugando al corre que te alcanzo. Siempre que una parte de mí encuentra la palabra adecuada, la otra parte trata de escribirla. Tú i yo somos los únicos que sabemos que significan las palabras. No pueden traducirse. Esos poemas son escritos por ella. Son únicos.
Encendí un cigarrillo, bostecé un poco y salí de la habitación del hospital. Su historia no me interesaba ni en lo más mínimo. Los poemas sí, y en realidad todos hablaban de mí, además recuerdo que el cuaderno era de Du. La ciudad está muy cambiada, las calles de San Lázaro, mi propia casa, lucen nuevas. Pero aún algunos grafitis persisten con alusiones al “FBC Melgar” o a algún equipo capitalino. Algunas cosas no cambian como las calles empedradas donde solía degollar mis pasos. Donde el silencio de la noche oculta el sonido de mis pisadas, y los viejos senderos parecen llevarme al abismo. La noche encierra el cielo azul del hogar, pero todo ha perdido su brillo. Mamá no está para darme regaños, ni Dubaliett para darme amor.


Arequipa , Agosto de 2012.




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Hideki Hombre
 
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15-ago-2012, 09:27
#2


Que nostalgia cada 15 de agosto. Arequipa…
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Lunadeplata Mujer
 
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16-ago-2012, 12:48
#3


Que bonito lo que escribes,¡Si!...no hay duda de que la sublime libertad muy bien puede ser hallada en el fondo de un tintero y en la punta de una pluma,por decirlo asi,escribir es genial!!!
Lunadeplata está desconectado  

Hideki Hombre
 
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16-ago-2012, 13:20
#4


Cita:
Publicado por Lunadeplata Ver Mensaje
Que bonito lo que escribes,¡Si!...no hay duda de que la sublime libertad muy bien puede ser hallada en el fondo de un tintero y en la punta de una pluma,por decirlo asi,escribir es genial!!!

Gracias. Pero sé que me falta mucho para escribir algo realmente bueno.
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Lunadeplata Mujer
 
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16-ago-2012, 13:23
#5


Cita:
Publicado por Hideki Ver Mensaje
Gracias. Pero sé que me falta mucho para escribir algo realmente bueno.
Pues te felicito ¡vas por muy buen camino!!!!Slds.
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Raggamuffin Hombre
 
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16-ago-2012, 13:24
#6


Cita:
Publicado por Hideki Ver Mensaje
Gracias. Pero sé que me falta mucho para escribir algo realmente bueno.
Sí, aunque esta narración no está nada mal. Me ha gustado. Tienes bastantes errores gramaticales, eso se mejora fácil, en mi caso no se mejora nunca. Sigue escribiendo, lo haces bien.
Raggamuffin está desconectado  
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