
La Roja ha tenido unos últimos años espectaculares, que la sitúan muy cerca del pináculo máximo del fútbol mundial, pero aún le falta un poco para superar al Brasil de 58-62
Después de la impresionante clase de fútbol que España dio en la final de la Eurocopa el pasado domingo, se han levantando muchas voces dentro y fuera del país defendiendo que esta selección es el mejor equipo de la historia.
Los argumentos para justificar una afirmación de tanto peso son tanto cuantitativos como cualitativos. Los primeros nos recuerdan que España, con un grupo de jugadores bastante homogéneo, que lo habría sido todavía más si las lesiones hubiesen respetado a David Villa y Carles Puyol, ha ganado tres grandes torneos internacionales de forma consecutiva.
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Muchos medios defienden que esto es un hecho inédito, olvidando que Argentina ganó el Campeonato Sudamericano (antigua Copa América) tres veces seguidas entre 1945 y 1947, aunque evidentemente la comparación de competiciones es bastante desigual. En cualquier caso, los tres títulos seguidos y las impresionantes rachas de imbatibilidad y de casi total ausencia de goles encajados sitúan a esta selección en uno de los niveles más altos de la historia del fútbol desde el punto de vista numérico.
Pero quizá sea la parte cualitativa la que más le da a este equipo el sello de grandeza. Como otros grandes conjuntos del pasado, esta España sale a por los partidos, controla el juego y consigue vencer incluso en sus días menos inspirados. Tiene un estilo propio que ha marcado una generación de jugadores y aficionados, tanto dentro como fuera del país. Y, casi lo más importante, no depende de un único jugador, especialmente después de la lesión de Villa: en cada partido, dos o tres jugadores diferentes, titulares o suplentes, se echan el equipo a la espalda y lo llevan a la victoria, lo que hace que esta selección sea tan difícil de batir.
Eliminando a los que ganaron menos – la Argentina de Maradona ganó un Mundial y una Copa América, y llegó a la final de otro mundial – y a los que jugaron bien y no ganaron – Holanda en 74 y 78, o Brasil en 82 y 86 – sólo existe un referente mundial en el mismo nivel de excelencia que España, tanto cuantitativa como de impacto en el fútbol de las décadas siguientes, y es el Brasil de Pelé y Garrincha, que no perdió ningún partido con ambos jugadores en campo entre 1958 y 1966. El propio Garrincha solo fue derrotado una vez en sesenta partidos con la verde-amarelha, por 3-1 contra Hungría en la Copa del 66, con Pelé lesionado.
Ese Brasil también mostró una manera original, alegre y atrevida de jugar al fútbol con un equipo completamente desconocido. La racha comenzó en 1958, cuando los brasileiros se coronaron campeones con un chaval de 17 años llamado Edson Arantes do Nascimento como delantero.

En aquella Copa del Mundo, Brasil encajó su primer gol en las semifinales, y ganó los dos últimos partidos del torneo por el mismo marcador abultado, 5-2. Su mayor impacto no fue la sorpresa de la victoria, sino la forma osada de jugar, especialmente desde que el seleccionador brasileiro, Vicente Feola, dejó de hacer caso a los psicólogos deterministas que le recomendaban jugar con los jugadores de mejor formación académica – es decir, los blancos – y entregó el equipo a Pelé, Garrincha y compañía a partir del tercer partido.
Casi el mismo grupo de jugadores – hasta 14 jugadores del plantel del 58 repitieron en el 62 – se reunió cuatro años después para representar a Brasil en el Mundial de Chile, aquel en el que la España de Di Stéfano y Puskas decepcionó.
En este torneo, Garrincha, Vavá y Amarildo se encargaron de que Brasil repitiese victoria a pesar de la temprana lesión de Pelé, que tuvo que dejar de jugar después del segundo partido. La racha de imbatibilidad siguió hasta la eliminación de Brasil en el Mundial de Inglaterra en 1966, cuando Garrincha ya estaba en el final de su apasionante carrera. Pelé todavía ganaría un último Mundial en 1970, aunque con un reparto completamente diferente: fue el único jugador de los 22 seleccionados en 1962 que repitió en el 70.
Además de la impresionante secuencia de partidos invicta con sus dos cracks en el campo, lo realmente relevante de esta seleção brasileira son los dos títulos mundiales de 58 y 62. Podemos entrar en debates interminables sobre si la Eurocopa es más o menos difícil de ganar que el Mundial en la actualidad, o sobre las diferencias de competitividad entre la Eurocopa y la Copa América, a la que esa selección brasileña nunca llevó su equipo titular. Por ejemplo, en 1959 los brasileiros mandaron a la selección del Estado de Pernambuco, en el Nordeste del país, para representar al país entero; ni Pelé es, ni Garrincha era pernambucano, evidentemente. Pero lo que está claro es que dos títulos mundiales mandan mucho.
En resumen, a España le falta una Copa del Mundo más para que los números refrenden de forma inapelable a este grupo ya legendario de jugadores. Y la justicia poética quiere que la oportunidad de confirmar esta supremacía ocurra en Brasil, dentro de dos años. Es el lugar perfecto para que esta selección, que ha ido acabando una tras otra con todas las maldiciones y tabús de nuestra hasta 2008 atribulada tradición futbolística, se convierta en dueña del título de la mejor selección de la historia por derecho propio. El hecho de que los discutamos en el mismo contexto que Pelé y Garrincha ya es, sin duda, un testimonio de su grandeza.
FUENTE: GOAL


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