Mi primero chupa, masturba, azota, flagela, se hace penetrar y consolar pero no goza. Pasa la mitad de su tiempo en la acera y la otra mitad en la cama y se hace pagar muy caro por subir de una a otra. Mi primero es una mujer y se denomina una prostituta.
Mi segundo es del sexo masculino, entrega una suma de dinero por emitir un líquido blanquecino, retirarse y vestirse de nuevo. Mi segundo es muy amable antes del amor, muy malvado después; se denomina el cliente y llama puta a mi primero.
Mi tercero es una habitación más bien fea, de techo bajo, compuesta de una cama de dos plazas, de un bidet y de un espejo. La habitación huele a menudo a pies, el papel de las paredes está desgarrado, no deshacen la cama, hace mucho calor, las cortinas están corridas, la luz tamizada, se oyen voces en el pasillo. Hay que ir con cuidado, pues el agua que sale del lavabo siempre está ardiendo. Mi tercero es la habitación de hotel.
Mi cuarto es un personaje inaprehensible, en ocasiones individuo privado, en otras comisario de policía, o también representante del Estado o traficante internacional. Se lleva el dinero de mi primero y le hostiga.
Mi cuarto se denomina el proxeneta.
Mi quinto dura cinco minutos como mínimo, un cuarto de hora como máximo, media hora o una hora para los ricos. Mi cinco se denomina «el polvo».
Mi sexto es un conjunto de pequeños microbios que se atrapan frotando las mucosas contra otras mucosas contaminadas. Mi sexto es activamente combatido por la medicina profiláctica. Mi sexto está en vías de desaparición en la esfera de mi todo.
Mi todo es un oficio lucrativo que está a punto de evolucionar y que lleva el complicado nombre de «prostitución» (que se podría descomponer de la siguiente manera: institución de la trituración de las próstatas).
Pequeño problema para los hombres: ¿cómo gozar sin deuda, y anular a la mujer en el mismo momento en que extraigo placer de su cuerpo?
¿Cómo ir más lejos de la habitual búsqueda masculina de una equivalencia entre la verga y la vagina (por el orgasmo, la pornografía o una forma cualquiera de negociación) y alcanzar el estado ideal, enrarecido, embriagador de la raja pura y simple del sexo de la mujer? Pues simplemente prostituyéndola, imponiéndole los ritmos parsimoniosos de mis satisfacciones, circunscribiendo en su piel las regiones (cavidad vaginal, anal) útiles para mí, en suma, subarrendando su vientre a cambio de una remuneración1 (y en dicho sentido, digámoslo sin rodeos, cuanto más satisfactoria la situación de la prostituta que la de la mayoría de las mujeres casadas todavía sometidas sin contrapartida a la sexualidad de sus esposos que, lejos de «satisfacerlas», evacuan sobre ellas su descolorido puré). La singular atracción que ejerce la «puta» sobre el cliente procede de que la paga para gozar tal y como él entiende, y sabemos que por ser hombre entiende generalmente mal y aprisa (de ahí la brevedad del polvo y la inmensa rentabilidad de estos cuartos de hora acumulados). Gozar sin pensar en el otro, sin preocuparse del menor intercambio, satisfaciendo un sueño de pasividad absoluta, éste es el deseo que el hombre satisface con la mujer venal y por el cual paga en ocasiones unas sumas astronómicas como si el dinero fuera la indemnización ficticia de la ausencia de goce infligido al otro, como si la moneda le irresponsabilizara y le permitiera recuperar en unos brazos anónimos una inocente despreocupación.
La absoluta identidad de los usuarios, su igualdad, el hecho de que todos sean igualmente machos y solventes a despecho de su estatuto social o su clase de edad (como los lectores de Tintin de 7 a 77 años), que cada uno de ellos pueda llegar al cuerpo prostituido, gozar y recrearse en este enclave vacío, que absolutamente nadie debe poder ocupar, y apropiárselo de manera duradera; el hecho de que el polvo suponga un álgebra de las pulsio. nes, su comparabilidad e intercambiabilidad bajo la égida de la eyaculación masculina; todos estos rasgos hacen de la prostitución un extraño dispositivo de anulación de las diferencias. Dispositivo homosexual (en el que se supone un cuerpo de mujer concedido por un tiempo a su homólogo macho, a la vez que se expulsa cualquier desarmonía e irregularidad entre ellos) pero de una homosexualidad restringida y que no satisfecha coartando a la pareja femenina, limita el erotismo del cliente al fenómeno de la descarga. Pues el juego de manos de la sesión prostitutiva (convertir a la mujer en el mero agente de la rápida saciedad del hombre) necesita para realizarse la total frialdad del cuerpo comerciado; la mujer del placer es la mujer del placer de los hombres y por dicho motivo se ve obligada a la frigidez. El equilibrio que el polvo establece entre ellos es puramente mítico, la satisfacción del hombre se paga con la falta total de placer para ella; lejos, pues, de restablecer una simetría, aunque sea ficticia, entre goce masculino y goce femenino, la prostitución anula a la mujer como cuerpo sexuado, en otras palabras, es una negación más de la diferencia de los sexos, posiblemente la más brutal, pero quizá también, como veremos a continuación, la más ambigua de las negaciones.





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